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Cultura

Domingo de Pascua: tres momentos para recordar

Los tres espadas (Manzanares, Morante y Daniel Luque) pusieron todo de su parte a pesar del mal juego del encierro de Juan Pedro.

el 08 abr 2012 / 20:53 h.

No sabemos si fue premeditado. Si buscó espejos de azogues antiguos o rebuscó en lo mejor de su tauromaquia para hacer su particular homenaje a un genio del toreo. El caso es que el recuerdo de Belmonte planeó en la plaza de la Maestranza más allá del minuto de silencio que recordó su trágica muerte, hace medio siglo, en los campos utreranos de Gómez Cardeña.

Por la mañana Lord Garel-Jones nos había recordado en su magistral y ajustado pregón que la irrupción del genial trianero a comienzos de la segunda década del siglo XX había coincidido con la eclosión de las vanguardias artísticas. Hablando en clave sevillana: esas tendencias estéticas se tamizaron con el viento regionalista que ayer envolvió la faena del diestro de La Puebla que, por un cuarto de hora, nos trasladó a la ciudad de Aníbal González y Juan Manuel Rodríguez Ojeda; de Cernuda y Hohenleiter para crear un paisaje sin tiempo que convirtió en su particular elegía.

La banda de Tejera, con su proverbial retraso, sí eligió con precisión el pasodoble que merecía la faena de Morante. Suspiros de España ponía la mejor rúbrica a ese trasteo dictado a golpes de entrega e inspiración que se envolvió en esa atmósfera inexplicable que impregna en la ciudad cuando aún humean los cirios de la Soledad en el joyero de azucenas que trazó Santiago Martínez. El toro, un precioso jabonero y carbonero muy remiso en los capotes, no le quedó más remedio que embestir en la muleta del diestro de La Puebla, que derrochó torería natural y aires de otro tiempo en una larga faena que se escenificó a dos pasos de la inmensa puerta de chiqueros.

El trasteo creció en emotividad a la vez que la imaginación de Morante hacía hilar unas series con otras con diabluras y remates añejos que siempre estuvieron presididos por una natural puesta en escena que en otras circunstancias, quizá más metidos en la feria, habría sido de alboroto gordo. Lástima que la espada no quisiera entrar a la primera. Llegaron a sonar dos avisos que no lograron empañar esa labor que fue un soplo del aire cálido de abril que por fin se asomó ayer a una ciudad que cambió de pasiones. Más metidos en harina se habría llevado dos orejas.

Ese fue el momento más intenso de la tarde, sí, a pesar de las goteras que arrastró un encierro de Juan Pedro Domecq del que se esperaba mucho más en el reencuentro con la plaza de Sevilla. Precisamente, hace un año se estrenaba la temporada con otro minuto que recordaba la trágica y absurda muerte del forjador de la vacada en un Lunes Santo pasado por aguas tristes. Antes le habían hecho trizas pero la temporada posterior fue el mejor homenaje para un ganadero que, esté donde esté, no debió quedar demasiado satisfecho ayer. Al encierro le faltó fondo y fachada y los toreros tuvieron que poner lo mejor de sí mismos para levantar un espectáculo que no cayó en el aburrimiento.

No podemos olvidar que volvimos a reencontrarnos con ese Manzanares sinfónico que se mueve por la plaza de Sevilla como en el patio de su casa. Él fue el primero en puntuar gracias a una faena de creciente acople e intensidad, muy medida en los tiempos y el metraje, que se basó fundamentalmente en la mano derecha. Y es una lástima porque el Manzana se prodiga poco por el otro lado aunque traza naturales de dulce clasicismo como los que enjaretó, gota a gota, a ese burraquito escurrido que levantó algunas protestas por su flojera aunque luego se empleara en el peto con aire bravucón sembrando la duda sobre su verdadero motor.

Manzanares también lo bordó en varios cambios de mano que desataron el entusiasmo pero, sobre todo, obligó al toro de Juan Pedro con una técnica renovada que se esconde bajo su formidable carrocería. El alicantino supo dejarle siempre la muleta puesta; marcarle el camino a seguir con toques rotundos y precisos, arrastrando la muleta con autoridad para trazar un trasteo limpio y perfectamente estructurado que nos avisa de lo que puede volver a estar por venir. Del pulcro clasicismo inicial, la faena navegó hacia unas formas barroquizantes a la vez que el público entraba en una labor que Manzanares rubricó con una de esas estocadas recibiendo que ha convertido en emblema de la casa. Le costó hacer arrancar a su enemigo -muy aplomado ya- y aunque la espada cayó muy contraria, volvió a cortar otra oreja en la que ya es su plaza talismán.

Con el quinto, que blandeó de salida provocando nuevas protestas, hubo mucho menos que rascar. A pesar de todo, el diestro de Alicante lo intentó y hasta le extrajo un puñado de muletazos de buena factura después de que Curro Javier lo bordara con los palos en un gran segundo tercio que enseñó todos los resortes lidiadores de una cuadrilla ejemplar. La clave del trasteo estuvo esta vez en la firmeza, y sobre todo, en la precisión para presentar una muleta que supo extraer el escaso fondo del toro de Juan Pedro Domecq que, a esas alturas, ya tenía colmada la paciencia de buena parte de la plaza. La estocada, esta vez a volapié, volvió a ser efectiva.

Pero aún hubo un tercer momento que contar en la tarde de Resurrección. Fue cuando Daniel Luque, muy arreado, acabó con el cuadro recibiendo de capote al tercero de la tarde en un larguísimo recibo que comenzó en la puerta de arrastre y culminó en el platillo de la plaza.

De la quietud inicial se pasó a la expresión y de ahí a una rotunda belleza que el joven diestro de Gerena convirtió en declaración de intenciones. Pero el toro no duró mucho más y la replica de Morante -dos verónicas a pies juntos y una media eterna- unida a la contrarréplica de Luque agotaron las escasa fuerzas del animal impidiendo a Luque argumentar una faena en la que sí hubo compostura.

Con el correoso zambombo que hizo sexto también mostró entrega sin límites y excelentes maneras. No se podía pedir mucho más.

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