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Del Sáhara al corazón sin vuelta atrás

El periodista César Rufino publica ‘54 tés en la casa de Jaiduma’, un libro de viajes solidario sobre los campamentos saharui

el 06 jun 2011 / 18:58 h.

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"Más arena, más miseria. El campamento de refugiados es mucho peor de lo que esperábamos; no contiene ni una gota de romanticismo (...) Este no es en modo alguno un lugar para vivir. Es un espanto". El viaje iniciático y vital que emprendió el periodista de El Correo de Andalucía, César Rufino , como respuesta a una promesa realizada a Hassina, su niña saharaui de acogida, centra el relato que atraviesa de la primera a la última página 54 tés en la casa de Jaiduma (Guadalturia), un adictivo y solidario (todos los beneficios van destinados al Sáhara) libro de viajes, un cuaderno de apuntes también, puede que incluso una confesión directa y sin tapujos, sin grandes bondades ni verdades amables, sobre la brutal realidad que atraviesan día a día quienes tienen el infortunio de vivir en los territorios ocupados.

Las páginas del libro parecen emanar el sudor de los protagonistas y la arena del desierto termina por acabar escociendo al lector que, tenga una mayor o menor implicación en el asunto, acaba atrapado en esta telaraña de emociones, paisajes, burocracia y resistencia ante las adversidades. Rufino quiere poner en juicio de todos una "mirada diferente", y con tal propósito, no se arredra y erige a los lectores en voyeurs de las fatigas y sentimientos más íntimos que atraviesan él y los suyos.

"Que una familia que no conozco de nada y de otra cultura deje a su hija pequeña viajar 3.000 kilómetros cada verano para estar con nosotros es algo que no puedo valorar lo suficientemente. Nos permiten la custodia de un tesoro impagable", afirma quien reconoce que, hace unos años, nunca se hubiera imaginado capaz de dar un paso que, de una forma u otra, iba a acabar por transformar su vida. "El primer año es muy doloroso, esto es como un parto emocional en el que la relación entre ella y nosotros, los padres de acogida, se va tejiendo poco a poco hasta que, a los cuatro años, te das cuenta de que no puedes vivir sin esa niña", asevera.

Y en medio de esa vorágine y con los roles plenamente asumidos entre todas las partes, Hassina, el personaje central de todo esto, le arrancó al periodista la palabra de ir a visitarla a su ¿país? "Desde el instante en que le dijimos que sí, mi mujer y yo supimos que la satisfacción de ese deseo infantil habría de cambiar nuestro universo", asegura el autor de Títeres sin cabeza. El periodista no se camufla de aventurero curtido en mil batallas, tampoco se las da de Dr. Livingstone. Antes al contrario emprende el viaje con todos los apriorismos que pueden caber en una maleta y, de paso, con varias decenas de ungüentos para plantar cara a lo que todos, desde este lado del mundo, intuimos como una razonable sucursal del infierno en la tierra.

Luego, cuaderno en mano, el autor va matizando cada sorpresa que le depara un lugar huérfano de poesía pero donde cada pequeño gesto se valora con el mayor de los agrados. Rufino conoce a los hermanos de Hassina, a sus padres, Suleiman y Jaiduma, a los padres de estos y a los vecinos de cuatro o cinco casas más hacia allá. También establece un vínculo especial, casi físico e imborrable, con el incesante balido de las cabras, única banda sonora de Smara, el poblado al que fueron a parar.

Por el camino quedaron los poco amigables insectos del baño, los estratosféricos abrazos de Salem, hermano de Hassina, el descubrimiento de que saltar hasta hartarse es el juguete más valioso que allá tienen los niños, saber que regalar un kilo de fruta te convierte poco menos que en un enviado del cielo, pasear por unos mercados donde cualquier cosa puede ser adquirida, viajar en un polvoriento Mercedes matrícula de Albacete entre un poblado y otro y, por encima de todas las cosas, la convivencia diaria, esa que logra derribar muros y que, mutatis mutandi, convierte la despedida en un trámite que corta la respiración.

"El vínculo que se establece entre las familias dura toda la vida", confirma César Rufino, casi tan baqueteado y con el corazón tan exprimido como el lector al final del viaje, cuando, al llegar a casa toda la pomposidad que adorna nuestras hornacinas se revela inútil y hasta insultante. Queda para el final, casi como un epílogo entreverado, la muy perseguida receta del té saharaui, la gran delicia que marca la cotidianidad, los tiempos, el humor y todo lo habido y por haber entre estos sufridos moradores de un trozo del desierto al que, un día, fueron desterrados.

Sin pretensión alguna propagandística, el periodista deja no obstante una doble reflexión. De un lado, "son muchos los niños que se quedan sin vacaciones porque no hay suficientes familias de este lado que los traigan", de otro, "la inmensa mayoría de quienes se involucran con esta causa son gente de clase media, con dificultades, modesta". En fin, una última constatación: gran parte del mundo continúa de espaldas a esta trágica y abrasadora realidad.

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