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Cuestión de hombres

En los últimos días se ha insistido en los medios de comunicación sobre los problemas que generan en la convivencia el sexo practicado por prostitutas en la vía pública. Incluso hemos podido apreciar imágenes muy evidentes sobre este comportamiento. Como es muy habitual, las tintas se han cargado sobre esas mujeres, a las que se las individualiza como las principales responsables de la situación.

el 16 sep 2009 / 08:12 h.

En los últimos días se ha insistido en los medios de comunicación sobre los problemas que generan en la convivencia el sexo practicado por prostitutas en la vía pública. Incluso hemos podido apreciar imágenes muy evidentes sobre este comportamiento. Como es muy habitual, las tintas se han cargado sobre esas mujeres, a las que se las individualiza como las principales responsables de la situación.

Sin embargo, cuando hablamos de prostitución, es evidente que tratamos una cuestión de hombres, porque son ellos en su gran mayoría los usuarios de estos servicios; y porque son varones, generalmente, los chulos o proxenetas que las explotan y hacen el negocio a costa de ellas. Pero ello no se ve así, o no se quiere ver así.

Estudios realizados sobre esta actividad demuestran que cerca del noventa por ciento de las mujeres que ejercen la prostitución lo hacen en contra de su voluntad, bien explícita o implícita, lo que nos permite afirmar que nos enfrentamos a una situación de explotación, cuando no de trata de seres humanos o de esclavitud directamente.

Pero sobre todo, la cuestión que tratamos revela que el problema de fondo es la masculinidad del modelo de relación sexual, una masculinidad que identifica el sexo de los hombres como una necesidad imperiosa, que se mueve a impulsos biológicos que no se puede limitar o cercenar.

Ese mismo impulso que durante mucho tiempo sustentó la tesis del débito conyugal, por el que las esposas debían estar siempre dispuestas a satisfacer los deseos sexuales del marido, y cuando ello no ocurría estos últimos la podían tomar incluso en contra de su voluntad.

O que sirvió para justificar la violación cuando la mujer, con su comportamiento o vestimenta , provocaba esos deseos irrefrenables del hombre, con lo que ella en última instancia era la responsable de un comportamiento que debía haber previsto. Estas y otras conductas parecidas, avaladas durante mucho tiempo por la sociedad, nos parecen ahora reprobables. Sin embargo, se sigue asumiendo que el comportamiento sexual de los hombres tiene algo de irracionalidad.

Y la cuestión que tratamos resulta aún más preocupante si nos atemos a algunas de las imágenes publicadas, en las que se ven a hombres jóvenes y bien parecidos que practican el sexo impulsivo en las calles; una práctica, ésta de acudir a las prostitutas, cada vez más extendida en varones de entre 30 y 40 años que huyen o quieren huir de cualquier complicación sentimental y buscan ese sexo fácil, en el que no se les cuestiona ni se les exige porque para ello pagan.

Y así, mientras que el debate se centra entre la libertad o la prohibición de esta práctica, no se cuestiona esta masculinidad que aún impregna muchos ámbitos de relaciones sociales, pues el problema, de nuevo, son las mujeres.

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