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Cuatro héroes en el Porvenir

el 16 sep 2009 / 00:59 h.

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En el Porvenir no sólo canta victoria el Cristo de la Paz, sino también tantos y tantos que, arremolinados en torno suyo, acuden cada Domingo de Ramos a saludar esta eclosión de Pasión, fe, arte, costumbrismo, afición y antropología que atenaza a Sevilla durante una semana. Un enjambre de biografías, casuísticas, penurias y agradecimientos se apiñan en cola esperando a que abran las puertas de la parroquia de San Sebastián.

El cielo regala un Domingo de paseo y de lipotimia, de quemaduras a lo gambón a la plancha y de tacones de vértigo en sintonía con la moda primavera-verano. Gafas de sol, globos, críos por doquier, sillitas made in China, cámaras de fotos...; botellitas de agua y botellines de Cruzcampo salen a mansalva de Casa Aurelio, cuartel general de tanta garganta sedienta. Día grande, en resumen, en el Porvenir.

Hasta aquí el contexto. Ahora el pretexto: la salida de una cofradía que remueve las entrañas de los vecinos y los exiliados. Y caen en cascada las historias. La crónica de una salida procesional es la ocasión perfecta para pasar al papel las historias anónimas que hacen grande al género humano. Aquí van cuatro cazadas al vuelo a la par que la cofradía se planta en la calle. La primera nace de debajo del paso de Cristo. Es la historia de Antonio Manuel Ares, ciego desde hace 14 años. "Un buen día vino con su perro guía pidiendo un sitio en la trabajadera, y se le ha dado. No puede ver pero va a sentir a su Cristo de la Victoria", enfatiza Antonio Santiago, el capataz, que le dedica la primera levantá provocando una llantina contagiosa.

A no más de diez metros del paso, en el atrio de la iglesia, aguarda Candi, sentado, con su inseparable muleta. Hace años que colgó el título de contraguía, pero mientras el cuerpo le aguante, acudirá para rememorar tantas voces dadas desde la trasera. Lo mismo que Ángeles Liñán, camarera de honor de la dolorosa tallada por Illanes, sólo que ésta lo pasa bastante peor porque le regalan el llamador para que se alce al cielo el palio. No es gratuito el privilegio: "Perdió a su hijo hace sólo tres meses...", cuenta por lo bajini el hermano mayor, Santiago Arenado. Y Ángeles, entre agradecida y dolorida, alza su mano temblorosa: a ésta es.

La cuarta historia de superación viste túnica y lleva bocina. Es la del periodista Raimundo de Hita, gravemente enfermo hasta hace no poco y que poco a poco saborea las mieles de una segunda vida. "Pero tengo que operarme de nuevo de aquí", dice señalándose su castigado corazón. "Hoy quiero al menos llegar a la Catedral; después, a casa", dice ilusionado. Y se va corriendo porque suena el martillo. Es la una de la tarde y el Cristo de la Victoria asoma a la calle repartiendo dosis de esperanza y fuerzas para todos esos héroes anónimos que le han plantado cara a los reveses de la vida.

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