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Toros

Cuidado con Escribano

El diestro de Gerena enseñó su versión más templada y se reveló como un capotero artista y creativo. Fandiño se esforzó sin demasiado rendimiento y Castella consumó su enésimo naufragio en la plaza de la Real Maestranza. (VÍDEO)

el 05 may 2014 / 22:40 h.

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  • Plaza de la Real Maestranza
  • Ganado: Se lidiaron seis toros de la familia Domecq-Noguera: primero, tercero y quinto marcados con el hierro de Vegahermosa y el resto, con el matriz de Jandilla. La corrida, muy bien presentada y cuajada, tuvo un común fondo de calidad -a excepción del deslucido y bruto tercero- aunque adoleció de falta de motor. Primero, segundo y tercero -éste por el lado izquierdo- compartieron esa condición noble. El quinto se desinfló muy pronto y el sexto no pasó de soso.
  • Matadores: Sebastián Castella, de periquito y oro, silencio y silencio tras aviso. Manuel Escribano, de azul rey y oro, vuelta al ruedo tras petición y ovación. Iván Fandiño, de lobo de mar y oro, silencio y silencio tras aviso.
  • Incidencias: La plaza registró más de media entrada en tarde espléndida. Saludaron Ambel Posada José Chacón y Vicente Herrera.
MÁS FOTOS EN LA FOTOGALERÍA El triunfo no se materializó en orejas pero posiblemente es lo de menos. Si el feo espadazo que despenó al segundo de la tarde escamoteó el trofeo que se había ganado Escribano, las fuerzas claudicantes del quinto también fueron determinantes para que su valiosa labor sólo fuera premiada con una maciza ovación. Pero no importa porque el matador de Gerena dio una gran tarde de toros en todos los tercios de la lidia con el borrón consignado de ese acero que por dos veces cayó trasero y algo caído.   El diestro francés Sebastian Castella con la muleta a su segundo toro. EFE/Julio Muñoz El diestro francés Sebastian Castella con la muleta a su segundo toro. EFE/Julio Muñoz Pero dio gusto paladear el exquisito temple; los toques exactos, la colocación precisa y esa evolución torera que ha elevado considerablemente el techo de Manuel. El propio matador lo venía anunciando en algunas entrevistas: “no me conformo; persigo otras cosas, quiero enseñar otro concepto que ya he podido experimentar en algunos ruedos de menor consideración...” No era la retórica hueca al uso. Fue una verdad constatable en esa faena instrumentada al nobilísimo ejemplar que saltó en segundo lugar, al que recibió con su ya clásica larga de rodillas y a portagayola, prácticamente plantado en los medios. Manuel se explayó a la verónica y volvió a crear espectáculo en banderillas, que esta vez quedaron en un segundo plano a pesar de levantar un clamor con ese tercer par, tan suyo, que clava en un palmo de terreno y citando desde el estribo.   Escribano sabía la calidad que atesoraba el toro de Jandilla pero también conocía de sobra que tenía la gasolina justa para un paseo. El toreo comenzó a brotar al natural con temple líquido. Fueron tres o cuatro series, no aceptó más el toro, pero todos y cada uno de los muletazos estuvieron adobados de esa colocación, de esos toquecitos suaves, casi impercentibles que limaban cualquier aspereza. El comentario de los aficionados y los profesionales era unánime. Cuidado con éste. Aún hubo otra serie diestra, compacta y reunida, en la que el torero se comportó como un mecanismo de precisión pero el toro ya había quemado la última gota de combustible y echó el freno. Ya lo hemos dicho: la colocación de la espada le arrebató esa oreja que tenía en la mano pero, qué más da. El torero Iván Fandiño en la faena con el capote a su primer toro. EFE/Julio Muñoz El torero Iván Fandiño en la faena con el capote a su primer toro. EFE/Julio Muñoz Volvió a marcharse a la tierra de nadie para recibir al quinto, que le hizo algunos extraños, como de reparado de la vista, que acabó corrigiendo. En ese punto se reveló el mejor Escribano: templado, expresivo, naturalmente compuesto... definitivamente artista en el manejo de un capote que iluminó la plaza en unos segundos de gloria celestial. ¡Cómo torea este tío con la capa! El crecimiento del torero se había hecho definitivamente patente. La gente se apretó contra los asientos presintiendo que podía pasar algo importante y Manuel mantuvo el ritmo de su labor en un ceñido galleo de frente por detrás para colocar al toro en el caballo. Brilló en banderillas, incluyendo ese quiebro al violín -el par de la Calafia- que forma parte de su repertorio más clásico. Pero el personal lo que quería es verlo de nuevo con la muleta. El toro mantenía su calidad, mostraba clase pero tampoco andaba sobrado de fuerzas a pesar de tomar el primer muletazo con alegría desde la larga distancia. La faena brotó más y mejor por el lado izquierdo con cadencia y suavidad, citando en corto y muy abajo para alargar las embestidas con las bambas de la muleta arrastrando por el suelo. Pero el toro se aplomó demasiado pronto. El matador siguió en la cara, fresco y feliz, sabiendo mejor que nadie la verdadera trascendencia de una actuación que voló por los teléfonos y las redes de los profesionales del toreo. Tampoco anduvo afinado con la espada pero ha elevado su papel de cara a la tercera actuación que tiene firmada en el abono. Cuidado con Escribano...   La tercera pata del banco era el diestro vasco Iván Fandiño, un torero en prolongado trance de lanzamiento que retornaba a la plaza de la Maestranza después de un año en barbecho. No se puede negar que sudó la camiseta, que entró en todos los quites que le correspondían -no siempre con buena fortuna y oportunidad- y que dio todo con los dos toros que le tocaron en suerte. Se ciñó toreando a la verónica al tercero de la tarde, un animal que protestó con aparato en el caballo y que brindó al público para sellar el reencuentro. Pero ese toro, con el hierro de Vegahermosa, sería a la postre el garbanzo negro del encierro de los Domecq Noguera. Llegó a cogerle el aire a base de temple pero sobre todo, aguantando y consintiéndole. Llegó a enjaretarle una serie diestra, pulcra y muy reunida antes de que el toro dijera basta. Con la cara por la nubes y la defensa muy alta se negó a pasar por el pitón izquierdo. A Fandiño sólo le quedó matarlo bien y por arriba aunque la espada cayó un punto atravesada. Iván volvió a entregarse sin fisuras con el sexto al que supo exprimir por el lado derecho en una labor que tuvo la virtud de saber tapar y tirar de la remisa embestida. Pero le costaba un mundo repetir y rematar las embestidas por el otro lado -definitivamente soso y sin transimisión alguna- impidiendo que la faena tomara vuelo.   Y dejaremos para el final la aburridísima actuación del francés Sebastián Castella que sólo se pareció a sí mismo, a sus mejores tiempos, en el ceñido y vibrante inicio de faena al cuarto de la tarde, un ejemplar aparatoso que planteó demasiadas dificultades por el pitón derecho sí, pero que tenía otro para revocar el largo historial de tostones que Castella ha ido registrando en el coso del Baratillo. La faena no tuvo hilo ni trazo ni ajuste y la gente ya andaba mosca después de que el francés estrellara la débil calidad del primer toro del festejo en una faena estropajosa y llena de tirones que no ayudaron nada a levantar el tono de su labor. Le queda otra más en la Feria pero su papel en Sevilla está definitivamente devaluado.  

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