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Jóvenes al día

Cuando se recibe la llamada de Dios

En tiempos de crisis económica y de valores, muchos jóvenes deciden romper con sus vidas para atender a la ‘llamada de Dios’ y emprender el camino hacia una vida de amor y consagración a los valores predicados por Jesucristo para su Iglesia

el 25 jul 2014 / 19:00 h.

Sevilla 19 07 2014: Pablo guija Medico y Sacerdote.FOTO:J.M.PAISANOPablo Guija es un joven sacerdote de 30 años que acaba de terminar sus estudios en teología: «Decidí dedicar mi vida a Dios porque sentí que Dios me llamaba hacia el sacerdocio». Pero Pablo no siempre tuvo claro que terminaría consagrando su vida a Dios. Cuando llegó el momento, con 18 años, de decidir qué hacer con su vida, Pablo comenzó sus estudios de Medicina hasta licenciarse años después. «Cuando terminé la carrera no sabía si hacer la especialidad. Empezaba a darme cuenta que Dios me llamaba para darme a los demás a través del anuncio del Evangelio», declara el joven.  Con 10 años empezó a darse cuenta que había algo dentro de él que lo llevaban a interesarse por entregar su vida a predicar la palabra de Dios: «Un sacerdote amigo de mi familia vino a casa en una ocasión a darles la comunión. Él en ese momento sembró en mí la posibilidad de ser como él, aunque no fuera hasta años después cuando me decidiera a dar el paso». Hubo momentos en que asegura que sintió miedo confesar que quería dedicarse al sacerdocio: «Había muchas críticas a la Iglesia, la gente comentaba que tenía un futuro prometedor por delante y además yo no me veía nada especial para dar el sí al señor». No fue hasta los últimos años de carrera cuando fue formando parte de grupos religiosos que lo hicieron darse cuenta de la «grandeza de Dios» y lo hicieron desprenderse de sus temores. En ese momento comprendió que él podía servir a Dios. Hubo personas que no entendieron su decisión de dejar a un lado su profesión de médico y centrarse en su formación religiosa, pero confiesa que con el tiempo, sus verdaderos amigos y familiares se dieron cuenta que así es realmente feliz y se siente pleno. «Hoy en día todos están encantados con que sea sacerdote».  Su formación religiosa durante su infancia dice que pudo influir en que sintiera la llamada de Dios: «En mi familia hemos sido muy religiosos, siempre rezábamos todos juntos y acudíamos a misa los domingos. Nuestros padres nos educaron en la fe y sembraron en mí la semilla del amor al Señor». Comenta con gran cariño sus años el seminario: «Ha sido una etapa muy bonita y muy rica. Me encontré con una gente maravillosa».  Pablo se considera un joven normal: «He salido a la discoteca con mis amigos, he estado en fiestas, pero nunca me oculté en mi forma de pensar, la gente sabía mi opinión sobre ciertos temas». Comenta que en contra de lo que se piensa, hay muchas jóvenes que al igual que él, deciden dedicar su vida a Dios: «Hay miedos infundados y tienes que renunciar a ciertas cosas a las que no todo el mundo está dispuesto. La perseverancia es muy importante ya que tienes seis años por delante para demostrar a los demás, pero sobre todo a ti mismo, que quieres ser sacerdote y hay muchos jóvenes comprometidos con la fe en Dios». Reconoce que la fe vive tiempos de crisis: «Se cultiva menos la fe, pero sí que es cierto que es muy complicado atraer a los jóvenes». La Iglesia, según reconoce, está al tanto de la desvinculación de éstos con la fe: «Vivimos en un mundo pluralista donde se concibe la fe como una opción más, pero no es algo más sino algo determinante, porque Dios es irrenunciable para nosotros porque es el eje de nuestra vida». Expone que se están buscando nuevas formas y maneras para educar a los jóvenes en la fe y acercarlos a la institución de la Iglesia para que continúen conociendo a Cristo. No considera que la Iglesia se niegue a ir con los nuevos tiempos: «No se puede caer en el relativismo ni creer en Dios como en un partido político, es decir, a base de promesas para captar adeptos». No se considera un cura tradicional o progresista, él se considera un sacerdote de Dios: «El sacerdote tiene que estar en el mundo sin ser del mundo, somos seculares, por tanto si yo no estuviera al tanto de las demandas de mis fieles no sería fiel a Cristo, tengo que estar al tanto de lo que piensan las personas para poder darles respuesta siendo un sacerdote del siglo XXI». Pablo comenta que para acercar a los jóvenes a Jesús seguirían a Cristo con todo su corazón: «Mostrarme al lado del necesitado, dar esperanza a todo aquel que la necesite, y sobre todo vivir desde el amor». Plantea que un testimonio de vida auténtico y coherente es lo que atrae a personas como la madre Teresa de Calcuta, el Papa Juan Pablo II o ahora el Papa Francisco. «El objetivo de mi vida es ser fiel a Cristo viviendo lo que predico y no ser un hipócrita», concluye. SEminario. Antero Pascual acaba de aterrizar en el seminario metropolitano, la escuela donde se forman los futuros sacerdotes. Un lugar en el que los jóvenes canalizan su vocación y reciben las instrucciones para ser pastores.  