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Democracia, ideologías y estrategias

No cabe ninguna duda de que la democracia se ha consolidado en nuestro país, que hemos alcanzado una gran madurez en lo que concierne a este extremo. Tanto que el aniversario del 20 N lo podemos afrontar con la satisfacción de haber superado con sobresaliente la "la maldición histórica" que nos situaba entre los pueblos imposibles de vivir en democracia.

el 14 sep 2009 / 20:17 h.

No cabe ninguna duda de que la democracia se ha consolidado en nuestro país, que hemos alcanzado una gran madurez en lo que concierne a este extremo. Tanto que el aniversario del 20 N lo podemos afrontar con la satisfacción de haber superado con sobresaliente la "la maldición histórica" que nos situaba entre los pueblos imposibles de vivir en democracia. Ello se debe a muchos factores, entre los que está, sin duda, la contribución de mujeres y hombres anónimos que con sus comportamientos han hecho posible una transición que podemos calificar de modélica. Sin embargo, estas consideraciones no deben servir para creer que todo está hecho y que el futuro ya está escrito, por lo que poco importa lo que hagamos en el presente.

La democracia es una construcción y no un régimen que cae del cielo a los pueblos tocados por una mano bendita, que les redime de sus pecados y los coloca en estado de gracia permanente. No hay pueblos malditos ni sociedades superiores, hay procesos históricos en los que elementos de muy diversa índole conforman una relación de fuerzas de la que sale un modelo u otro de convivencia, de tal manera que desde el presente construimos nuestro futuro, y ello implica que lo que ahora hagamos nos repercutirá más tarde. No es indiferente pues la actitud que tengamos frente a determinadas ideologías que se defienden o estrategias que se están imponiendo.

Me refiero más en concreto a los grupos de ultraderecha o de ideología neonazi que en estos días están adquiriendo un excesivo protagonismo, con resultados tan reprobables como la muerte de un joven en Madrid, los continuos ataques a los que consideran diferentes o la exaltación de la violencia como forma de actuar. Más allá de lo irracional que es defender una pureza racial y cultural por los que son el resultado de una mixtura permanente de pueblos muy distintos, esta ideología nos enfrenta al difícil dilema de reconocer la libertad de asociación y manifestación, derechos indispensables para la democracia, a los que defienden justamente lo contrario. Al efecto debemos tener en cuenta que la ideología que sustenta a estos grupos representa el mayor ataque que se le puede hacer a la democracia, pues vulnera los derechos humanos que son el soporte último de aquélla, que la justifican y le dan sentido. No estamos pues ante una simple opción sobre la organización política o sobre la integridad territorial del Estado, respecto de las cuales se pueden mantener posiciones divergentes de la Constitución, nos enfrentamos a posiciones políticas que suponen un ataque directo a la democracia, una ideología que en sí misma implica violencia, pues pretende arrebatar la dignidad humana de aquéllos a los que les niega sus derechos.

Y muy graves son también las estrategias que se diseñan por los que afirmándose como demócratas pretenden manipular las instituciones que son pilares de la democracia, como el Tribunal Constitucional o el Consejo General del Poder Judicial, pues de nada nos sirve un texto que nos reconozca nuestros derechos si los que tienen que defenderlos se han desmoronado por la lucha política partidista. Estamos pues ante algo más que la simple disensión política o el juego democrático, nos enfrentamos a retos de cuya solución depende en gran medida nuestro futuro como democracia.

Rosario Valpuesta es catedrática de Derecho Civil de la Pablo de Olavide

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