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Veraneando

Cuesta Maneli, sendero a la playa

Situada entre Mazagón y Matalascañas, guía hasta el Acantilado del Asperillo y da acceso a la playa al final de su trayecto, rodeada de un entorno natural espectacular.

el 01 ago 2014 / 11:00 h.

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Cuesta Maneli / M. Bautista El Acantilado del Asperillo es una de las formaciones más singulares de la Península. /  Mónica Bautista Ver el mar desde un acantilado es espectacular. Y aún más si a eso sumamos un entorno con arenas blancas y limpias, un frondoso pinar y densos matorrales en las hondonadas, un acantilado declarado Monumento Natural y el Océano Atlántico de fondo. Llegar a la zona no es demasiado complicado, basta con tomar la A-494 que une Matalascañas con Mazagón. Aproximadamente en el kilómetro 39 se indica la salida hacia Cuesta Maneli. Allí, junto al punto de información del mismo nombre, se encuentra el aparcamiento y las primeras tablas del sendero que guía prácticamente hasta la orilla del mar. Pero no se trata de una pasarela cualquiera en la que se suman piezas de madera sobre la arena, es algo más de un kilómetro rodeado de un entorno admirable. De hecho, al poco de iniciar el camino, si se vuelve la vista al Norte, que queda a la espalda, sorprende una de las superficies forestales más extensa del sur de Andalucía, con pinares de repoblación acompañados de jaguarzo y manchas de matorral de brezos y olivillas. Especies que van desapareciendo conforme nos acercamos al mar, ya que necesitan más humedad que la que les ofrece la duna. Cuesta Maneli 2 / M. BautistaVegetación. La subida no es muy acusada, y desde el punto más alto se puede ver la inmensa llanura de Doñana. Conforme se avanza por el sendero, se aprecia cómo la vegetación ha ido contribuyendo a la fosilización de la duna por la que discurre, fijando sus arenas con árboles que resisten al viento y a la sal. Nos muestra así cómo se puede sobrevivir en unas condiciones difíciles de soportar: el suelo móvil y con pocos nutrientes, vientos constantes y escasez de precipitaciones. Por ello casi todos los ejemplares de la zona tienen características peculiares como hojas pequeñas para perder poca agua a través de ellas a causa de las altas temperaturas, así como una forma semiesférica para crear un clima de mayor humedad. Además de los pinos que nos acompañan en nuestro camino, se aprecia otra planta en abundancia, la camarina, muy característica en la zona. Propia de la costa atlántica, es uno de los mejores ejemplos de supervivencia en duras condiciones de vida. Precisamente en esta época es cuando aparecen sus frutos, similares a pequeñas perlitas blancas comestibles que muchos emplean con fines terapéuticos por la gran cantidad de minerales que aportan al organismo. Cerca de la playa la fuerza del viento se va haciendo mayor y más constante. La vegetación poco a poco va dejando huecos ocupados por unas arenas que llaman la atención por su color. A diferencia de las blancas arenas de la playa en la duna, presenta tonalidades anaranjadas, debido a que la duna oculta una importante cantidad de aguas subterráneas cargadas de óxidos de hierro responsables de ese peculiar color.  En estos puntos de clareo de vegetación se presenta la oportunidad de apreciar, sobre todo a primera hora de la mañana, los rastros que dejan en su actividad nocturna los animales que la habitan: huellas de zorros y conejos, surcos de la víbora hocicuda y, aunque esto es algo casi extraordinario, alguna que otra huella de lince. El viento es el encargado de deshacer esos rastros, pero no sólo trae consigo arena, sino que además moviliza pequeñas gotitas de agua cargadas de sales marinas. Es la maresía, gotas que depositan sobre ramas y hojas sales. Cuando se secan, forman una especie de «spray salino» que deja plantas quemadas y retorcidas por el viento, conocidas como los «árboles despeinados». Algunos de estos pinos pueden llegar a crecer paralelos al suelo debido a los fuertes vientos del suroeste, todo un capricho de la naturaleza que sorprende al paso por el sendero onubense. Cuesta Maneli3 - M. BautistaFinal del camino. La parte final del recorrido es la más elevada con 112 metros de altura y se convierte en un mirador excepcional para deleitarse con un paisaje interminable de playas. Las vistas al borde del acantilado del Asperillo muestran la larga línea de arena virgen, con bandos de correlimos en la orilla o gaviotas sobrevolando las olas. Una vez en ella se puede observar la impresionante pared del acantilado con las cárcavas, surcos y barrancos que ha dibujado el efecto de erosión del agua, que en algunos casos también surge a través de pequeños chorritos alimentando los cañaverales próximos a la orilla. Ya en la primera línea del acantilado frente a la playa, el viento constante se hace, si cabe, más determinante. En esta situación la vegetación vuelve a cambiar; en este caso especies como la clavellina van a ser las únicas capaces de sobrevivir, unas plantas que gracias a sus tallos flexibles se dejan mecer por el viento y no se quiebran. Al final del tramo aparecen la playa de Castilla a la derecha y la del Asperillo a la izquierda con dos escaleras de madera que dan acceso. Una vez abajo nos encontramos con una impresionante pared modelada por el mar, dejando impresas cárcavas, surcos y barrancos. En algunos puntos es tan importante la acción erosiva del mar, que el acantilado retrocede perdiendo materiales a una velocidad de aproximadamente cuatro metros cada año. Acantilado del Asperillo. Y es que hace miles de años la dinámica entre el mar y la costa dio lugar a una erosión localizada, dando origen a lo que hoy conocemos como el Acantilado del Asperillo, declarado Monumento Natural el 9 de noviembre de 1999 por su alto valor geológico. Este proceso hizo que las dunas de la zona más elevada quedaran más aisladas y dejaron de recibir el aporte de arenas que primitivamente le proporcionaba el mar. Así, las condiciones para la vida mejoraron y la vegetación colonizó las dunas reduciendo al mínimo su movilidad. Se considera una de las formaciones costeras con características geomorfológicos y ecológicas más singulares de toda la Península, un acantilado arenoso formado por la sedimentación de arenas de origen eólico y aluvial, materia orgánica y otros materiales. Las distintas capas fueron depositándose a lo largo del tiempo para que posteriormente las fuerzas de Cuesta maneli4 la tierra las elevaran más de 100 metros y se estima que los depósitos más antiguos tienen entre catorce y quince mil años de antigüedad. El oleaje y el viento producen cambios continuos en estas dunas y desde la extensa playa es posible advertir en sus paredes las distintas tonalidades de naranjas, blancos, ocres y negros que se estratifican originando caprichosas ondulaciones y formas geométricas interrumpidas por cárcavas. Además del entorno natural, la oferta de uso público en las cercanías se complementa con el carril de cicloturismo de la Playa de Castilla, que ofrece la posibilidad de conocer aún más de cerca los Médanos del Asperillo, una verdadera joya geológica y botánica del entorno. De hecho, no muy lejos se encuentra el famoso ‘Pico del Loro’, restos de lo que en su día fue una torre almenara. Sí se hace especial hincapié desde la Junta de Andalucía en que no se tomen muestras de la fauna o del entorno del acantilado, ya que a la larga acabaría con la riqueza natural que ofrece el paisaje. También en la prohibición de encender hogueras o arrojar basura en la zona. Doñana tiene mil caras, en las que Cuesta Maneli se plantea como una de las más atractivas para los turistas, pero hay que cuidarlas para poder seguir disfrutándolas durante muchos años más.  

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