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Criaturas de agua sucia

Bajo el Puente de Triana y alrededores se ve a diario a una docena de pescadores y mirones compartiendo la grisura pastosa de la dársena. Sepa cómo sumarse a ellos.

el 05 ene 2012 / 21:50 h.

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Carlos Liñán y José Jiménez logran una captura bajo la atenta mirada de los patos, que siempre rondan entre los sedales.

Bajo las fauces del Puente de Triana, los pescadores parecen pajaritos patilargos que picotean por entre los dientes de una bestia enorme. Una criatura mansa cuyo aliento fétido, cuajado en bruma, lo mismo empuja a los patos que se traga las litronas flotantes o, sensación aún más terrible, se estrella levemente contra esas rocas que hacen de dientes emitiendo un chapoteo baboso e inquietante, como de quien traga saliva, que en pleno silencio pone los vellos de punta. Parece ser que ahí debajo, en esa espesura verdosa, hay peces vivos: desde una birria de albur así de chico hasta carpas de doce o trece kilos. Pero no todo lo que mora por ahí tiene escamas. "Menudas ratas", exclama Carlos Liñán, caña en mano, señalando con la mirada las oquedades de los peñascos de la ribera. "Un día le pusimos ahí un lazo a una y lo partió. Rompió la tanza, cómo sería de gorda".

Cada noche corretean las ratas como borregos en manada por esas escalinatas y terrazas al borde del agua sucia. Es la hora en que las carpas se juntan a burbujear, como esperando comida, bajo los reflejos de las farolas, pero para entonces ya hace rato que los pescadores se han marchado después de arrojar al río, de vuelta, doce o quince peces. "Yo eso no me lo como ni loco", dice el joven de antes, señalando el black bass (blablá, dicho ligero) que late como un corazón maltrecho en la bolsa de plástico donde acaba de echarlo el paisano Miguel Chía, que marcha ya ufano camino de casa y con la cena solucionada. "Estos peces de aquí, como no sea muy adobados...", previene José Jiménez, que pesca a la vera de Carlos y maneja una red con la que ayuda a los presentes a sacar del agua las piezas cobradas.

Arriba, apoyados en la baranda del puente, echan la tarde curioseando dos o tres vecinos. "Pues claro que me lo voy a comer", dice todavía Miguel Chía, no lo bastante lejos, tras comentar que lo que de verdad está bueno del río son los róbalos, que suben desde Sanlúcar persiguiendo a los albures. Como el pescado de mar, ninguno, confirman los otros dos. Que no están ahí por la pesca propiamente dicha, sino por su condición de pescadores, que no es lo mismo por mucho que lo parezca. Ambos comparten lo que Guy de Maupassant, en su espeluznante relato Sobre el agua, explicaba por boca del viejo barquero como "una pasión devoradora, irresistible: el río", silencioso y pérfido, no como el noble mar; un lugar "donde se tiembla sin saber por qué, como al cruzar un cementerio: y en efecto es el cementerio más siniestro, aquel donde no se tiene tumba".

Cuando llegue abril ya parecerá otra cosa y se doblará el número de corredores y paseantes, pero el de pescadores seguirá tal cual, porque un pescador no se hace al sol. No es muy caro conseguir una caña y los aperos de principiante: "En el Decathlón lo encuentras por 30 o 40 euros", afirma Carlos. Vienen los patos a por la masilla y hay que espantarlos. El vecino de al lado ha pescado algo y su caña se retuerce. Nadie sabe qué es, si una piedra o qué. Hay que esperar que no sea lo mismo que atrapa el ancla en ese relato de Maupassant que habla del río como de "la cosa misteriosa, profunda, desconocida, el país de los espejismos y de las fantasmagorías". Acérquese a probar. Lo mismo pesca un poema, un albur, quién sabe.

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