Cultura

Del Partenón a La Barqueta

En el flamenco, y suponemos que ocurre lo mismo en otros géneros musicales, está siempre presente el aburrido debate de lo clásico y de lo moderno, de lo tradicional y de lo nuevo. En la música lo único que envejecen son los músicos y las partituras; la música renace en cada interpretación.

el 15 sep 2009 / 16:03 h.

En el flamenco, y suponemos que ocurre lo mismo en otros géneros musicales, está siempre presente el aburrido debate de lo clásico y de lo moderno, de lo tradicional y de lo nuevo. En la música lo único que envejecen son los músicos y las partituras; la música renace en cada interpretación. La soleá de la Andonda amarillea de vieja, pero renace cada vez que una voz profunda la saca de las catacumbas. Creo que esta reflexión a la ligera le viene que ni pintada al joven pianista sevillano, que nos anunció un estreno en toda regla y, en verdad, Enclave tiene cosas nuevas interesantes desde el punto de vista de la composición. Pero lo que ocurre con el hijo de Pepa y Ricardo, es que hasta cuando toca algo nuevo dan ganas de cantarle por Caracol o por el trianero Emilio Abadía. El que es flamenco y ama el legado de los maestros, componga lo que componga, es flamenco. La pura composición no es lo más importante en este músico, sino cómo crea o recrea sin irse para Ubrique, por utilizar una expresión muy de esta tierra. O sea, sin irse para Nueva Orleans o Misisipi. A él le gusta Triana. Por eso en su soleá de anoche metió una música del Zurraque y en los tangos imaginé que salía a bailar Pepa la Calzona. Y en las seguiriyas, acabadas a ritmo y de una manera increíble, daban ganas de pedirle la voz prestada a Caracol, que ya no le hace falta, por desgracia. Eso es para mí lo más importante de todo lo que hace Pedro Ricardo Miño; de lo que hizo anoche, que fue prodigioso, y de lo que viene haciendo desde hace años este músico modélico que fue capaz de transportarnos con su música al Partenón -no lo digo sólo por el decorado- para empaparnos con la vieja niebla de la cultura musical dórica, y acabar pescando barbos con Tomás Pavón en La Barqueta. Eso es para mí ser flamenco y este chaval nos ofreció anoche un concierto antológico, con piezas nuevas, otras arregladas musicalmente -como es el tema Ímpetu, del gran guitarrista alicantino Mario Escudero- y otras de una gran elaboración musical como fue la bulería. Cuando salió Estrella Morente a recordar musicalmente a Manuel Torre, a su padre y a San Juan de la Cruz, estaba tan borracho de notas, acordes, ritmos y compases, que lo de la singular cantaora apenas me traspasó la piel. Fue su detalle con Pedro Ricardo, esas pinceladas morentistas suyas tan lindas. Y cuando ya parecía que íbamos a darle un alivio a la parte más blandita y sexi del cuerpo, el pianista anuncia una especie de bulería y al genial violinista Alexis Lefevre se le ocurre emular a Vallejo o a Marchena o a Pastora. O sea, la guinda a un concierto estupendo donde lo nuevo nos supo a viejo y lo viejo a gloria bendita. Flamenquísimo espectáculo que vino a demostrarnos que en música sólo amarillean las partituras.

  • 1