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Deconstrúyete esa mandarina

El mejor restaurante del mundo no da dinero, dicho por un catalán. En algún sitio ha confesado Ferran Adrià Acosta que él de lo que vive no es de El Bulli, sino de las conferencias, los libros y todo eso.

el 16 sep 2009 / 02:09 h.

El mejor restaurante del mundo no da dinero, dicho por un catalán. En algún sitio ha confesado Ferran Adrià Acosta que él de lo que vive no es de El Bulli, sino de las conferencias, los libros y todo eso. Como también se le ha leído por ahí algo así como que, el día en que le toque una primitiva de las buenas o pelotazo similar, va a deconstruir tortillas de papas para ganarse la vida la señora madre del obispo de Mondoñedo, a quien Dios guarde muchos años. Adrià es un hombre tan campechano que diríase Borbón, pero desengáñese el lector porque hasta aquí llega el parentesco que mantiene con el común de los españoles este icono de la vanguardia con mandil, inventor de la gastronomaquia y natural de Hospitalet de Llobregat (Barcelona), que acaba de ser proclamado mejor cocinero del mundo por cuarto año consecutivo.

La diferencia (imperdonable, para algunos de sus críticos) de Ferran (se le va a uno el dedo para la tilde, caray) Adrià con el resto de los mortales le viene ya marcada desde la cuna por las señales del cielo, como a Abenámar, moro de la morería de quien por cierto no se ha vuelto a saber nada desde sexto de EGB. No así con Adrià, cuyo destino, carácter y protagonismo eterno aparecen predichos en su carta astral, un documento sorprendentemente fidedigno a lo que la vida está haciendo de él.

¿Acaso sospecharía, cuando en la mili cocinaba para el capitán general, que el Sol en trígono ascendente le había impreso un irrefrenable afán de reconocimiento y amplia imaginación para conseguirlo? ¿Se figuraba, al dejar los estudios sin que le cuajase la vocación por Empresariales, que el Sol en la Cuarta Casa lo disponía a los quehaceres domésticos y que la Luna en oposición a Júpiter le ordenaba usar las nuevas tecnologías para mejorar su talento hasta el extremo de dejar al mundo, como herencia, sus hallazgos? ¿Sabrían don Ginés y doña Josefa, sus padres, viéndolo sin rumbo y fregando platos con 18 años en un hotelito de Casteldefells, que Mercurio en conjunción con Venus le susurraba que abriese un restaurante y se pusiera a experimentar? ¿Se podría imaginar su hermano Albert, mientras compartía con él una merienda de pan con tomate en un poyete cualquiera de su barrio de Santa Eulalia, que Marte le había regalado la genialidad del inventor y el dominio de toda suerte de ingenios tecnológicos? Ríanse los descreídos de la predestinación, si quieren, pero sepan que en ese mismo e insulso barrio de Santa Eulalia, el (escriba aquí un adjetivo) José Corbacho creció y rodó su primera película, titulada... Tapas. ¿Casualidad? Algo se cuece allí, eso está claro.

Si se mete en Google y escribe las palabras Ferrán Adrià y alquimista, le saldrán 3.520 resultados. Que no se entere la SGAE. Los que se dicen entendidos en materia gastronómica, y hasta quienes lo son, alaban o se burlan indistintamente de este catalán atribuyéndole el espíritu de Nicolás Flamel, del que se barrunta que llegó a descubrir la piedra filosofal, la tintura de oro y otras sustancias prodigiosas. En realidad, en el trabajo de Adrià con sus emulsionantes, sus descomposiciones, sus gelificantes y sus nitrógenos líquidos no hay ocultismo alguno ni desde luego misticismo, sino la obediencia a un mandamiento inexcusable para él, por más que inadmisible para casi todo el mundo: No copiarás. Experimentar sólo es cumplirlo.

¿Que eso no le gusta a Santi Santamaría? Pues está visto que no. A las recientes críticas de este otro cocinero, ferviente defensor de lo tradicional en la cocina y enemigo de servirse del quimicefa para hacer más blandita la carne o lo que sea, Adrià apenas ha dicho nada. Algo así como que con su pan se lo coma. O incluso ni eso, porque el de El Bulli también adora la gastronomía tradicional. Le duele la boca de decirlo (ojalá sea de eso). No es practicante, no, pero creer, cree. Los platos los llena poco, eso sí. Lo salva el que eso se llame minimalismo, que si no... El caso es que para comer allí, donde sólo abren seis meses y hay un solo turno de comidas al día, hay que esperar un par de añitos y reservarse el equivalente a lo que cuestan unos zapatos medio qué, un vestidito mono y un bolso de marca a juego. Eso es lo que no entiende Ferrán, con acento en la a: que luego digan que su comida es cara, y no el pantaloncito del escaparate. Además, en su restaurante comprobará el humor, la humildad y la sencillez del chef, salvo que se le olvide en casa la cartera. Si se diere ese caso, diga que su desmemoria se explica desde la doctrina kantiana del esquematismo, fuente de la que bebe la deconstrucción. Si cuela, consulte su carta astral. Lo mismo está escrito en ella que algún día, The New York Times le dedicará también un suplemento de 18 páginas.

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