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Diplomacia indígena

Las comunidades indígenas albergan los tesoros más codiciados de América Latina: gas, petróleo, bosques y agua. En los últimos años impulsan un movimiento que ya paraliza proyectos que no encajan en sus planes o en su identidad.

el 15 sep 2009 / 04:10 h.

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Los pueblos indígenas de Latinoamérica, que suman entre 33 y 40 millones de personas, viven en las zonas más ricas en recursos de sus países, pero, paradójicamente, se encuentran entre las poblaciones más pobres y marginadas de la región.

En México, por ejemplo, el índice de desarrollo de los indios es un 15% más bajo que el del resto de ciudadanos. Puede que se les haya ignorado demasiado tiempo, y ahora han despertado. "Su irrupción como actores sociales y políticos es uno de los fenómenos más sobresalientes de los últimos veinte años en América Latina y tendrá consecuencias de larga duración en las democracias de la región", pronostica la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (Cepal).

Durante las primeras seis o siete décadas del siglo pasado, oleadas de indígenas latinoamericanos emigraron del campo a la ciudad, obligados por la escasez de educación y atención sanitaria y, sobre todo, de oportunidades laborales. Pero el desarraigo que aquel proceso les generó está superándose, y se ha construido una nueva identidad indígena, ahora urbana, liderada por los cada vez más numerosos profesionales universitarios salidos de las filas nativas. Desde sus cargos de alcaldes, concejales o diputados en sus países, están participando en el debate sobre cómo acelerar el desarrollo de sus comunidades.

Este fenómeno no habría sido posible sin la profundización de la democracia en la región andina y la aparición de nuevos escenarios políticos que dan voz a las reivindicaciones de los sectores excluidos, aunque ésta no sea la única explicación del boom del movimiento indígena.

Un ejemplo muy claro es lo sucedido en Bolivia, cuyo presidente, Evo Morales, ha cuestionado y renegociado, desde su elección en diciembre de 2005, los contratos que regulan la extracción de recursos por empresas multinacionales. El aumento de los ingresos fiscales por el petróleo y el gas le ha permitido aumentar el gasto social, dedicado sobre todo a la población indígena más vulnerable, niños y mayores.

En teoría, hay tres caminos para salir del laberinto del subdesarrollo en el que han estado sumidos los pueblos nativos. Sin embargo, el primero de ellos, los programas estatales centrados en la agricultura de subsistencia, no proporcionan un horizonte seguro a largo plazo, entre otras razones por las variaciones constantes en los precios internacionales de los productos básicos agrícolas.

La segunda alternativa, la cooperación internacional, es muy abundante en América Central y andina, pero el capital social y cultural que genera no va siempre de la mano de la superación de la pobreza.

La mejor estrategia puede estar en una tercera vía, que hasta ahora no se ha tenido demasiado en cuenta: la explotación del valioso suelo de los territorios en los que se asientan los indígenas desde que la colonización europea les expulsó de sus fértiles tierras, idóneas para la agricultura y la ganadería, que constituían entonces la base del poderío de los imperios coloniales y de la conformación de los Estados-nación.

Autor: Martín Cox

Lea el reportaje completo en la versión impresa de El Correo de Andalucía

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