La formación para ser sacerdote dura seis años, con dos de estudios de Filosofía en los que se imparten «valores de nuestro mundo y formas de pensar y vivir del hombre contemporáneo», asegura el rector. Sobre la crisis vocacional, extendida por todo el país, Pascual considera que «responde a la crisis general que hay en nuestra sociedad, una crisis de valores en el sentido de la identidad de las personas». No obstante, señala que hay «un pequeño repunte» de vocaciones. En este punto, recuerda que en el próximo curso entrarán 10 personas en el seminario mayor, «un acontecimiento importante». «Poco a poco se va animando la pastoral vocacional, pero en nuestra sociedad la gente no se pregunta qué va a hacer mañana. Prefiere vivir hoy y mañana lo que venga ya se afrontará», sostiene, por lo que es «difícil» que alguien «se comprometa en un proyecto vital tan prolongado como éste». La crisis vocacional fue más acusada hace cinco años, cuando el seminario sufrió «un descenso de vocaciones, pero ahora se está corrigiendo debido a la situación de crisis». Actualmente, en el seminario hay unos 40 aspirantes a sacerdote, por lo que espera que Dios «siga llamando a la puerta de los jóvenes y que sepamos animarlos para descubrir esa vocación». A la hora de ingresar en el seminario, el rector considera que un joven no renuncia en parte a su vida, sino que se trata de «una forma de darle plenitud a la propia vida». No hay mayor felicidad que no vivir para uno mismo, sino en disposición de sembrar alegría y felicidad en el corazón de los demás», asegura. Pascual señala que los jóvenes «ante una situación puntual se comprometen y ayudan», pero un compromiso más serio «da miedo». El principal valor al que deberían atender los jóvenes, a su juicio, es «la entrega en lo que de verdad merece la pena, que luego se traduce en felicidad». Es la única forma de alcanzar la entrega a Dios. El Papa Francisco ha generado mucha ilusión en la gente, incluso entre los no creyentes. También en los jóvenes. Pascual defiende que su llegada «ha supuesto un vendaval de nuevas inquietudes, impulsos y planteamientos, pero no porque lo anterior no sirviera, sino porque con sus gestos y formas ha creado una forma de sentir la Iglesia, mucho más cercana y a pie de calle». Por ello, la gente «ha llegado a replantearse el sentido de ser cristiano». En cuanto a los jóvenes, encuentran en el Santo Padre «una inyección de frescura y aire nuevo». Virgen Consagrada. María Gallego tiene 33 años y ejerce como maestra de Religión en colegios públicos de Sevilla. Es virgen consagrada desde hace unos meses. Comenta que no recuerda cuando le llegó la vocación, ya que confiesa que siempre tuvo inquietudes: «A ningún cura le comenté nada por miedo, hasta que llegó un gran amigo sacerdote y se dedicó a hablarme y enseñarme conventos y monasterios con sus distintos carismas». María fue conociendo toda la riqueza existente en la Iglesia y se enamoró de Jesucristo y de su Iglesia hasta el punto de consagrar su vida a Dios. El carisma de las vírgenes consagradas no tiene reglas ni estructuras comunitarias. La consagración es personal y particular. «La virgen consagrada no renuncia a su propio trabajo, del cual vive, sino que lo ejerce en espíritu de servicio y de evangelización». No tiene superiora, sino que su único superior es el obispo. «Dedicar mi vida a Dios me aporta felicidad, estabilidad, paz interior. Para nada es sacrificado pues lo que me mueve es el amor al Señor y si tengo que estar sin dormir un día, no me pesa. Soy feliz». No considera que lleve una vida diferente al resto de jóvenes: «Me dedico a mi trabajo, visto como quiero, salgo con mis amigos, voy de viaje, estoy con mi familia». Lo único que la diferencia del resto es que el día de la consagración, hizo una promesa de castidad: «Nunca podré vivir en pareja ni formar una familia, estoy para ayudar al arzobispo y al sacerdote», asevera. María aconseja a más jóvenes a seguir su ejemplo y llevar una vida consagrada a Dios: «Una vez que conoces al Señor y te enamoras de Él, es un amor tan especial que es difícil describir con palabras; el Señor lo es todo para mí». Discernimiento. Nuria Martín es religiosa del Santo Ángel de la Guarda en Huelva. Tiene 32 años y antes de ingresar en la congregación estudió peluquería. Su labor se centra en la educación. «En el colegio preparo las celebraciones y tutorías», asegura, además de enseñar a los más pequeños, desde los tres años hasta sexto de Primaria, «la figura de Jesús y de María». «Intento cultivar la interioridad, la espiritualidad y la oración». Su congregación se caracteriza «por la sencillez y las actitudes del ángel, como es también la protección». Vive en comunidad, en un piso con hermanas de diferentes edades y comunidades, «compartiendo la vida y la fe». En definitiva, es una congregación «de vida activa» porque sus integrantes realizan labores fuera de la propia comunidad, tanto en el colegio como en la parroquia o en otros lugares. No lleva hábito, pero a nivel interior «tenemos momentos de oración comunitaria y personal». La llamada vocacional no fue puntual, sino que fue creciendo poco a poco «en torno a Cáritas parroquial, en el Parque Alcosa, y también a través de grupos jóvenes». «Siempre he sido muy inquieta, así que en la fe he encontrado una forma de ser feliz». A las hermanas del Santo Ángel las conoció con 18 años y empezó a vivir con ellas diferentes experiencias, relativas a la Pascua «o en campos de trabajo». A la hora de ingresar en la congregación, reconoce, «tienes que desprenderte de muchas cosas», como «salir de tu casa, no ver a tu familia todo lo que quisieras, no tener hijos o poner tu piso». Sus amigos entendieron su decisión y la apoyaron, aunque «algunos se quedaron por el camino». En cuanto a los jóvenes, reconoce que están viviendo «una crisis generalizada», pero la Iglesia «trabaja para mostrarles el amor de Dios». El mismo amor que ella imparte cada día a sus alumnos.

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