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Del pueblo, y a mucha honra

el 02 ene 2010 / 21:07 h.

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Los que le conocen bien se lo dicen de vez en cuando, que lleva muchos años en Sevilla "pero el betún del pueblo no se le ha caído". Y ni quiere, porque Fernando Rodríguez Villalobos lo que lleva con más orgullo es que es de pueblo, de La Roda de Andalucía para más señas. De hecho, eso es lo que más le gusta de ser presidente de la Diputación: uno de pueblo al frente de los pueblos. Eso hace que el día a día lo viva con una dedicación rayana en el entusiasmo, y por eso el ritmo de trabajo que exige no es fácil. "Con él no hay ni hora de entrada ni de salida, no nos deja ni respirar", cuentan, ajustándose así al retrato que lo presenta como muy trabajador, responsable "y al 100% con los ayuntamientos", lo que de un tiempo a esta parte se ha dado en llamar municipalismo.

Pero, ¿cómo es Fernando Rodríguez Villalobos? "Muy exigente", apunta uno. Eso más o menos ya lo habíamos dicho, ¿algo más? "Muy serio, y muy tímido." ¿Tímido? Pero si cada cinco minutos está haciéndose una foto con alguien. "Pues no veas lo que le cuesta, muchas veces hay que empujarle porque lo que le gustaría es pasar desapercibido", algo más acorde con su forma de ser: sencillo, austero, incluso espartano en hábitos como el comer. ¿Y el menú? Lo que más, el pescaíto en blanco, pero también el caldito, las ensaladas y el aceite para las tostadas. Y que no falte el tomate.Como buen vecino de la Sierra Sur, le gustan las playas de Málaga, más desde que el hijo se fue a vivir por allí. A la niña la tiene ahora en Bruselas con una beca Erasmus, así que los dos están más lejos de lo que le gustaría. Eso no lo lleva muy bien, pero por otras pasiones no pierde el sueño: es bético de los relajados.

"Enseñante" de profesión, se metió en política en 1983 y fue alcalde una década. Le gusta recordar cómo cambió La Roda y sus batallitas correspondientes, como cuando puso en el cementerio aquel proyecto piloto de alumbrado solar que sólo funcionó bien un rato. De la Diputación se conoce hasta las cañerías. "Es muy mijita, está demasiado encima de las cosas. Dicen que el rey no baja a las cocinas, pero él se lleva todo el día en ellas", dice un colaborador. "Y repasa hasta los estropajos", apostilla otro. Es transparente, con un carácter fuerte pese a su timidez. "Tiene sus prontos, pero no es rencoroso".
También es hablador, y mucho. En las ruedas de prensa a veces se anima y acaba metiéndose en berenjenales que le han costado sus sofocones. Porque es de expresiones populares ("demasiado populares", subraya alguno) y acaba liándola como cuando dijo que el alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín, se creía el Monstruo de las Galletas, una definición que por entonces utilizaba con todo el mundo, incluso consigo mismo. Y es que cuando coge una coletilla no la suelta ("y mira que le reñimos"), aunque tiene sus frases de cabecera, como esa de poner el barro antes de que pique el tabarro o la de "este pan parece queso y este queso parece pan", que ya hasta el PP usó contra él en el Pleno de los presupuestos.

Dice que un alcalde "es un misionero al servicio de su pueblo", que es el trabajo "más bonito y lo que más te engrandece como persona", pero que él lo dejó porque pensó que podía hacer otras cosas. De su actual puesto, en el que se ve con cuerda para rato, lo que más le emocionó fue lo contentos que estaban sus padres cuando lo nombraron. Lo ve como una plataforma para reclamar una y otra vez esas leyes que ayuden a los ayuntamientos a saber cuáles son sus competencias y a asomar la cabeza entre tanta asfixia. Y, mientras, apela a la trinidad del turismo, las energías renovables y la agroindustria para cambiarle la cara a los municipios de Sevilla. Porque hay una buena diferencia entre ser de pueblo y ser cateto, y eso lo aprendió hace mucho tiempo en La Roda.

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