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Dios no es un malvado

Los gritos agónicos de la mujer traspasaban las paredes de la habitación en la que esperaba la muerte y subían de la segunda a la tercera planta del hospital privado en el que estaba internada. No quisieron sedarla, aunque sabían que el óbito era cuestión de horas. Han pasado cinco años y aún escucho la descomunal estridencia de aquel mediodía de Nochebuena.

el 15 sep 2009 / 11:33 h.

Los gritos agónicos de la mujer traspasaban las paredes de la habitación en la que esperaba la muerte y subían de la segunda a la tercera planta del hospital privado en el que estaba internada. No quisieron sedarla, aunque sabían que el óbito era cuestión de horas. Han pasado cinco años y aún escucho la descomunal estridencia de aquel mediodía de Nochebuena.

Está en la memoria como si la hubiera marcado un hierro sometido al fuego del infierno. También la imagen de dos enfermeros que con una grúa pretendían cambiarla de planta con la excusa del ahorro económico. Habían dado permiso a otros enfermos para que pasasen las Navidades en casa y la dirección no tenía ningún escrúpulo moral en trasladar a la moribunda como si fuera un bulto para eliminar servicios humanitarios.

El hijo de guardia montó un pollo de mil demonios para conseguir que la dejasen avanzar en paz hacia la muerte. El vocerío parece que le sirvió de calmante o quizás bajo el tono del dolor porque no le quedaban fuerzas para seguir viviendo. Las perdió todas aquella noche, cuando en la de otros años reunía a la familia para sorprenderla con su cualidad de excelente cocinera. Probablemente, este recuerdo aflore cuando me llegué el turno de la muerte.

Me tranquiliza la seguridad de que aquella mujer se ganó la gloria. No porque fuera mi madre, sino porque la tienen ganada todas las madres que fueron víctimas de una sociedad que reducía sus inteligencias al ámbito de la cocina. El dolor que no quisieron evitarle fue el remate final de aquella injusticia a la que fue condenada porque nació mujer.

Lo curioso es que siguen aplicando la sentencia en nombre de Dios, que la tendrá acogida en su seno. Ese Dios que los hipócritas se empeñan en convertir en malvado al aplicar a sus deseos todas las miserias que acontecen en el mundo. No esta escrito en ninguna parte el malditismo que le atribuyen, ni que Éste reclame ningún sufrimiento. Dios será generoso, sin parecido alguno con quienes lo manipulan para favorecer su negocio ideológico.

Deberían respetarlo observando la regla inmutable de no citarle en vano.

Periodista

daditrevi@hotmail.com

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