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Derecho a una muerte digna

El caso de Chantal Sébire, la maestra francesa de 52 años aquejada de un tumor poco común e inoperable que le desfiguraba el rostro y le producía atroces dolores, ha reabierto el debate sobre la eutanasia.

el 15 sep 2009 / 02:03 h.

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El caso de Chantal Sébire, la maestra francesa de 52 años aquejada de un tumor poco común e inoperable que le desfiguraba el rostro y le producía atroces dolores, ha reabierto el debate sobre la eutanasia. Y no sólo en Francia, donde la mujer murió anteayer en su casa después de que la Justicia le denegara la administración de una inyección letal que pusiera fin a su sufrimiento, sino en toda Europa, donde sólo Bélgica y Holanda disponen de una legislación que permite la eutanasia activa bajo circunstancias muy específicas. La alternativa para Sébire, que sí contempla la ley francesa de eutanasia pasiva, habría sido un coma inducido y la muerte por inanición en un plazo de unos quince días, una agonía larga y un sufrimiento que rechazó Chantal por ella y por su familia. La muerte de la enferma en circunstancias aún por esclarecer, pues fue su hija mayor quien halló el cuerpo aunque el fiscal no desveló si ésta se encontraba con su madre en el momento del deceso, pone fin a una historia que ha conmocionado a la opinión pública francesa. Hasta el presidente de la República, Nicolas Sarkozy, ha intervenido en el caso reuniéndose con el médico que trataba a Sébire y especialistas en oncología, después de las declaraciones de ministros, diputados y de toda una batalla mediática que ha puesto en entredicho la rigidez de la ley de cuidados paliativos vigente desde 2005. Como consecuencia de ello, el Gobierno conservador francés ha terminado reconociendo que quizá la ley deba admitir excepciones y que, de manera sosegada, cuando se atenúe la emoción que este caso ha despertado, abrirán la puerta a una reforma legislativa. Evidentemente, ninguna ley puede regular cada caso de forma particular, pero nuestros vecinos del norte han llegado a la convicción de que merece la pena no desoír los dramas humanos individuales que claman por el derecho a una muerte digna del que cada día se priva a miles de enfermos terminales.

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