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Decibelios contra metáforas

En la Feria quedan ya pocas casetas en las que se haga un corro, se cante a viva voz al son de cañas y sonajas, bailen únicamente dos y, de vez en cuando, alguien en mitad del verso, robe la pareja.

el 16 sep 2009 / 02:07 h.

En la Feria quedan ya pocas casetas en las que se haga un corro, se cante a viva voz al son de cañas y sonajas, bailen únicamente dos y, de vez en cuando, alguien en mitad del verso, robe la pareja. En ellas sucesivas generaciones han ido pasando viejas coplas a las siguientes en un raro fenómeno de transmisión oral que transporta a la escena narrada por Julián de Zugasti en El Bandolerismo, en los años en que Antonio Machado Núñez, el abuelo de Manuel y Antonio, era gobernador civil de Sevilla.

Los cantores son como los refugiados de Fahrenheit 451: uno canta la de a Betsabé en el baño la vio el rey David, otro recita las gestas del barrio de Villalatas en hepta y pentasílabos u otra las del Espartero; las metáforas bíblicas se encadenan a las de corrales para concentrarse en estribillos de los que estaban ya -hablamos del siglo XVIII- en la antología de Don Preciso. Misión casi imposible cuando a algunas de estas excepciones les toca compartir pared con grandes casetas funcionariales o empresariales donde imperan los decibelios de un chimpampún ensordecedor.

Por qué se dan anualmente premios a las casetas mejor adornadas y no los hay para las que conservan las tradiciones con fiestas participativas y haciendo del Real un recinto amable y sin contaminación acústica? Nadie lo sabe. Pero las razones del Gobierno municipal para no aplicar la normativa en lo que a volumen de la música se refiere alcanzan la altura del misterio de la Santísima Trinidad. La oposición, tan amante de recorrer calles quitando cera o barriendo, tampoco pasa por allí. Parece como si, en vez de premiar las tradiciones, buscaran matarlas. A traición.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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