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Diez días no son nada

No se sabe cuántos genes compartirá el sevillano con el oso, pero a falta de una semana y media para la cuaresma ya está la ciudad desperezándose por primavera.

el 11 feb 2012 / 22:00 h.

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De haber sabido que aquello no era un rezo sino la conversación más íntima imaginable, a corazón abierto, nadie habría podido resistirse al pudor de permanecer al pie de la escalera, sin interrumpir. Pero era imposible saberlo, y allí, tras la imagen de Jesús del Gran Poder, se pudo ver cómo aquel señor no tan mayor le bisbiseaba a su amigo las preocupaciones de su corazón con una ternura y una humildad tan inmensas que el hombre parecía flotar sobre sí mismo. Al sentir la presencia ya irremediable de un extraño, aquel paisano musitó una frase tremenda: "Bueno, luego vendré otro ratito a verte", y rozando apenas con una caricia de tres dedos el talón expuesto de la talla, se marchó discretamente, sin santiguarse, como desapareciendo. Y esto sucedió hace tres días en la basílica de la Plaza de San Lorenzo; una plaza donde los muñones de los plátanos de sombra elevados al cielo y el paisaje de bufandas esconden la inmediatez de una cuaresma que a Sevilla se le está echando encima de un día para otro.

Eso, en San Lorenzo. En Los Panaderos, un calefactor (como aquello es tan pequeñito, con uno vale); estufas junto a los bancos en San Andrés, donde el misterio de Santa Marta, tras unas rejas, parece guardar la clausura del invierno... Por aquella zona, lo único que abre el apetito cofradiero es ese suelecito empedrado de la plaza que el sevillano suele frecuentar cuando sus rendijas (las del suelo, no las del sevillano, aunque a veces también) se rellenan de virutillas blancas, ya se sabe.

Y las iglesias, vacías a deshora. Pero que nadie se engañe, porque ayer, en la Plaza de la Virgen de los Reyes, había dos señores muy altos conjeturando apasionadamente sobre la alineación de su cofradía, en materia de fiscales, para la próxima Semana Santa. Y luego, los chorreíllos de las salidas de los quinarios, por la noche, formando bajo los faroles de las plazoletas un vaho que huele a banco de iglesia. Digan lo que le digan sus ojos, no tenga la menor duda de que en Sevilla ya es cuaresma, testimonio de lo cual es que para hoy mismo, sin ir más lejos, están programados entre otros los siguientes actos:

10.00: Ensayo de los costaleros del misterio de La Milagrosa.
12.00: Certamen de bandas en el Paseo de la O.
12.00: Certamen de bandas en el Parque Forja XII de Padre Pío.
12.00: Besapiés del Señor de la Oración en el Huerto.
13.45: Concierto de agrupaciones y bandas en los jardines de la Iglesia de San Sebastián (La Paz, en el Porvenir).

Esto, sin contar los cultos, las funciones y demás. Ni a esas personas que entre los bastidores de la fe le hablan de tú a Cristo y quedan con él para luego: una escena que, puestos a no poder evitar, habría que mirar de rodillas. Más allá, bajando los escalones tras decirle adiós al Gran Poder, hay otro paisano mayor extrañamente escondido tras una puerta, no bien pasada la escultura del cardenal Spínola. Antes de que alguien tenga tiempo de gritar de la impresión, pasa un nene correteando: ¡Abuelo, abueloooo!, y entonces sale el anciano de su escondite con un gritito de sorpresa y una mirada de amor que resume lo mejor de los Evangelios. Si puede, no se pierda estas modalidades de cuaresma, no se sabe si efímeras o eternas, que inundan los templos de Sevilla cuando no hay apenas nadie.

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