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Dos debates sin muerto

La primera semana de campaña se ha enfundado su guadaña televisiva sin dejar cadáveres en la alfombra electoral. Ni en el cara a cara Zapatero-Rajoy ni en el encuentro celebrado entre los cuatro candidatos a presidir la Junta hubo muertos. Heridos, sí. Pero nada irresoluble ni decisivo. Los dos cara a cara de esta semana presentarán otro perfil. El tiempo se agota.

el 15 sep 2009 / 00:57 h.

La primera semana de campaña se ha enfundado su guadaña televisiva sin dejar cadáveres en la alfombra electoral. Ni en el cara a cara Zapatero-Rajoy ni en el encuentro celebrado entre los cuatro candidatos a presidir la Junta hubo muertos. Heridos, sí. Pero nada irresoluble ni decisivo. Los dos cara a cara de esta semana presentarán otro perfil. El tiempo se agota.

Los debates televisados están siendo los grandes animadores de la campaña. Los ciudadanos se han sentado ante la televisión -especialmente en lo que a las elecciones generales concierne- con avidez.

Hartos de mítines tasados y actos para partidarios, el elector deseaba ver en vivo y en directo a los candidatos, conocer de primera mano sus propuestas, su modo de comportarse y extraer sus conclusiones del intercambio de criterios y modales, que también existen y cuentan mucho. El primer encuentro entre Zapatero y Rajoy se saldó con triunfo del candidato socialista, por los pelos, a los puntos, como quieran, pero ésa es la conclusión que han sacado los ciudadanos, según la interpretación mayoritaria de los medios de comunicación, el resultado unánime de los sondeos y las encuestas virtuales practicadas a través de decenas de páginas webs. Un triunfo en cualquier caso raspado porque el equilibrio primó notablemente en el reparto de éxitos de cada candidato al administrar cada bloque. En cambio, opino que Rajoy perdió mucho más en el aspecto formal, que, según los apóstoles de la mercadotecnia electoral, es el flanco más peligroso, el que más aprecia el ciudadano y por el que se desangran grandes presuntos presidentes que nunca llegan a serlo. Si observan todas las referencias que se ofrecen de los debates históricos y mitificados de Estados Unidos sólo se destacan el sudor de Nixon frente a Kennedy, los tropiezos y las cajas destempladas de Ford o la prepotencia enunciativa de Mondale frente a Reagan. Ni uno solo de los analistas aborda el fondo de lo que dijeron como elemento decisivo para sumar o perder votos. Si nos regimos por esa ley no escrita, Rajoy hizo el papel de duro, de radical de la política, que será el que reclama su clá mediática aunque es de dudar si es el que le conviene como presunto aglutinador de ese voto moderado supuestamente dispuesto a cambiar de bando o a los indecisos que ven al PP demasiado a la derecha. Para los "templados" o "dubitativos", que es el caladero en el que pueden rascar las opciones políticas a una semana de que se abran las urnas, difícilmente les convencerá un candidato que es capaz de acusar al presidente de un gobierno de insultar a las víctimas del terrorismo. Primero, firmando una sinécdoque interesada -toma a la parte de los extremistas de la AVT de Alcaraz por el todo de las víctimas- y segundo, ocultando que ha sido esa asociación la que, saliendo a la calle de su brazo, ha llamado a Zapatero cómplice de ETA. Alguien se la jugó a Rajoy o fue el propio Rajoy, fuera de sí, quien optó por sacar la casquería política, tan del agrado de los hooligans, en ese lance.

Zapatero pareció realmente bambi. Le faltó contundencia para rebatir tamaña acusación. El cara a cara de esta semana -en el que deben llegar las propuestas- debe ser distinto, con un Rajoy, se supone, más empeñado en generar confianza que en parecerse al pendenciero del Far West que echaba arena en los ojos del contrincante antes de comenzar el duelo y sabiendo que te observan 13 millones de españoles.

El debate andaluz tuvo un seguimiento televisivo pírrico, por debajo de la media de otros comicios. Hay tres causas evidentes: el interés que concitan las elecciones legislativas resulta insuperable; los electores saben que en Andalucía está el resultado mucho más claro: y el formato a cuatro resulta menos atractivo que un cara a cara con los dos candidatos con opciones de gobierno. En el plató de Canal Sur tampoco hubo muertos. Chaves fue el que tuvo que remar con más fuerza para no ser arrastrado por la corriente adversa: tres candidatos a la contra -aunque Arenas también recibió por su etapa como ministro-, el deber de defensa de cuatro años de mandato y un Javier Arenas, habilidoso como él solo, que le devolvía datos y lanzaba invectivas como dardos certeros. Chaves, que no tiene su punto fuerte en ese tipo de debates -carece de una gran oratoria y la tele no lo mima- se acrecienta en cambio como demócrata al aceptar un envite que no le favorece. Antes al contrario: es el único que expone.

Antes apuntábamos que los efectos de la mercadotecnia electoral son contundentes. En ese sentido, Arenas fue el ganador del debate. Resulta más convincente en la defensa de lo que dice, aunque cosa distinta es que lo que diga resulte creíble -hasta diez tergiversaciones o datos falseados introdujo en su comparecencia- y que él mismo como candidato tenga más o menos credibilidad entre el electorado más allá de su parroquia. Por eso el fondo lo ganó Chaves, que fue un político más sólido, riguroso y creíble aunque con serias dificultades para el arte "de la representación" y la comunicación televisiva.

Mientras que esperamos que Rajoy muestre en su segundo encuentro con Zapatero un semblante más presidencialista, más institucional, es de esperar que Arenas vaya esta noche a jugársela contra Chaves. No tiene nada que perder y supuestamente algo que ganar si acorrala al candidato socialista. No descarten un debate agrio, desagradable y con muchos de los asuntos denunciados por el PP y sus medios sobre la mesa. Cosa distinta es que esos temas sean ciertos o que los andaluces se lo traguen. Pero ésa es cuestión distinta. La encuesta que publica hoy El Correo, coincidente con todos los sondeos, lo deja claro: el PSOE tiene en la mano renovar la mayoría absoluta. Frente a la demoscopia, apuesten por un Arenas a la desesperada.

Me gustó Julián Álvarez, al que le favorece la moderación. Hizo lo que tenía que hacer: presentar su marca política y autorreconocerse como la única savia nueva entre los concurrentes. Manejó bien el lenguaje político y resultó natural y hasta creíble. Quizás debería explotar más esa vertiente, mientras que Diego Valderas tuvo en la previsibilidad de su discurso su peor aliado, pero hay que decir que sus propuestas a la izquierda del PSOE son necesarias, por más que IU se empeñe en un suicidio político permanente. Veremos si no es la gran pagadora nacional de la bipolarización del voto. Semana interesante la que llega y nos llevará al 9-M. Aún no hay muertos, aunque algunos están más vivos que otros.

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