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Cuestión de hombres

Los presuntos casos de corrupción que están saliendo a la luz ponen de manifiesto que son los hombres los principales protagonistas de estos comportamientos. Para ello basta comprobar la nómina de imputados en la Comunidad de Madrid, además de los que están bajo sospecha en la Comunidad Valenciana, incluido su presidente...

el 16 sep 2009 / 05:53 h.

Los presuntos casos de corrupción que están saliendo a la luz ponen de manifiesto que son los hombres los principales protagonistas de estos comportamientos. Para ello basta comprobar la nómina de imputados en la Comunidad de Madrid, además de los que están bajo sospecha en la Comunidad Valenciana, incluido su presidente, o los más recientes acusados provisionales por el TS; a los que hay que añadir una larga lista que se distribuye por toda la geografía, cuyas causas están aún pendientes. En todos estos casos hay mujeres presumiblemente implicadas, pero no cabe duda de que la gran mayoría son hombres, políticos o empresarios. Este dato cuantitativo de por sí es suficientemente significativo de una manera de hacer las cosas más extendida entre los varones, pero además revela una concepción de la vida y de sus utilidades típicamente masculina.

Más allá de la trascendencia penal de sus actos, que en su día determinarán los tribunales, el comportamiento de sus protagonistas pone de manifiesto un afán desmedido por adquirir bienes que se consideran signos del triunfo, como el coche de gran cilindrada, los viajes de lujo, a ser posible a sitios exóticos, las grandes celebraciones para exteriorizar el éxito personal que a su juicio se mide por su capacidad de despilfarro, la vivienda acorde con la situación que les corresponde y, cómo no, los trajes de buen corte para dar bien en televisión. Una forma de actuar típicamente masculina, que cifra su proyecto vital en el éxito ligado al reconocimiento social, de ahí que el mismo tenga que venir acompañado de la asunción de unos códigos de conducta reconocibles por el grupo.

Y todo ello lo han pagado, según los mismos protagonistas, con los rendimientos obtenidos con el sudor de su frente, con el mismo sudor con el que han tenido que transportar los billetes en maletines para así poder saldar sus cuentas de manera inmediata, ahorrando a los proveedores los costes bancarios de las transacciones. Y cuando no han encontrado una explicación que encaje bien en el relato de sus hechos, recurren a sus mujeres, que para eso están, para lo bueno y para lo malo, y afirman que ese dinero, que huele mal, es de la farmacia de ella; cuando no recurren a otros artificios como el de poner las sociedades a su nombre, porque no se enteran de lo que firman y así las cosas son más fáciles.

En contra de lo que se pudiera creer, los grandes consumidores son los hombres, de 40 a 65 años, los que mantienen el mercado de bienes suntuarios y productos de alto valor añadido y mayor precio. Quizás sean las mujeres las que acuden más al "mercado", pero sus compras están ligadas en mayor medida a la satisfacción de las necesidades básicas de la familia, mientras que los varones actúan impelidos por criterios menos utilitaristas y menos grupales, referidos a su persona y aspiraciones. Por ello, las primeras son más ahorrativas mientras que los segundos se dejan impresionar con mayor facilidad por el producto y su envoltorio.

Y así, esta sociedad que ha colocado al consumo como paradigma de la felicidad personal y colectiva, es una creación típicamente masculina, por mucho que se nos haya querido vender el estereotipo de la mujer irresponsable y caprichosa que adquiere cosas sin sentido, simplemente por el placer de gastar. Sin embargo, la deconstrucción de esa masculinidad sigue sin estar presente en la agenda política de los partidos, quizás porque estos también son cuestión de hombres.

Rosario Valpuesta es catedrática de Derecho Civil de la Pablo de Olavide.

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