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Discusiones bizantinas y la realidad cotidiana

Mientras nos afanamos en escudriñar las intenciones de un organismo totalmente desconocido para la ciudadanía como es Icomos, adscrito a la Unesco, en torno al futuro de la torre Pelli, la realidad nos empuja hacia lo más inmediato y apegado a la calle.

el 15 sep 2009 / 19:27 h.

Mientras nos afanamos en escudriñar las intenciones de un organismo totalmente desconocido para la ciudadanía como es Icomos, adscrito a la Unesco, en torno al futuro de la torre Pelli, la realidad nos empuja hacia lo más inmediato y apegado a la calle. Se abre una intensa discusión sobre el impacto que ocasionará la futura edificación y, por el contrario, permanecemos indiferentes a otras preocupaciones muy vinculadas al devenir cotidiano de la gente. Ponemos el grito en el cielo por el difícil encaje estético y urbanístico que tendría este excepcional rascacielos en la trama de la capital andaluza y actuamos, en cambio, con indiferencia ante las dificultades que presenta la misma a diario a muchos de sus vecinos, privados como están de determinadas capacidades para desenvolverse con normalidad. Estamos preocupados por las consecuencias que pueda traer para la ciudad la puesta en marcha de este polémico proyecto e ignoramos, sin embargo, la lección que nos han dado días atrás algunos de nuestros convecinos que, con la ayuda de sus perros guías, han efectuado un recorrido por las calles de Sevilla para poner de manifiesto no sólo las barreras, también las auténticas trampas que les acechan en cualquier acera.

La modernidad y las nuevas barreras arquitectónicas. Celebramos la puesta en marcha del Metro-Centro y del carril-bici pero, al mismo tiempo, ignoramos que tales mejoras se convierten en un obstáculo más, todo un peligro, para muchos de los nuestros que se sienten, con toda justicia, desasistidos, sin referencias físicas que les eviten el riesgo de percance, tal y como corresponde a una sociedad moderna. Apostamos por la última tecnología para dotarnos de un eficaz modo de transporte como es el tranvía por el centro y no encontramos una simple solución técnica que evite los problemas a los discapacitados. Nos situamos a la última con una tupida red de carriles para desplazarnos de una punta a otra de la ciudad y no caemos en la cuenta de que tienen que haber medidas concretas para que este sistema de transporte, verde y sostenible, lo sea, precisamente, en su integridad, esto es, teniéndose en cuenta a todos y en todo tipo de circunstancias.

El buen nombre de Sevilla. Nos sentimos orgullosos de que el nombre de Sevilla sirva de ejemplo para otras ciudades en la implantación de este método de desplazamiento, limpio y asequible, pero nos olvidamos de que determinadas carencias pueden provocar un efecto contrario a la imagen que se quiere proyectar de la ciudad. Un modelo de locomoción que deja a un lado a los colectivos con adversidades no se puede considerar como tal. Pero peor sería para nuestra sociedad y sus dirigentes confirmar que se tuviera conocimiento previo de estas deficiencias y nada o muy poco se haya querido o podido hacer para resolverlas. Entonces, estaríamos en el escenario más inquietante: el que constituirían unos mandatarios ciegos y sordos ante las preocupaciones más elementales de aquellos que, precisamente, más les necesitan.

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