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Feria de Abril

Del Infierno al edén en dos pasos

En las ‘calesitas’ los feriantes duermen la siesta hasta que la tarde le toma el relevo al sofocante sol. Cada vez son más los turistas que disfrutan del Real sin necesitad de acudir a las casetas públicas.

el 07 may 2014 / 18:25 h.

Ambiente en la Feria este miércoles. / Carlos Hernández Ambiente en la Feria este miércoles. / Carlos Hernández (FOTOGALERÍA. Ambiente del miércoles en la Feria) En el albero casetero la Feria empezó este miércoles por todo lo alto, como si fuera el primer día; puro estallido de color –que rima con calor– y caballos, un paseo equino tan nutrido como nunca antes se había visto. Pero acudamos primero al refugio de los cacharritos. En sentido estricto la calle del Infierno no debería tener tal denominación. Acudiendo a la Real Academia hemos de dejar a un lado algunas extrañas acepciones:«Cierto juego de naipes típico de Cuba» (...) «Pilón adonde van las aguas que se han empleado en escaldar la pasta de la aceituna...» Solo hay una que encontramos aproximada:«Lugar en el que hay mucho alboroto, discordia o violencia y destrucción.». Pelín exagerada, pero si quitamos los dos últimos adjetivos puede pasar. Honestamente, la calle del Infierno, con sus coches locos, su amable olla con dibujos de Bob Esponja y los sonidos de monos que aúllan por altavoces en la montaña rusa y rosa podía pasar a llamarse la calle de la Calorina, del Fuego o de la Combustión. Porque, a mediodía, en la zona de los cacharritos hacía tal bochorno que hasta muchos feriantes daban por perdida la tarde y tenían bajada la persiana. Tanto es así que los encargados del Tirachinas estaban echándose un sueñecito con la garita cerrada. «Este año solo estamos funcionando aceptablemente por la noche», reconocían. Yun vistazo alrededor les daba la razón. La calle del Infierno tenía la misma agitación y tránsito que la carretera que va de Las Navas de la Concepción al convento de San Calixto. Ambiente en la Feria este miércoles. / José Luis Montero Ambiente en la Feria este miércoles. / José Luis Montero En la mansión del terror un Freddy Krueger muy aproximado sacaba medio cuerpo por una ventanita y hacía equilibrios con los guantes jamoneros –...por las cuchillas– para mantener en vertical una bebida isotónica. Y al sempiterno Ratón Vacilón este año le han puesto un compañero: el Gato Comilón:«¡Ay, que te como, ay, que te como!», decía con parsimonia y tono poco amenazante. Pero ni así. Exponerse a 35º grados (o más) en los alto de una vagoneta adquiere visos de hazaña y los papás prefieren guarecerse en las casetas hasta que los rayos del dios Ra quedan amortiguados por la caída de la tarde. Bien pensado, el mundo de las calesitas no está lejos del de los cursos de idiomas. Podemos dividirlas en tres tipos:beginners, medium level y advance. Entre las últimas puede disfrutar con un paseíto en el GigantXXX: suba usted más alto que la Giralda y, cuando esté arriba, sométase a un centrifugado. «Cada paseo de la atracción nos cuesta cerca de 40 euros», comentaba uno de sus encargados. A las 15.40 horas de ayer montaban 5 personas de las 16 posibles. Hagan la cuenta. Hay una cuarta dimensión en la calle del Infierno que nada tiene que ver con los cursos de idiomas a los que aludíamos; la directamente kitsch. Vale que La casa de los espejos tiene su punto: contemplarse a uno mismo como Laurel &Hardy en los vetustos espejos en los que se miraron nuestros abuelos no tiene precio. Pero, ¿y la mansión de Torrente 5 con incrustaciones gráficas de Chiquito de la Calzada y Sonia Monroy? ¿a qué clase de público estará dirigida? En cordial vecindad hallamos otra oda al dudoso gusto:La casa del Gran Prix. ¿Se acuerdan de aquel longevo programa de la televisión pública en la que pueblos competían entre sí delante de unas tontorrunas vaquillas? Pues aquí tienen la versión feriante; escaleras de goma, suelos resbalosos y pasillos intransitables. Todo acompañado con el sonsonete del programa, dibujos de Ramontxu con capa y señoritas de simpares protuberancias. Metros más allá, en el Mesón Brasil, los camareros, en lugar de despachar carnes a la brasa y pinchitos morunos tajaban melones y sandías con fruición. Por lo menos allí sí que había sombra. Y clientes, algunos, como Carlos y Elena, de Morón de la Frontera, convencidos de que «digan lo que digan los sevillanos en estos restaurantes de la calle del Infierno se come mejor y más cómodo», otros, como un puñado de franceses, quizás por la creencia de que, al menos aquí, no les iban a poner pegas para almorzar. Del Infierno al edén del Real –de acuerdo, reconoceremos que tal vez nos ha quedado un tanto excesiva la comparación– solo hay unos pocos pasos. «¡Vámonos que estamos muy agustito, que estamos en la gloria, que esto es Sevilla, la Feria, váaaaamonos que bien que se está!», insistía un veterano y rugiente vendedor de cañas mientras blandía una de ellas obteniendo un repetitivo soniquete con el que daban ganas de entrar en trance. Por lo menos hay que agradecerle al señor que luche comercialmente por no dejar perecer un clásico adminículo ferial que parece batirse en retirada. Bien vale un estiloso paraguas para proteger a la familia del poderío del calor. / Carlos Hernández Bien vale un estiloso paraguas para proteger a la familia del poderío del calor. / Carlos Hernández Por Costillares, dos letones que habían decidido celebrar sus bodas de plata en Sevilla, en la Feria, buscaban darle pleno sentido a las palabras del mercader de cañas. Ellos no sabían que era eso de «agustito, en la gloria...» pero no les debía sonar mal. Primero intentaron entrar en una caseta privada donde un tío una jartá de malaje les pidió en perfecto sevillano el pase como si el risueño matrimonio báltico, a fe que más perdido que Wally, tuviera aspecto de ser hermanos de la Macarena y veranear en Isla Antilla. Luego probaron en otra caseta y los socios por poco no les hacen la ola de la ilusión que les provocó internacionalizar su punto de encuentro. Y allí felices, encantados, que se quedaron con una jarra de rebujito y serios pensamientos de cambiar los copos de nieve letones por el sofocante gustirrinín que provoca el Real cuando uno está bien servido y mejor acompañado. «Dicen que la Feria de Sevilla es muy cerrada, pero eso es totalmente falso. Totalmente. Quien quiere entrar en una caseta no tiene más que pedirlo y, apostaría algo a que en un 80 por ciento no van a tener problemas para entrar», comentaba uno de los socios de la caseta privada orgullosa de cobijar al matrimonio extranjero. A otros no les hacen falta ni casetas; en Juan Belmonte un grupo de abuelos, solteros para más señas, de Cazalla de la Sierra, daban buena cuenta de fino La Guita y otras viandas en pleno albero. «No necesitamos ni a Juan y Medio ni a nadie, aquí estamos viéndonos y dejándonos ver, ojalá nos volvamos acompañaditos para el pueblo», decía Venancio, orgulloso con su nombre, de tantas resonancias rurales. Venancio, saboree bien tal conjunción de fonemas. 91 años, «seguramente 85 ferias en el cuerpo», y siempre teniendo que venir desde Cazalla. Es que esto es «una maravilla». El edén, decíamos.  

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