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De visita en el Palacio Arzobispal

el 15 sep 2009 / 01:46 h.

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Al Viernes de Dolores le faltaba un paso por las calles del Centro. La incorporación del Carmen al Miércoles Santo dejó huérfana el año pasado la jornada. Ni bajada del Valle ni besamanos ni visitas a los templos. Los sevillanos se habían acostumbrado a disfrutar del discurrir de un cortejo penitencial.

Ayer pudieron resarcirse con el viacrucis del Cristo de la Corona de la Parroquia del Sagrario de la Catedral, que, para sus hermanos, supo a estación de penitencia con destino a otra catedral: el vecino Palacio Arzobispal.

A la Puerta del Perdón fueron cientos de personas a saciar su sed de cofradías. La gente llegaba hasta la Avenida. Apostada sobre la valla que delimitaba las gradas catedralicias, María trataba de explicarle a su hijo de siete años por qué se llamaba el Cristo de la Corona cuando la imagen, como el pequeño se había percatado, no la lleva sobre la cabeza: "Normalmente la lleva sobre la peana", replicaba mientras discurría ante sus ojos un elegante cortejo de 300 hermanos con trajes oscuros y cirios morados. Unos reducidos tramos acortaron la espera para alivio del sufrido público. "¡Ojalá todas desfilaran así!", murmuraban los asistentes.

A los sones del trío de capilla y los motetes de un coro, el Nazareno fue abrazando la Catedral hasta llegar a los pies de la Giralda. En su delantera, dos estandartes: el de la hermandad y el de la corporación homónima de Plasencia (Cáceres), que había cedido los faroles. Minutos antes de las nueve de la noche, el Cristo de la Corona entraba en el Palacio.

Desde una escalera, el teniente de hermano mayor, Manuel Monterroso, le ayudaba, subido a una escalera, a esquivar el farol del portón. Dentro aguarda el cardenal empuñando la vara dorada de la corporación, en compañía del delegado de hermandades y cofradías, Manuel Soria Campos.

"Quinta estación: Jesús es ayudado por el cirineo", alzaba su voz el párroco del Sagrario. Al finalizar el rezo, el cardenal se dirigió a los hermanos: "Es la primera vez que el viacrucis entra en el centro de esta casa donde se trata de servir a todos. Vuestra hermandad es una señal del deseo de servir a todas las hermandades y cofradías.

Ofrezcamos esta estación por los que no pueden llegar aquí". Su visita tuvo recompensa. El cardenal le regaló la medalla conmemorativa de sus 25 años de Arzobispado. Un gesto que agradeció el hermano mayor: "La guardaremos con mucho cariño". El cardenal los despidió en la calle, mientras sonaba una oportuna saeta con el Padrenuestro. Buen estreno el que tuvo el Cristo de la Corona en la jornada del Viernes de Dolores.

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