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Cunas unidas, cuerpos separados

Youssra y Hanae viven cuna con cuna, juntas pero separadas. Las dos gemelas siamesas nacieron en Marruecos compartiendo el hígado y el diafragma y a los 16 días de vida un equipo del Hospital Virgen del Rocío consiguió desunirlas.

el 15 sep 2009 / 11:38 h.

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Youssra y Hanae viven cuna con cuna, juntas pero separadas. Las dos gemelas siamesas nacieron en Marruecos compartiendo el hígado y el diafragma y a los 16 días de vida un equipo del Hospital Virgen del Rocío consiguió desunirlas. Hoy tienen el alta y su mayor mal son los cólicos nocturnos. Son dos niñas sanas y con futuro.

Mohamed, el padre, no refrena su alegría. Ouarda, la madre, tímida, sonríe en un segundo plano. Cada uno sostiene a una de sus gemelas, él a Youssra, la más enfermiza, ella a Hanae, la dormilona. Los curiosos que se arremolinan en la entrada del Hospital de la Mujer del Virgen del Rocío no entienden a qué viene tanta cámara de televisión. Sólo ven a una pareja joven con sus bebés. Quizá lo único llamativo es el al-amira de la madre, un modelo de velo islámico.

Parecen, son, una familia normal y feliz, unos padres primerizos y unas niñas tranquilas que rozan los tres meses. Pero tras ellos hay mucho más, una historia de sufrimiento con final feliz gracias al equipo del Servicio de Cirugía Pediátrica del hospital sevillano, que comanda el doctor Juan Carlos de Agustín. Todo arranca el pasado 14 de junio cuando las niñas nacen el Nador (Marruecos), unidas por el esternón, la musculatura abdominal y el perineo y compartiendo el hígado y el diafragma. Habían nacido dos siameses, y la estadística dice que sólo entre el 5 y el 25% de estos bebés consiguen sobrevivir.

Mohamed y Ouarda sabían que en su país era "difícil" tratar a sus pequeñas así que, una hora después del parto, el matrimonio partió urgentemente a Melilla buscando atención médica, como unos turistas de visita. Ante la gravedad de su caso, el equipo médico que les atendió decidió derivar a las niñas al Virgen del Rocío, segundo hospital español de referencia en estos casos tras el de La Paz, en Madrid. Aquí ya se había salvado la vida de otros cuatro siameses, en 1994 y en 2002, y con las dos niñas marroquíes los médicos han conseguido su tercer logro.

Las pequeñas recibieron el alta hace una semana, aunque en estos días han tenido que acudir en alguna ocasión al Maternal para revisar su estado. Antes han pasado por una operación durísima: nueve horas en el quirófano con apenas 16 días de vida en las que los especialistas consiguieron separarlas, recomponer sus cuerpos y garantizar que, al crecer, tendrán una vida normal. Las cicatrices están curadas, hasta el punto de que Hanae se despereza alegremente en los brazos de su madre, sin que en apariencia le duelan las costuras de su vientre. Ahora los jóvenes padres, de 34 y 31 años, sólo se tienen que desvelar "por los gases y porque les duele la barriga". Noches de insomnio como las de cualquiera con un bebé a su cargo. Ellos, que han sufrido uno de esos casos que sólo se dan una vez cada 200.000 nacimientos, han pasado de ser la excepción, la incógnita, a ser una realidad con futuro.

Ahora que la salud de las pequeñas está garantizada, la preocupación de los padres se centra en dónde y cómo vivir para asegurarse de que sus hijas reciben el mejor tratamiento médico -si es que lo requieren, porque los doctores aseguran que no hace falta someterlas a nuevas operaciones-. Ahí empiezan los problemas: la familia reside actualmente en un centro de inmigrantes de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), recién entrenado en la calle San Luis. Está protegidos por el llamado programa del Real Decreto, que les concede una estancia legal de tres meses, prorrogable a tres más. Como las niñas requieren de revisiones en los próximos meses, no es extraño que ese permiso se prolongue, pero lo que es bien difícil es que consigan el permiso de residencia antes de los tres años que contempla la ley. Porque, pese a todo, ahora que las pequeñas están bien, son unos inmigrantes más sin papeles de cara a la administración.

Por eso Mohamed no se cansa de pedir ayuda a los sevillanos y a los políticos, porque afirma que se quiere quedar aquí. "Quiero que mis hijas estén en Sevilla porque aquí las han salvado y conocen su historia médica. Aquí nos han tratado muy bien y yo quiero trabajar, soy camionero en mi país", explica en su español aprendido en los dos meses de estancia en Sevilla. La "felicidad" por el alta de Hanae y Youssra se mezcla con la incertidumbre por su futuro. Dice que en Fez, donde vivían, tienen a su familia y no les iba mal, pero que en su país sus hijas no habrían sobrevivido, y que por eso no quiere apartarse de los médicos que las han atendido. "Estaría muy contento si nos quedamos. No sé qué va a pasar, si volveremos o nos quedamos. No lo sé", repite insistente, repentinamente serio. Al menos le quedan por delante seis meses de tregua, días para ver crecer a sus hijas. "Es un regalo de Dios".

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