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Del pasmo de los adultos al candor infantil

Algunos mayores parecían no haber visto nunca el desfile, otros hacían oposiciones a críticos. El público menudo, simplemente, gozaba

el 05 ene 2013 / 22:37 h.

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Apostados en una parada de Tussam de la Plaza del Duque (de la Victoria), Javier y Jacinto -que entre los dos hablaban de tú al centenario- parecían como recién salidos de una tienda nómada de la estepa de Mongolia:"¡Mira beduinos!, ¡la Estrella de la Ilusión! ¡ese debe ser el Gran Visir! Tira foto, tira foto...", decían mientras los caramelos los peinaban. A los dulces ni caso, de esos ya daban cuenta por ellos Sofi y Glori, dos hermanas que no es que fueran las fanes irredentas de las gemelas Pili y Mili, si no que, como sus padres explicaban, habían decidido comerse las "aes" de sus nombres. Lo mismo los Reyes les traen hoy un par para arreglar el infantil desaguisado léxico.

 

Por lo bajini, una anciana abuela criticaba a los "papás rezongones que llegan tarde y no cogen las primeras filas", sencillamente porque "tan atrás no pillan caramelos las criaturitas", decía en alusión no a los Gremlins, sino a los niños. Su marido, con las manos en los bolsillos y sin nietos a la vista, no parecía imbuido por el espíritu de la Navidad:"Vaya tela la que está dando el moreno con el cigarro (...) ahora ese se enciende otro, echan más humo que una chimenea". Ante semejante inmersión en el universo Cabalgata la prudencia dictaba poner algo de tierra de por medio.

En La Campana al respetable masculino le faltó hacer la ola cada vez que la arábiga y protuberante protagonista de la carroza Las mil y una noches se agachaba a por caramelos, y la guasa se animaba y se contagiaba con el paso del coche de Fernando Alonso, o algo así. Porque esa especie de vehículo de carreras de rubicundas curvas parecía cincelado por el mismísimo Dalí:"Pues no que parece el coche un cucurucho derretido", apuntó uno; "o un Frigopie en agosto", sentenciaba un imperterrito señor. Con tanto debate y afecto por los detalles malévolos, unos y otros, se quedaron bien quedados sin una sola chuchería. "Están tirando castañas", aseguró un adolescente provocando la inmediata mirada a las alturas para ver si el gracejo tenía autenticidad. Castañas no, pero sí paquetes de gusanitos, palotes y bolas de goma.

Para andar cortos de todo nunca se había visto tan variopinto despliegue en presentes. Por tirar, tiraron hasta el repertorio de varias decenas de bolsas de cotillón. A alguien se le ocurriría y, bien pensado, también se puede amortizar aquí el repertorio de matasuegras y confeti.

¿Y los niños? Los más pequeños miraban con su habitual reojo cargado de susto e ilusión a partes iguales. Como Candela, de dos años, que en brazos de su abuela prefirió recular unas filitas para verlas venir. A Marquitos, con tres años, las trompetas y los tambores le hacían trastabillar de ocasión:"A ver si llega ya el paso", le decía a su madre y a sus tías mientras esperaba pacientemente en la Ronda de Capuchinos.

A Juan, de tres años, le entusiasmó la carroza de Alonso, porque a él el rojo de Ferrari le recordaba a Rayo McQueen de Cars, como el que había pedido en su carta, y al paso del Ratoncito Pérez gritaba "¡Mickey Mouse!", y sus padres no le quitaban la razón, aunque así, camuflado de roedor español, el Ateneo no paga peaje a la Disney. Otros progenitores no tenían las cosas claras. "Mira ahí viene el Rey León", explicaba una madre a sus hijos al paso de la carroza de Narnia, aunque su amiga la corregía rápidamente: "No, es la de Las crónicas de Narnia, a ver si repasamos el año que viene un poquito más antes de venir", le reprochó. Que no, ni Dora la Exploradora, ni Doraemon, ni nada que huela a derechos de imagen. Los pequeños parecieron no coscarse. Mejor, así por un rato nadie invocó a la reina de las tinieblas, la crisis.

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