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Del calor al frío de Rusia

Adiós a un mes de vacaciones. El primer contingente de los casi 750 niños bielorrusos acogidos por familias sevillanas pone hoy rumbo a casa. El retorno se hará escalonado hasta el martes. Sasha, de 14 años, y Angelina son dos de las pequeñas que han disfrutado del sol y la buena comida.

el 15 sep 2009 / 09:05 h.

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Adiós a un mes de vacaciones. El primer contingente de los casi 750 niños bielorrusos acogidos por familias sevillanas pone hoy rumbo a casa. El retorno se hará escalonado hasta el martes. Sasha, de 14 años, y Angelina son dos de las pequeñas que han disfrutado del sol y la buena comida.

Angelina es, además, la niña más pequeña de los 738 chiquillos que han venido desde Bielorrusia a pasar una temporada a Sevilla gracias a la octava edición del programa de acogida que organiza la Confederación de Hermandades San Cirilo. Acaba de cumplir siete años, la edad mínima con la que el Gobierno de su país le permite viajar de este modo, por lo que viene por primera vez en el grupo de la cofradía del Dulce Nombre.

A diferencia de la mayoría de sus compañeros, casi todos rubios, Angelina es castaña y tiene los ojos color miel. Según ha descubierto por el apellido de la pequeña su padre de acogida, Aniceto, porque tiene orígenes rusos: probablemente sus antepasados pertenecieran a la alta nobleza, una remota prosperidad muy diferente de la realidad actual de su familia.

Sus padres cuentan con pocos recursos, apenas pueden autoabastecerse cultivando una parcelita cerca de Minsk. A pesar del frecuente deseo de la niña de comunicarse con ellos, mermado con el progreso de los días, tan sólo hace lo propio dos veces por semana para facilitar su integración en su hogar temporal.

Cuando Angelina aterrizó en Sevilla el pasado 21 de junio con su escueta maleta, el miedo y la desconfianza en su nueva familia se convirtieron en sus peores aliados. No obstante, se integró en ella rápidamente, pero más aún si cabe en el patio de la comunidad de vecinos, donde curiosamente comparte juegos y baños en la piscina con otros dos pequeños compatriotas suyos, Alena y Sasha, que han venido también con el programa de acogida.

Poco a poco, Angelina se va acostumbrando a los hábitos de los españoles. Aunque le tiene mucho respeto a la ducha, apenas se queja: come de todo y le gusta jugar con las muñecas, como a cualquier niña de su edad, pero sobre todo le encanta conectarse a internet con la hija menor de Aniceto, con la que ha hecho muy buenas migas. Su hermana mayor, de 25 años, padeció leucemia cuando era una benjamina, salvando su vida de milagro, razón por la que, concienciado con la caus'a, el matrimonio que conforman Aniceto y Dolores decidiera dar el paso de adoptar por unos días a Angelina.

Diferente es la historia de Sasha y Sergio, un joven madrileño de 24 años, este último, hermano de la Macarena que, recién superados los veinte, no se pensó dos veces asumir la responsabilidad de acoger a un niño bielorruso en la primera edición del programa en su cofradía. Recuerda la llegada del contingente a la Basílica como si fuera hoy: cuando le adjudicaron a un Sasha que por entonces apenas superaba la década de vida, el pequeño trataba de ocultar sus lágrimas tras un periódico que emulaba leer mientras se las secaba con un pañuelo que le acompañó durante sus dos primeros días en Sevilla y que rápidamente abandonó. "Fue darle un balón y salir con él de paseo y nos entendimos a la perfección", recuerda Sergio.

cambios. Sasha ya no es el crío asustado que le cambió la forma de ver la vida a Sergio. A sus catorce años, y a pesar de las travesuras propias de su edad (como simular que no entiende nada de lo que le dicen), es un chico muy inteligente, capaz de calcular hasta la altura y las dimensiones del avión en el que vino o expresarse a la perfección en español. Apasionado del deporte e incluso aficionado a los toros, Sasha es el centro de atención allá adonde va: en una ocasión se metió bajo las trabajaderas del paso de la Virgen del Carmen de San Leandro que su padrino Sergio portaba como costalero.

Y es que este niño bielorruso percibe sus viajes a España como un premio impagable, y Sergio a él "como un hermano: es una sensación súper gratificante".

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