Cultura

Desmontando tópicos, cincelando un mito

Reseña del concierto que la pianista Yuja Wang ofreció este martes en el Teatro de la Maestranza.

el 14 may 2014 / 20:25 h.

TAGS:

Yuja Wang * * * * Teatro de la Maestranza. 13 de mayo. Programa: Obras de Chopin, Kapustin y Stravinsky. Intérprete: Yuja Wang. Ciclo de Piano.

Hay tópicos que en el mundo clásico pesan como una losa. Como el que dicta que todo intérprete que viene de Oriente ha de ser un soberbio virtuoso y un irregular intérprete en lo concerniente a su capacidad de penetración en el significado último de las partituras que aborda. Sin salir del piano, el mediático Lang Lang, por más años de carrera y discos que lleve en el cuerpo, sigue acarreando estos tópicos. Algo similar sucede con los intérpretes de la órbita rusa;nunca cuando el joven talento es francés, alemán o maltés, pongamos por caso. Frases hechas en la mayoría de los casos que tienen una justificación muy leve. No son aplicables desde luego a la pianista Yuja Wang (Pekín, 1987). Adscrita ya al star-system de la música clásica, su nombre es garantía de éxito económico para las casas discográficas y su afición por la moda y el aspecto frívolo de la puesta en escena satisface al público más epidérmico. Pero además, Wang es una soberbia pianista. Lo demostró el martes en el Teatro de la Maestranza con un programa cosido a la medida.

Con los Tres movimientos de Petrouchka de Stravinsky alcanzó unas cotas pirotécnicas deslumbrantes. Y esto y no otra cosa es esta transcripción parcial para piano del ballet original. La artista china primó la endiablada rítmica de la pieza por encima de su componente melódico que llevó muy premeditadamente a segundo plano; conectando así con una lectura sumamente stravinskyana de la página.

Por el camino despachó unas insulsas Variaciones de Kapustin, música de nulo interés que sirvió de puente con la Sonata nº3, el Nocturno nº1 y la Balada nº3 de Chopin. Podremos preferir ejecuciones más en estilo, pero no podremos negarle a Yuja Wang una rotunda personalidad a la hora de ralentizar tiempos y precipitar otros instantes, jugar a antojo con el pedal o mostrarse convincentemente escolástica cuando se lo proponía. No es el Chopin que nos llevaríamos a casa, pero resulta muy disfrutable en concierto. En nada quedaría sus cambios de conjunto de ropa y un look abiertamente erotizante si, además, no hubiese penetrado en cada intersticio de la Sonata nº3 de Prokofiev, música muy alejada de un simple técnico.

  • 1