Local

De chica trash a novia de Silvio Berlusconi

Francesca Pascale afirma que siempre sintió "adoración" por su figura.

el 23 dic 2012 / 19:19 h.

TAGS:

Ha cambiado sus teléfonos, cerrado la página en Facebook y la cuenta en Twitter, probablemente se haya retocado los labios, seguramente ha cambiado el color de su pelo y ya no compra camisetas en los mercadillos de Nápoles. Francesca Pascale, de 27 años, es otra persona. Lejana de aquella hija de fotógrafo de bodas del barrio popular napolitano de Fuorigrotta, de la empleada en un concesionario de coches, que después mostró su joven cuerpo en un programa de TeleCapri, que se llamaba TeleCafone, traducible literalmente por TelePaleto. Eran tres amigas, las tres bailaban y cantaban aquello de "si subes el muslo aumenta la audiencia / también si mueves un poco más el mandolín / y si bajas las bragas sube aún más".

Francesca tenía 22 años cuando conoció a Silvio Berlusconi, que de años tenía entonces 69, cinco hijos, cinco nietos y otro casi en camino. Llevaba ya 11 años en política, después de haberse presentado en 1994 en las casas de los italianos con un libro-papel-cuché sobre Una fábula italiana que estaba por empezar, de la mano de Veronica Lario, su esposa.

Perdidas las elecciones del 2006, la joven napolitana organizó, junto con sus amigas, un club llamado "Silvio, nos faltas". Aún quedaban meses para la famosa carta pública en la que la esposa, Veronica, echó en cara al marido el epíteto de "dragón" que se come a las vírgenes sacrificadas, pero Francesca ya declaraba a los diarios locales lo que sentía por Berlusconi. "Lo mío es verdadera adoración, heredada de mis padres", decía. Al grito de "Silvio, nos faltas", las fans le perseguían por doquier. Hasta que comenzó la fábula.

Los delegados del Partido Popular Europeo (PPE), del que la formación política de Berlusconi formaba parte, se habían reunido un día en una residencia de Roma y al salir Berlusconi encontró a las jóvenes. Invitó a Francesca a unirse a otras chicas para ir a Villa Certosa, en Cerdeña. "Se trató de una convención política", justificaría ella a la prensa local. Luego llegó el Smart, un descapotable, hospedajes en villas por doquier y el ingreso en política.

Se presentó a las municipales del 2006 y obtuvo solo 88 votos en el barrio bienestante de Posillipo de Nápoles, a los pies del monte en el que transcurrieron los últimos días del poeta Virgilio. En el 2008 estaba en la lista de las chicas que debían prepararse para un curso que las llevaría a la Eurocámara, pero la célebre carta de Veronica sobre el "dragón y las vírgenes" desbarató la invasión femenina de Estrasburgo.

Francesca no se amedrentó y en el 2009 volvió a presentarse para la Diputación de Nápoles. Sacó 7.600 votos y se convirtió en la más joven consejera del PDL. "Era muy activa y discutía sin pelos en la lengua", recuerdan algunos. A los 24 años fue nombrada consejera de la comisión de Trabajo, de Patrimonio y de Personal. Fue algo fugaz. Obtuvo también una meteórica asesoría en el Ministerio de Cultura, en Roma. Pero sus colegas no la vieron "casi nunca", ocupada como estaba en viajes con Berlusconi, de modo que, al final, dimitió. El jefe del Gobierno le puso un piso en el barrio romano burgués de Cortina d'Ampezzo y allí vive. Desde entonces se la ve en la Via Condotti, entrando y saliendo de Bulgari o Cartier.

Nadie, en el exterior, sabía de ella, aunque circulaban rumores. En enero, cuando la prensa reseñaba los jolgorios de las fiestas del bunga-bunga y entre 30 y 40 chicas, todas de 16 a 35 años, relataban pormenores, Berlusconi rechazó el escándalo, diciendo que mantenía "una relación estable con una persona".

Hasta que la pasada semana confirmó el noviazgo Mario Apicella, cantante particular de Berlusconi y coautor de sus melodías. Y finalmente lo dijo él ante las cámaras de Canale 5, la principal de sus emisoras, durante una entrevista realizada con un foco de luz blanca que le caía de los cielos. "Sí, estoy ennoviado", admitió el constante Casanova, de 76 años. Anthony Quinn y Pablo Picasso no tendrían nada que objetar.

  • 1