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En mi último artículo esbozaba lo que llamé teoría de la cancela, esto es, la vitalidad de unas hermandades frente a otras en razón de la frecuencia con que las personas necesitan de...

el 15 sep 2009 / 01:35 h.

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En mi último artículo esbozaba lo que llamé teoría de la cancela, esto es, la vitalidad de unas hermandades frente a otras en razón de la frecuencia con que las personas necesitan de ese contacto directo con la imagen en la quietud del templo. Orar es hablar con Dios, se nos decía, y cada vez estoy más convencido de que son esas mismas oraciones, depositadas durante todo un año, lo que la cofradía proyecta cuando sale. Por eso, tal vez, las imágenes que más fervor despiertan en su salida procesional son aquéllas que vemos más acompañadas en sus altares.

La imagen actúa de pila acumuladora de energía (siento que metáfora tan apropiada resulte inservible para pregones) que, una vez en la calle, irradia su fuerza a los que ni fueron a verla ni se acordaron de ella durante todo el año. Pero no importa, por ello y para ellos ha salido. Así moverá también otros corazones, Y además es recargable, pues, ese mismo día de la salida, cuántas oraciones más recibirá de quiénes están dentro y fuera de sus filas.

Lo importante aquí sí es participar, con túnica o sin ella. A nadie se le pide el número de hermano ni su antigüedad. La imagen se ofrece a todos por igual. Por eso siento especial predilección por los devotos que no son ni siquiera hermanos. No están en ningún círculo de poder. No participan en cabildos y, en muchos casos, ignoran por completo toda esa logística de papeletas de sitio, horarios e itinerarios. Sólo saben que su Cristo o su Virgen va a salir y que no le faltarán tampoco ese día. A éstos sí que no les gusta la Carrera Oficial, no por la estrechez de las sillas, la falta de abonos o la estética de las catenarias, sino porque es el único momento en que las normas oficiales los separan de su imagen.

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