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De ‘Dr. Zhivago’ a ‘La voz dormida’

el 19 ene 2012 / 18:21 h.

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La tercera edad se apoderó ayer del Cine Cervantes.

Si un productor de cine hubiera acudido ayer, a media mañana, al Cine Cervantes, probablemente le hubiera dado un patatús. Nuestros mayores no van al cine. La afirmación se respalda tras el trabajo de campo: Doctor Zhivago, Guerra y paz, Lo que el viento se llevó y Cortina rasgada eran las últimas películas que muchos recordaban haber visto en pantalla grande. Y de ahí al siglo XXI.

Es probable que la consejera de Igualdad y Bienestar Social, Micaela Navarro, no conociera este dato. En todo caso la iniciativa de la Junta de coger de la oreja a quienes peinan canas y llevarlos al cine parece altamente necesaria. Ayer se dio a conocer, en el oportunamente vetusto Cine Cervantes, que con la Tarjeta Andalucía Junta 65 cerca de un millón de mayores podrán beneficiarse de un descuento del 25-30% en las entradas de cine de lunes a jueves no festivos. Y si de lo que se trata es de ir un fin de semana, tendrán que llevar de gancho a los nietos: en sesión matinal no les costará nada. A los abuelos, no a los nietos.

Para celebrar la ganga, 250 invitados acudieron a ver La voz dormida, cinta del lebrijano Benito Zambrano nominada a los Premios Goya. Va de la guerra y de la posguerra. Venia que ni pintada para satisfacer a la concurrencia. "Quiero hacer una comedia pero de momento sólo me salen dramas", reconoció el cineasta en la presentación de su filme. Entre el aforo, algunos que ya se la sabían, le gritaron que siguiera así, "que hace películas mu bonitas". El director, más pillo que Juan Tamariz ante una baraja de cartas, logró guardarse en el bolsillo de la camisa a la concurrencia. Y por poco no le tiran flores. Habló de su infancia en el pueblo, de su mamá y de su papá, de sus tristezas y alegrías. Para cuando terminó ya había gente llorando. Imaginamos que hacia el final de la película más de uno tuvo que salir a comprarle a un senegalés un paquete de kleenex.

Porque La voz dormida da para marcarse una llorera de las que hacen época. "Eché tantas lágrimas cuando la vi por primera vez que hoy he querido recordarla, a ver si no me emociono tanto y le pillo mejor la trama", comentaba Evangelina Martín (75 años) minutos antes de apagar las luces.

También los había cascarrabias. Manuel y Jacinto hacían tiempo en el pasillo porque no les apetecía escuchar a la "consejera del PSOE". Narciso se lo recriminaba: "Pues yo sí la escucho, ¡claro que la escucho! Y en marzo les voy a votar". Mientras estos dirimían sus cuitas, los 247 invitados restantes llevaban un rato, como si tal cosa, oyendo a unos y otros. "Al final va a resultar que los viejos no estamos siempre hablando de derecha e izquierda", anotaba Marisol, una vecina de 82 años de la Barzola que, "tan ricamente", contaba a quien le diera un micrófono que ella "con Franco y con Felipe González ha vivido divinamente". A la espera de que alguien le explique algunas de las sutilezas que diferenciaban a uno de otro, Carmela, de Los Remedios, no hacía más que mandar a callar con un siseo tan virulento que, cada vez que lo activaba, parecía que por las puertas del Cervantes iba a entrar un huracán y se lo iba a llevar todo por los aires.

"Si ya está cabreada no quiero ni pensar lo que pasará cuando se entere que la película que nos van a poner es rojilla", prorrumpía una vecina de la fila 13. "¡No irá de política!", exclamaba uno más allá. "¡A ver si nos van a tener que poner una de dibujitos para que nos callemos!", vociferaba otro más acá que calmaba los ánimos con la guasa.La platea del Cervantes ofrecía un aspecto feliz, risueño, como de niños traviesos que han llevado de excursión al cine. Unos comían palomitas, otros apuraban la cola con la pajita y, los menos, se afanaban en apagar el teléfono móvil antes de que su señora (o señor) les propinara un coscorrón si el artefacto tenía la ocurrencia de sonar.

También había quien andaba pelín circunspecta. María Jesús León, vecina del barrio de La Candelaría, llevaba muchos años sin ir al cine. Más aún sin pisar el Cervantes. "La última vez que estuve aquí fue con el que sería mi marido, vimos Guerra y paz. Ahora llevo siete años viuda", recordaba mientras no quitaba ojo de la sala y comprobaba que, para bien o para mal, "está igual que entonces". Ella como todas las amigas que venían tenían ayer un firme propósito: "Tenemos que animarnos y venir al cine por lo menos una vez en semana", se decían unas a otras. Vamos a dejarlo en una vez al semestre. "¿Usted que película me recomienda?", le preguntaron al vendedor de palomitas. "Juan de los Muertos", les dijo. Así no vamos a ningún sitio

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