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Divertirse con gente normal

Casi una road movie: pareja en viaje de fin de semana, extraña y de aficiones contrapuestas, un coche hacia la costa. Él recuerda la crítica de una exposición que le interesaba, en una ciudad intermedia, y anuncia que le apetece parar, que no les retrasará más de un...

el 16 sep 2009 / 05:48 h.

Casi una road movie: pareja en viaje de fin de semana, extraña y de aficiones contrapuestas, un coche hacia la costa. Él recuerda la crítica de una exposición que le interesaba, en una ciudad intermedia, y anuncia que le apetece parar, que no les retrasará más de un par de horas, y así pueden aprovechar para el almuerzo. Ella se niega: quiere llegar cuanto antes a la playa. Comienza la pelea, él se mantiene en silencio, y los argumentos de ella desembocan en el futuro, asegurando que su hipotética descendencia no pisará un museo, porque los niños lo que deben hacer es divertirse. Y finaliza: hacemos lo que tú quieras, vemos los cuadros, y ya me divertiré yo con personas normales.

Si usted hojea la sección de cultura de un periódico acumula puntos para ser considerado un bicho raro; si la recorre de entrevistas a reportajes, si no deja un artículo sin repasar, prepare su nuca para sentir el fuego de las collejas de las personas normales. ¿En el instituto confesaba que leía a menudo, que acudía a proyecciones en versión original, y aun así mantenía la cordialidad con el resto de alumnos? ¿No le miraban raro y le hablaban lo justo y le señalaban, perro verde, por los pasillos? La mitad de esta pareja desigual, que existe, ejemplifica los prejuicios en torno a la cultura: el teatro es una pedantez, una galería contiene kilos de bostezos, y etcétera y etcétera. De que la cultura, en resumen, es un coto cerrado para raros.

Creo que se plantea de forma equivocada la animación a la lectura en los centros de enseñanza, planteándola como obligación, no como diversión; e ignoro si se mantiene la costumbre de visitar exposiciones o museos, pero yo identifico aquellas excursiones con la oportunidad de saltarse una clase y no de descubrir, pues el guía mantenía un discurso similar para niños y para adultos. No nos educan en la alegría de una buena película, en el placer de una canción maravillosa; y, al crecer, transformamos una serie de fotografías en una tortura asiática para la gente normal.

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