Cultura

Crítica a la pasividad

Obra: El café, La Comedia del Dinero Lugar: Teatro Central, 5 y 6 de abril Autor: Rainer Werner Fassbinder a partir de la obra de Goldoni. Clasificación: ***

el 06 abr 2013 / 21:51 h.

Obra: El café, La Comedia del Dinero. Lugar: Teatro Central, 5 y 6 de abril. Autor: Rainer Werner Fassbinder a partir de la obra de Goldoni. Dirección, Escénico e Iluminación: Dan Jemett. Intérpretes: José Luis Alcobendas, Jesús Barranco, Miguel Cubero, Lino Ferreira, Daniel Moreno, Lidia Otón, María Pastor, Lucía Quintana. Calificación: ***

Por Dolores Guerrero Siete personajes que se mueven en torno al deseo y al vicio. Es la propuesta que en su día hiciera Fassbinder sobre un texto concebido por Goldoni en el siglo XVIII para criticar la codicia y la corrupción de su sociedad. Se trata sin duda de una propuesta trasgresora a la que Dan Jemett da una vuelta de tuerca más hasta llegar al extremo de la parodia. Para ello el director divide la obra en tres actos claramente diferenciados, aunque tienen en común la fragmentación del discurso y la eliminación de las coordenadas espacio-temporales. Así, durante el primer acto asistimos a la presentación de los personajes con un recurso que comienza a ser recurrente en el panorama de la escena española contemporánea. Consiste en que los actores dialogan entre sí pero, en vez de mirarse entre ellos, miran al público de frente, como si estuvieran hablando con el espectador. En este montaje dicho recurso se ve potenciando por el hecho de que el público es situado en el escenario y las luces permanecen encendidas durante toda la función. Los actores y actrices, demostrando una vez más su incuestionable maestría y dominio del oficio, abordan sus personajes parodiando las claves de la Comedia del Arte hasta un extremo tan radical que raya la sobreactuación. Por fortuna, el segundo acto rompe con todo eso elaborando una síntesis que resulta tan cómica como liberadora. Algo que sin duda nos resulta necesario para abordar el tercer acto, en el que Jemett decide interrumpir continuamente la acción con una serie de lapsus interpretativos tan gratuitos como aleatorios que amenazan con aburrirnos soberanamente. Se trata sin duda de un recurso arriesgado que podría obtener sus frutos, pero para eso haría falta que el espectador se pronunciara al respecto y, por lo visto, a estas alturas eso no es nada fácil de conseguir. Por todo ello, podría decirse que el espectáculo se queda un poco cojo y no acaba de conseguir su objetivo, aunque deja patente la pasividad de los individuos en nuestras sociedades contemporáneas.

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