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Cultura

'Doctor Atomic': Un inocente explosivo

El Maestranza ha apostado por confirmar que la ópera está viva, aunque podamos permitirnos dudar de si el título elegido para ello era el más pertinente.

el 14 mar 2015 / 11:09 h.

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Doctor Atomic *** Teatro de la Maestranza. 13 de marzo. Doctor Atomic, de John Adams. Intérpretes: Lee Poulis, Jessica Rivera, Jovita Vaskeviciute, Beñat Egiarte, Jouni Kokora, Peter Sidhom, Christopher Robertson, José Manuel Montero. Director del coro: Íñigo Sampil. Coro del Teatro de la Maestranza. Director musical: Pedro Halffter. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Director de escena: Yuval Sharon. Producción: Badisches Staatstheater Karlsruhe.

El público del Maestranza reconoció anoche, tras casi tres horas de función, el esfuerzo que se había realizado en el escenario y en el foso por poner en pie la primera ópera del siglo XXI que se contempla en este coliseo (o, para ser justos, la segunda si tenemos en cuenta la muy menor Facing Goya, de Michael Nyman, vista hace ya años). Doctor Atomic no es una ópera sencilla, no lo es por su argumento, que bucea en la psicología de quienes cocinaron la bomba atómica –un suceso que nos queda geográficamente lejos aunque cuyas implicaciones morales aún padece Occidente– y tampoco ayuda un posicionamiento estético que, sin llegar a ser abiertamente conservador, hunde sus raíces en el modernismo de comienzos de siglo XX, no apartando nunca el canto de un parlando enormemente explotado en la lírica contemporánea y que hoy sólo unos pocos autores –Adams entre ellos– se aferran a seguir transitando.

La ópera Doctor Atomic en el Teatro Maestranza. / José Luis Montero La ópera Doctor Atomic en el Teatro Maestranza. / José Luis Montero

No sabemos qué será de Doctor Atomic en el futuro (de momento sí aseguramos que su compositor aún no ha superado su primera ópera, Nixon en China), pero esa trascendencia poco debe importarnos. Lo auténticamente relevante es que el Maestranza ha apostado por confirmar que la ópera está viva, aunque podamos permitirnos dudar de si el título elegido para ello era el más pertinente. El nivel vocal fue, digámoslo ya, excelente por igual. Lee Poulis ofreció un interesante Oppenheimer, llevando a su personaje al máximo nivel en el momento más lírico de la obra, el aria Batter my heart, donde de repente Adams parece abrazar a Puccini. Con enorme aplomo, proyección y una voz pletórica en el registro medio, Jessica Rivera encarnó a Kitty, esposa del director del proyecto, en un papel tópico y en el que se concentran algunos de los mayores desaciertos del libretista, Peter Sellars, quien también debió haber acordado con Adams una poda del resultado final.

El tenor Beñat Egiarte, como Robert Wilson, tiene efectivamente una voz belcantista, pero supuso un acertado contrapunto en el conjunto de las voces, todas ellas bastante uniformes. Especial prestancia ofreció casi al final, en un emocionante diálogo con el coro, el del Teatro de la Maestranza, entregado a un misión difícil, correctamente resuelta. Jovita Vaskeviciute proyectó bien un papel complejo que la mantiene mucho tiempo en escena, el de Pasqualita, la empleada india de los Oppenheimer. A buen nivel Jouni Kokora (Teller) y Peter Sidhom (Groves).

Escénicamente ha sido un acierto del Maestranza apostar por esta producción alemana, firmada por el israelí Yuval Sharon. Todo el primer acto se nos ofrece en clave cinematográfica, manejando también códigos directamente extraídos del cómic. La dificultad argumental se desbroza gracias a textos aclaratorios y dibujos alusivos mientras que, tras el telón, se van abriendo continuamente ventanas desde la que cantan los protagonistas, todo ello revestido con una iluminación que recuerda al concepto de ópera minimal de Robert Wilson. En cambio, la segunda parte, mucho más convencional, juega su baza en un único escenario, bien aprovechado singularmente en su tramo final, efectista y funcional. En todo caso cabría también preguntarnos la razón por la cual el vestuario estaba tan deslucido (con trajes sin planchar y sin el tallaje adecuado para los cantantes).

Halffter, encantado con la obra, ofreció una lectura que, como esperábamos, llevó más la ópera al posromanticismo que al siglo XXI, enérgica, de encendido lirismo cuando así lo consideraba, pero un tanto morosa, como queriendo paladear cada instante de unas representaciones importantes para la historia de la ópera en Sevilla.

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