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Del Vacie a la Universidad

Juana se crió en El Vacie y la primera escuela que ha pisado es la de adultos. Pero con su trabajo y el de su esposo ha levantado una familia que vive en un piso, en San Jerónimo, y hasta tiene a un universitario en casa. "Soy más gitana que nadie, pero también nosotros queremos vivir dignamente".

el 15 sep 2009 / 17:24 h.

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Juana se crió en El Vacie y la primera escuela que ha pisado es la de adultos. Pero con su trabajo y el de su esposo ha levantado una familia que vive en un piso, en San Jerónimo, y hasta tiene a un universitario en casa. "Soy más gitana que nadie, pero también nosotros queremos vivir dignamente", resume.

Nació en Málaga hace casi 37 años. Hija de gitanos valencianos, vendedores ambulantes, Juana Mendoza recaló en Sevilla buscando a parte de su familia, residente en el núcleo chabolista de El Vacie. Y aquí se quedó. Cuenta que su infancia estuvo huérfana de libros, de lápices, de agua potable, de luz. Su única alegría era la música, en las voces de las gitanas "viejas y sabias". A los 17 años, "tarde para lo que se estilaba", dio a luz a un varón, al que llamó Miguel, como su padre, un "gitano guapo diferente". ¿Por qué diferente? "Porque veía el futuro", contesta Juana. Ni echaba las cartas ni leía las estrellas. Juana veía el futuro porque tenía claro que "del Vacie había que salir" y que sus hijos "no pasarían las mismas fatigas". La solución estaba en pelear y trabajar. Y eso hicieron.

"Mi marido empezó de camionero, con portes pequeños de chatarra. Yo, al principio, me quedaba en la chabola. Cuando mi niño tuvo dos años, ya teníamos suficiente para alquilar un piso pero ¿y ahora quién nos lo iba a alquilar?", relata con su voz ronca, rotunda.

Ahí estaba el problema, que nadie se fiaba de ellos. Un casero les pidió el doble de fianza que a un payo, otro les dijo que no quería que le llenaran la casa de niños, un tercero directamente dijo que no se fiaba de los gitanos.

Tras casi un año de búsqueda, recuerda, lograron un minipiso en El Tardón, "un palacio con balcón y todo". Dice Juana que Triana les dio suerte. "Encontramos a una gente encantadora y, además, allí me dieron trabajo por primera vez", recuerda. Fue de canguro de los niños de una vecina. Así empezó, poco a poco, a ganarse la confianza de otras madres. Hoy día, se gana la vida como limpiadora en una empresa de servicios.

Confiesa que lo pasaron "muy mal" cuando su hijo mayor se negó a terminar el instituto "por la mala influencia de sus primillos". "Todos los gitanos no somos iguales, pero todavía quedan algunos que prefieren hacer una chapucilla a estudiar. Mi hijo quería dinero rápido", afirma.

Sin embargo, Miguel hijo tuvo la suerte de conocer un día a un monitor de Cáritas que trabajaba con chavales gitanos en San Jerónimo, su nuevo barrio. Ese hombre, para el que Juana pide "un monumento", le metió en el cuerpo la curiosidad por saber y le hizo ver que estaba desperdiciando el esfuerzo de mejora de sus padres. El chaval captó el mensaje a la perfección y hoy estudia Trabajo Social en la Universidad Pablo de Olavide y trabaja con gitanos sin estudios de Palmete-Padre Pío.

Y lo mejor: ha abierto brecha para sus hermanos. Uno quiere ser policía y el otro, médico. Todos sacan buenas notas, se relacionan con gentes de todo tipo, tienen un techo digno que les guarda y muchas ganas de avanzar. Juana da la clave: "Los gitanos y los payos somos iguales. La dignidad y la limpieza nos gusta a todos".

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