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Cristo Yacente regresa con su historia en Cantillana

La Soledad recupera el legado del antiguo Cristo Yacente con el sermón del descendimiento y el Sepulcro.

el 17 abr 2014 / 23:00 h.

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15676034 A la ermita de La Soledad se asoman los devotos en su trasiego diario. Unos entran a orar, otros suspiran y suplican apenas desde la puerta del santuario, siempre abierto, presidido por una Virgen de rostro triste pero sereno que lleva en sus manos una corona de espinas y, en ella, el corazón de unos vecinos que la nombraron patrona y alcaldesa perpetua en su advocación de La Soledad, y la acompañan al caer la tarde en el dolor por Cristo Yacente junto a las imágenes de San Juan Evangelista y de María Magdalena. En la retina de los cantillaneros de este Viernes Santo hay otras dos estampas del pasado que han ganado la batalla al olvido y se presentan con vocación de futuro: el sermón del descendimiento, recuperado después de dos siglos, y el paso del Sepulcro, que en breve podría ofrecer un sí a la pregunta «¿Este año sale?», que ha acompañado a los cantillaneros desde 1989 en los días de la Pasión. Conscientes de la importancia de mirar atrás para saber de dónde vienen y hacia dónde se encaminan, como citaba el pregonero Manuel Martín el Domingo de Pasión en un pasaje del Pregón que legó este año a su pueblo, en la hermandad de la Soledad, con el hermano mayor José Campos, se han propuesto poner en valor y recuperar el rico conjunto histórico y patrimonial que atesoran. Antonio López, historiador y restaurador, José Naranjo, prioste y a punto de cumplir quince años como vestidor de la Virgen, y Francisco Durán, seminarista y experto en liturgia, entre otros, son los precursores de esta etapa que ha permitido recuperar «con todas las consecuencias» a Cristo Yacente y sus articulaciones para el descendimiento, el Sepulcro de rocalla en el que procesionaba y cuantos atributos fueron por siglos las señas de identidad de esta antiquísima cofradía. José Naranjo, José Campos, Francisco Durán y Antonio López ante el Sepulcro. José Naranjo, José Campos, Francisco Durán y Antonio López ante el Sepulcro. La imagen de Cristo Yacente es de las tallas más importantes que se conservan en la provincia. Fue modelada por Juan de Santamaría con paños de lino encolados y contratada el 13 de enero de 1583 con la única exigencia de que tuviese articulaciones en sus brazos para cumplir su función de representar el traslado de Jesús al sepulcro. «La devoción fuerte es la de la Virgen de la Soledad y en un momento llega a eclipsar al Cristo, que por la fragilidad del material con el que está hecho se fue deteriorando y, en paralelo, pasando cada vez más desapercibido», explica el prioste José Naranjo. El titular de la cofradía sufría esos síntomas del olvido y presentaba un acusado deterioro «con grietas y hasta siete capas de policromías», relata Antonio López, que lo desvirtuaban. Si en décadas anteriores por estar hecha con paños de lino mereció un trato menor, hoy dan mayor entidad a esta talla «dado que, por sus materiales, la mayoría de imágenes de su época se han perdido», explica López. Los días de sufrimiento por el estado de Cristo Yacente pasaron y,en el seno de la La Soledad, se alumbró la idea de recuperarlo. «Vinieron varios restauradores hasta que se dio luz verde el año pasado para que Miguel Ángel Pérez Fernández llevase a cabo los trabajos de restauración de la talla», explica el hermano mayor. En esta intervención se ha recuperado su policromía original y se le han repuesto las articulaciones que le habían sido retiradas en intervenciones anteriores, abriendo la puerta a recuperar también el sermón del descendimiento, un acto fundacional de la cofradía. El 30 de marzo la atención estaba puesta en Cristo Yacente tras su restauración, clavado por vez primera en doscientos años en la Cruz, y ocupando el altar mayor de la ermita. «Ninguna generación viva había visto algo igual», rememora emocionado el hermano mayor porque la función del descendimiento, para la que se contrataban entre los siglos XVI y XVII a los más caros predicadores, debió perderse en los primeros años del siglo XIX. «Este acto llegó incluso a estar prohibido por el Arzobispado por el impacto que provocaba para personas en esa época con escasa formación, que lo contemplaban aturdidas y rompían en llanto a medida que avanzaba la prédica», relata el historiador. Esta Cuaresma se recreó ese ambiente añejo en el recogimiento de esta ermita extramuros del pueblo con una penumbra de velas junto al Crucificado. El silencio de duelo, roto por una capilla fúnebre, otorgaba mayor dramatismo a la lectura de unos textos de San Juan de Ávila, «piezas de la liturgia de sermones del Viernes Santo, con pasajes bíblicos, interpretadas con toda la teatralidad barroca”, describe el seminarista Francisco Durán. Con la imagen de Cristo Yacente en proceso de restauración, las miradas se detienen en la vieja urna del sepulcro procesional de rocalla, de la segunda mitad del siglo XVIII, con la que hasta 1989 hacía su estación de penitencia. Los trabajos de restauración los llevó a cabo Antonio López en las dependencias de la ermita. Bajo la capa blanca que presentaba en su última etapa, se descubrió que el Sepulcro conservaba su policromía con simulaciones de mármoles y carey, y realces rojos y verdes en sus molduras. El Viernes Santo no fue igual desde que el paso del Sepulcro perdió su urna para sumarse en 1990 al del Calvario con las imágenes de San Juan y la Magdalena. El nuevo misterio no llegó a cuajar en Cantillana, que anhelaba ver al Sepulcro en la calle, como lo hará en próximos años, al recuperarse cuantos elementos son afines a Cristo Yacente en un todo que trasciende a cada una de sus partes y devuelve su Historia a la devoción de La Soledad.

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