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De San Fernando a San Fermín

Los sevillanos también vivieron la semana más intensa de Pamplona. El bar Templete, el templo.

el 16 jul 2013 / 23:00 h.

La película Noche y Día de Tom Cruise llevó los encierros pamplonicas hasta la mismísima plaza de la Maestranza. En un guiso de difícil digestión las calles de la ciudad de Cádiz se transformaban –¡viva la magia del cine!– en la Estafeta y la Cuesta de Santo Domingo de la capital navarra para desembocar, a través de la Puerta del Príncipe, en un irreconocible Baratillo plagado de pañuelicos y camisas blancas. Ya saben que los toros no entienden de planos y tomas y algunos ejemplares acabaron escapados por la calle Circo y, casi casi, por todo el Arenal sevillano en aquel accidentado rodaje. toros-sevillaPero dejando atrás los experimentos de Hollywood nos centraremos en una cofradía laica hispalense, la de San Fermín, que ha ido ganando en adeptos con los años. Casi todo el que prueba, si el bolsillo se lo permite, quiere repetir. En cualquier caso, a Sevilla no le falta ni su propio chupinazo en la mañana del seis de julio, muy lejos de la plaza del Ayuntamiento de Pamplona. Los encargados de oficiar la ceremonia son los parroquianos del conocido bar Templete, sede de la peña sevillana del Osasuna que se convierte en un búnker navarro que se refresca a la sombra de la Cruz del Campo, en plena calle Luis Montoto. Allí se mezcla la cocina de uno y otro reino bien regada con rosado y pacharán. Y allí se enjuga la nostalgia de más de un navarrico que ha de quedarse pisando el asfalto derretido de Serva la Bari. A un millar de kilómetros de allí, y muy cerca de la plaza de toros, se abre un cuartelillo inverso. El bar Kabiya, en la cuesta de Labrit, es la sede oficial del personal hispalense que viaja a orillas del Arga. Y los peregrinos del santico tienen nombre y apellidos. Es el caso del profesor Juan Carlos Gil, docente universitario en la Facultad de Comunicación y director de la Cátedra Sánchez Mejías de la Hispalense, que ahora prepara un ambicioso programa para conmemorar el centenario de la alternativa de Juan Belmonte. Novillero en su juventud, ha reencontrado el culto y el contacto con el Dios toro en los encierros de Pamplona, que ha corrido durante cinco años consecutivos: “Es un momento fascinante e intenso; algunos minutos antes del comienzo de la carrera empiezas a sentir una mezcla de miedo y nervios”, explica el profesor. “Quieres quedarte allí y correr hasta la plaza pero a la vez te gustaría escapar mientras la sangre bombea fuerte al corazón”, rememora Juan Carlos afirmando que se trata de “la llamada de la naturaleza y del toro, un animal que venero”. Pero la fiesta de San Fermín trasciende del encierro, sin olvidar que el eje es el toro, siempre el toro. “Es la fiesta dionisíaca por antonomasia: la bebida, la comida y la diversión no tienen límite pero sobre todo no tienen reglas; todo depende de la voluntad de la gente”, remacha Gil. En esa misma línea, el fotógrafo Pedro Rodríguez de la Vega –que sólo ha estado una vez en San Fermín sin que le falte la nostalgia cada seis de julio– define esa semana como la “fiesta total”. Pero se trata, aclara Pedro, “de una globalidad que abarca a todos, a los niños y a los ancianos; al guiri mollatoso y al sanferminero sibarita de restaurante de lujo y alpargata inmaculada. La fiesta puede retomarse en cualquier momento, en cualquier lugar y a cualquier hora del día y todos tienen sitio en ella”, sentencia. El diestro Salvador Cortés es otro sevillano marcado por Pamplona, una plaza que le ha visto salir a hombros en tres ocasiones. “La primera vez que hice el paseíllo estaba impresionado, casi asustado por el ambiente y el bullicio. La capilla está bajo los tendidos de Sol y tenía la impresión de estar viviendo una película de guerra”, rememora el matador de Mairena del Aljarafe, que define el coso pamplonica como uno de los más justos del calendario taurino. “Si cortas las orejas, repites; yo he toreado seis años seguidos y estoy deseando volver”. Pero Salvador también conoce de sobra el ambiente callejero –“allí quieren y respetan mucho a los toreros”– y ha sentido ese pellizco especial que sienten los corredores del encierro: “Lo he corrido varias veces incluso en días en los que yo toreaba por la tarde. Sientes otro tipo de miedo. Hay veces que te preguntas dónde están los toros sin darte cuenta de que ya te han pasado”. Y hablando de toros hay que apuntar un último dato. La plaza de toros de Pamplona es hermana gemela de la efímera Monumental que alentó Joselito el Gallo en la actual avenida de Eduardo Dato de Sevilla. Aquella no sobrevivió al coloso de Gelves. Ésta, construida con los mismos planos, mantiene intacta la salud.

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