Cultura

Doble transgresión

Un ballet contemporáneo y romántico, a caballo entre el clásico y la danza contemporánea. Es el objetivo que Preljocaj se propone en esta obra cuyo resultado, tan espectacular como exquisito, resulta doblemente trasgresor.

el 16 sep 2009 / 04:06 h.

Un ballet contemporáneo y romántico, a caballo entre el clásico y la danza contemporánea. Es el objetivo que Preljocaj se propone en esta obra cuyo resultado, tan espectacular como exquisito, resulta doblemente trasgresor. Porque esta propuesta no sólo trasvasa el esquema corporal del ballet clásico con una mayor libertad de movimientos y figuras, sino que, además, se atreve a retar la libertad de movimientos propia de la danza contemporánea sujetando la coreografía a un esquema clásico con un fin narrativo.

Para ello, Preljocaj recrea una fastuosa puesta en escena que se sirve de los elementos formales para dar vida a una dramaturgia que, aunque respeta el argumento central del conocido cuento de los hermanos Grimm, le imprime una fuerte carga de sensualidad y romanticismo. Así, la escenografía de Thierry Leproust recalca, con un auténtico derroche de imaginación y medios técnicos, los lugares comunes del cuento, imprimiéndoles un halo de fastuosidad y misterio que alcanza su cenit gracias la iluminación de Patrick Riou quien, rozando la genialidad, se atreve a llegar al extremo de la penumbra en algunas escenas absolutamente sobrecogedoras, como la de la madre muerta que acude a proteger a su hija ante la amenaza de la muerte.

La carga dramática impregna toda la coreografía, aunque alcanza su máxima expresión en la figura de la madrastra, magistralmente interpretada por Emma Gustafsson. La ejecución de la danza resulta un tanto irregular en los números corales, aunque cabe destacar el baile vertical de los enanos, tan impactante como atrevido, y la recreación de los personajes de las gatas-gárgolas, tan expresivas como etéreas. No obstante, lo que brilla sobremanera son los solos y los pases a dos protagonizados por Nagisa Shirai y Sergio Díaz. Ambos abordan el baile de una forma absolutamente singular, aunque complementaria. Ella, gracias a su disciplina clásica, derrocha limpieza, virtuosismo técnico y gracilidad, y alcanza cotas sublimes en algunas piezas, como el último pase a dos, en el que se atreve a bailar con la ingravidez de un cuerpo inerte. Él, en cambio, aporta un magnífico contrapunto colmando la escena de movimientos ondulados y potentes que potencian la condición romántica del relato.

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