Cultura

Cultura en sorbitos

el 17 ene 2011 / 21:07 h.

¿Qué distingue una gran ciudad de una ciudad sin adjetivo? La respuesta probablemente tenga muchas respuestas, tantas como diferentes sean los perfiles de los lectores de este artículo. Unos hablarán en términos económicos, otros se centrarán en los prodigios arquitectónicos y los más realistas enarbolarán los datos: densidad de población, conexión a través de transportes, etc, etc...

Luego están los urbanitas, estirpe de ciudadanos que constituyen por sí solos un grupo social aparte y fácilmente identificable. Ellos habitúan a mirar con aire despistado, llevan bandolera con iPod tuneado y camisetas de colores con estampaciones de Naranjito. Ellas, abducidas por el efecto Amelie, se peinan con flequillo, agujerean sus ropas con chapas y sueñan con ser parisinas aunque en su partida de nacimiento indique Brenes.

Unos y otros acostumbran a sacudir la agenda cultural, sabedores de que más allá del Lope de Vega, el Maestranza y el Central hay un mundo por el que pocos lobos y caperucitas se asoman. Ni siquiera cuentan en esta redacción las salas independientes. Cero, Fundición, Malandar, TNT... están bien, les vale, pero quieren más. ¿Qué queda entonces por rascar?

Pertrechados con la pipa de Sherlock Holmes y, por estas fechas, disfrazados con bufanda y hasta con boina del abuelo -el vintage viene pegando fuerte en las megalópolis- una excursión hispalense para averiguar qué se cuece -culturalmente hablando- en los bajos fondos permite llevarse a casa una enriquecedora impresión.

Si en cuestión de ocio Barcelona siempre ha ostentado el Oscar el creciente número de clubs y pequeñas salas que vienen abriendo sus puertas en Sevilla en los últimos años es alentador. Hace unos meses, a la verita del Pumarejo, el Laboratorio Intr:Muros abría sus puertas. En breve cumplirán un año y ahí están, con una parroquia mínima pero fidelísima que acoge y bravea sus propuestas. Y no (demasiado) lejos de allí La Caja Negra (en la calle Fresa) continúa proponiendo noche sí y noche también propuestas musicales y poéticas de todo cuño en su mínimo pero confortable espacio.

Antaño La Carbonería de Levíes era el santo y seña de la bohemia nocturna. Hoy continúa ahí, como punto de referencia. Pero le ha salido competencia. Concretamente en la calle Torrijiano, collación jonda por antonomasia dada la coincidencia en el entorno de varias peñas flamencas, emergió hace unos años La Estación, lugar consagrado a la canción de autor en el que, pongamos por ejemplo, ha echado raíces Alfonso del Valle.La poligonera Sala Zeppelin (¡Calle de las Herramientas!), donde tan pronto volatilizan los altavoces una banda de heavy metal que se escuchan los monólogos humorísticos de algún descarriado miembro de El club de la comedia, es otra firme candidata a engrosar esta lista (contra)cultural de Sevilla.

Como también lo es la muy misteriosa Casa de Max (Álvaro de Bazán, 6), un chiringuito noctámbulo donde se cita una fauna cinéfila de variada condición para compartir copas y celuloide.La tetería Dar el Fasi (en la Alameda), con clases de baile del vientre y demostraciones semanales de tan sugerente danza, el Café Eureka (en el mismo boulevar), prolijo en invitaciones a sesiones de humor e improvisación teatral, la Sala Museo (en la Ronda de Capuchinos) con una agenda inminente en la que Luzbel y los Diplomáticos brillan con luz propia y Ekeko (en la calle Albaida), un café literario en el que el público decide qué se comparte y qué no son otros de los locales a pie de página. La lista, ¡albricias!, podría ser innumerable y la fluctuación de las ofertas cambia de mes a mes. Olvide las agendas y piérdase por la ciudad.

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