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Dominique A, las canciones, el cariño

Tengo por costumbre encariñarme pronto, y más de la cuenta, con la gente: me ocurre, incluso, con aquellos a quienes no conozco de nada. Mi madre me aconseja contención; mi novio menea la cabeza de este a oeste, porque sabe que no puede impedirlo.

el 14 sep 2009 / 23:09 h.

Tengo por costumbre encariñarme pronto, y más de la cuenta, con la gente: me ocurre, incluso, con aquellos a quienes no conozco de nada. Mi madre me aconseja contención; mi novio menea la cabeza de este a oeste, porque sabe que no puede impedirlo. Me acaba de suceder con Javier Pérez Andújar, que ha publicado en Tusquets Los príncipes valientes, más viaje en la máquina del tiempo que narración; una novela tan hermosa, tan entrañable, que el lector no reconoce su valía con aplausos, sino con abrazos. Y me ocurre, también, con Dominique A: sus canciones han sonado de fondo en muchos momentos importantes de mi vida, en mi primer concierto en Madrid me deslumbraron su buen humor y sus pedales -aún me cuesta creer que tantos sonidos nacieran de un solo hombre y sus guitarras-, y muchas veces me acompaña en el trayecto hacia la facultad, resguardado en el ipod.

Todo esto lo recordé ayer, cuando Alejandro Luque dispuso una silla para los lectores en su encuentro con Dominique A, publicado por este mismo diario. El perfil -una pequeña joya de la información amena y cercana-, a propósito de la presentación en Sevilla de su primer disco en directo, nos mostraba a un Dominique Ané alejado del estereotipo melancólico que su música nos sugiere, reflexionando en torno a la creación propia y ajena. Palabras tras palabra me imaginaba allí, refresco en mano, mientras el compositor e intérprete de Antonia desgranaba las claves de la vida y el arte con una humildad que -tratándose de un artista de su altura- reconforta. El idioma sabiamente empleado, en fin, obtiene esos milagros.

Actitudes aparte, escuchar Sur nos forces motrices es contagiarse -por vía múltiple, pues Dominique A se presenta con banda- de su cancionero huracanado. Comparándole con sus coetáneos -todos con menor recorrido-, carece del tirón mediático de Benjamin Biolay, de la coartada intelectual de Vincent Delerm. Y, sin embargo, los temas sólidos y acogedores de Dominique A ganan por goleada a los demás; cuestión, supongo, de cariño.

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