Cultura

Desaparece todo un mundo... Por Manuel Ángel Vázquez Medel

el 03 nov 2009 / 19:54 h.

Cualquier desaparición de un ser humano supone la pérdida de un mundo personal, de un modo de experimentar la vida. Pero cuando quien nos deja es un ser humano de magnitud inconmensurable, esa pérdida se hace irreparable. Y sólo nos consuela que nos quede su palabra para seguir iluminando, en estos momentos de oscuridad, la vida del hombre.

 

Rara vez puede encontrarse en la literatura contemporánea una tensión tan equilibrada entre la búsqueda de aquello que es permanente en la condición humana y la fidelidad al momento histórico concreto en que se está actuando. Así se advierte ya en sus dos primeras novelas, Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925) e Historia de un amanecer (1926). Tras aquéllas, la voz literaria de Ayala brotará con un vigor y una originalidad excepcionales en los deslumbrantes relatos vanguardistas de sus libros El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930).

Tras haber desempeñado en apoyo de la República importantes misiones diplomáticas y políticas, Francisco Ayala desarrollaría luego, en el exilio americano, su pensamiento social mediante importantes libros de ensayos; pero -lo que es aún más decisivo- desplegaba al mismo tiempo una nueva fase de su originalidad creadora en varios escritos de ficción. En Los usurpadores (1949), la idea según la cual "el poder ejercido por un hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación" toma cuerpo mediante diferentes ilustraciones de inspiración en la realidad histórica. Así ocurrirá también en las cinco novelas breves que componen La cabeza del cordero (1949), cuyo referente se encuentra en la Guerra Civil.

Su fecunda década argentina de actividad literaria creativa, de docencia y de participación en el ámbito del periodismo cultural y político, encontró un importante paréntesis en el crucial año 1945 cuando, invitado a dictar en Río de Janeiro un curso de sociología, completó su Tratado de Sociología. El profético análisis de la globalización del mundo fue señalado por Ayala, quien sugirió en diversos textos que Occidente debía apostar por un diálogo entre civilizaciones para extender la democracia, pero en el respeto de las singularidades históricas.

Entre 1959 y 1966 escribirá la colección de relatos breves, de ambiente africano o suramericano, Historia de macacos (1955), en donde la ironía está al servicio de una lúcida captación de la realidad; Muertes de perro (1958) y El fondo del vaso (1962). También pertenecen a esta época las recopilaciones El as de bastos (1963) y De raptos, violaciones y otras inconveniencias (1966), cuyo tono va desde la ironía al sarcasmo, clara muestra de su visión desilusionada del mundo en aquellos momentos.

En El jardín de las delicias (1971, 1978, 1990, 1999) ofrece un nuevo modo de relacionar lo fragmentario con la totalidad y constituye uno de los ejemplos más altos de la escritura posmoderna. Ayala nos ofrece sus ricas experiencias en Recuerdos y olvidos (1982, 1983, 1988) y De mis pasos en la tierra (1998). Ensayista de espléndida formación sociológica, de la que dan testimonio tanto su imprescindible Tratado de Sociología como su Introducción a las ciencias sociales (1952), mostró un permanente interés por las innovaciones tecnológicas, desde el nacimiento del séptimo arte (su Indagación del cinema, 1929, fue el primer libro de crítica cinematográfica publicado en España) hasta las más recientes aportaciones de la tecnología actual.

En estos y otros escritos, la transparencia y calidad de su palabra es el vehículo que da expresión a una visión analítica de la crisis de la modernidad, ofreciendo claves para la construcción de un futuro cimentado en la libertad. Tal es el impresionante legado que nos deja Francisco Ayala.

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