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Doctrina y socialismo

Una placa a Sor Maravillas, una comida y misa con algunos obispos de la Iglesia católica, una calle a Monseñor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, en Zaragoza, son algunas de las últimas acciones protagonizadas por destacados dirigentes y representantes institucionales socialistas...

el 15 sep 2009 / 23:40 h.

Una placa a Sor Maravillas, una comida y misa con algunos obispos de la Iglesia católica, una calle a Monseñor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, en Zaragoza, son algunas de las últimas acciones protagonizadas por destacados dirigentes y representantes institucionales socialistas que han llevado algo de escándalo a militantes del PSOE y de otros sectores de la izquierda que no aciertan a comprender la exhibición impudorosa de su fe, por parte de quienes tienen la obligación de mantenerse fiel al espíritu laico del PSOE y al respeto a quienes les votamos, no por sus creencias religiosas, sino por sus convicciones socialistas. Esas convicciones que han permitido que los homosexuales puedan contraer matrimonio, que se pueda morir dignamente, que las mujeres tengan hijos si lo desean o que se implante una asignatura que educa en la ciudadanía.

Es paradójica la relación de la Iglesia con la derecha y con la izquierda en España. Con la derecha siempre ha tenido muy buena relación. Sin embargo, en los ocho años del presidente Aznar sólo obtuvo del Gobierno buenas palabras.

Y con la izquierda las relaciones siempre han sido pésimas.

Pero fue Felipe González quien firmó con la Iglesia los conciertos educativos y Zapatero quien ha incrementado su asignación, vía IRPF.

Con el PP, connivencia espiritual o ideológica, y con el PSOE, lío tras lío, eso sí, acompañados de concesiones materiales que los obispos nunca han arrancado de la derecha. Reciben más del Estado cuando hay gobiernos de izquierdas, pese a que el PP mantiene excelentes relaciones con la jerarquía de la Iglesia católica.

Pero, la Iglesia, sin calificativos, no es su jerarquía, sino sus bases. Salvo excepciones, ahora suena en la opinión pública más la jerarquía eclesiástica que las bases sociales de la Iglesia. Tarancón era Tarancón. Como Rouco Varela es Rouco Varela. Recuerdo a D. Antonio Montero, el excelente obispo que fue de Mérida-Badajoz durante veinticinco años. Mis relaciones con él siempre fueron de mucho respeto, desde nuestra primera conversación acerca de algunos conflictos surgidos al inicio de nuestros respectivos mandatos.

"Mientras no sea yo quien diga algo -me advirtió don Antonio-, usted no haga caso de los que hablan en nombre de la Iglesia, porque no hablan en nombre de la Iglesia. Sólo es su opinión".

A lo que le respondí de igual forma: "Mientras usted oiga hablar a los socialistas en nombre del PSOE de Extremadura, entienda que es su opinión personal. Cuando usted me oiga hablar a mí, entonces estará escuchando al partido". Y eso funcionó bien.

¿Por qué provocan tanto revuelo las manifestaciones convocadas por los prelados de la Iglesia católica y por qué algunos militantes socialistas se empeñan en querer convencerlos de lo que no pueden ni siquiera considerar? El Gobierno y el PSOE llevan mal los disgustos que, durante la pasada legislatura, les han proporcionado parte de esa Iglesia.

Hay dos formas de situarse ante quien ostenta el poder en toda organización humana, y más en una divina: o se acepta o se enfrenta; o se está a favor de quienes lo ejercen o se está en contra. Normalmente, la derecha política democrática acepta y está a favor del poder de la Iglesia católica. Por el contrario, la izquierda socialista tiene la tendencia a enfrentarlo y a ponerse en contra. Pero ese enfrentamiento nunca acaba en ruptura, porque, en el fondo, la mayoría de sus votantes y militantes saben que se están posicionando contra el atavismo de siglos, que hace su aparición en la mayoría de aquellos que asisten perplejos a posturas doctrinarias que creían que la Iglesia había superado, pero cuando se encuentran con la virulencia de los más aguerridos prelados no dejan de pensar, en lo más íntimo de su alma, que lo que defienden sus jefes es lo que da sustento a la parte más comprensible de la Iglesia católica y que lo verdaderamente extraño sería que defendieran el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o la eutanasia activa.

Nunca he ido detrás de una procesión durante el tiempo en que ejercí mi responsabilidad como Presidente de la Junta de Extremadura, pero entiendo que se haga por parte de políticos y representantes institucionales. Puede interpretarse como una muestra de respeto hacia una forma de ser o una creencia de otros ciudadanos. Por eso, mi visión de la equidad me permite decir que no es serio definir la Iglesia como sinónimo de la derecha política y sociológica. Es verdad que, con frecuencia, nos encontramos con algunos obispos que se desgañitan semana a semana indicándoles a sus fieles lo que se puede o no se puede hacer y unos fieles que, cada vez que les interesa, se convierten en infieles. ¿A quién puede extrañar que, ante semejante muestra de impotencia, unos pocos obispos españoles recurran a los poderes públicos para que no tienten a sus fieles con programas que, cual manzana de Eva, vuelven locos a sus adictos? Pero todo se puede arreglar si se juega con inteligencia. Fundamentalmente, reconociendo y poniendo en valor el papel que muchos sectores de la Iglesia católica juegan en nuestra sociedad. No conozco a un solo alcalde, de cualquier ideología, que le haya negado el terreno a un obispo cuando lo ha solicitado para levantar una parroquia. Independientemente del pensamiento agnóstico o ateo del edil, éste sabe que, alrededor de esa parroquia, surgirán movimientos de cristianos que se encargarán de tareas que nunca alcanzarán a realizar ni el ayuntamiento, ni otros colectivos supuestamente más progresistas y avanzados socialmente. Compartir misas con prelados, poner placas en calles a católicos discutidos y controvertidos en el aprecio de otros católicos, no es la mejor forma de entender y comprender a tantos miles y miles de hombres y mujeres que, en España y fuera de nuestras fronteras, son ejemplo de coherencia en la defensa y práctica de sus postulados cristianos y con los que resultaría más fácil entenderse, si lo que se busca es la conjunción de intereses en la defensa de la justicia, la paz y la solidaridad.

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