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Dos números que hacen más lenta a la tortuga

La convocatoria electoral se suma a la incertidumbre que ya tenía la economía.

el 02 ago 2011 / 20:01 h.

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Imagen de ayer de la Bolsa de Madrid, otro día de grandes nervios.

Dos simples números tienen la capacidad para condicionar la economía española y aproximarla al abismo del rescate internacional, es decir, ponerse en manos de terceros: 400 y 6%. El primero mide cuánto más -diferencial o prima de riesgo- ha de pagar el Estado para hacer atractiva su deuda respecto a la más atractiva de todas, la alemana. El segundo determina qué rentabilidad tiene, para el inversor, el bono a 10 años y, por lógica, a medida que aquélla aumenta, más dinero hay que sacar de las arcas estatales para abonar los intereses, con el caso extremo de que se realicen emisiones sólo para pagar las anteriores, una dinámica peligrosísima, hipotecar la hipoteca, y si en eso se cayera, sería un pozo sin fondo.

Con la presión que ejercen los mercados (los especuladores) en el cogote, los expertos se dividen al identificar cuándo España estaría al límite. Unos hablan de ese nivel de 400 puntos para la prima de riesgo y un 7% de rentabilidad de los bonos a 10 años. ¿Qué pasó en Grecia, Portugal o Irlanda? En los tres casos, ese diferencial respecto al bono (bund) alemán fue muy superior, de hasta mil puntos para el heleno -sumar diez enteros al germano-, pero el rescate de estos países europeos se precipitó cuando el bono superó ese techo del 7%. Si echamos un mero vistazo a nuestras cartillas de ahorros, constataremos que, salvo excepciones -imposiciones a largo plazo-, el banco no nos ofrece de interés más allá del 2%, y cuando llega al 4% se habla entonces de depósitos de alta remuneración, e incluso de guerra del pasivo. Imagínense que la entidad paga un 7% sin que crezcan los ingresos por otras vías. Se iría a la bancarrota. Básicamente, he aquí por qué tanta preocupación con la deuda pública que, recordemos, es necesaria para realizar las inversiones y compensar el déficit del Estado.

Si quitamos la presión del cogote, hay otras circunstancias que nos alejan del abismo, pues la fisonomía de la economía española dista mucho de la de Grecia, Portugal o Irlanda. Por lo pronto, es más diversificada que todas ellas y, aunque poquísimo, algo crece, si bien hay malos augurios que indican que, de nuevo, hubo un estancamiento entre abril y junio. Además, y ya viéndoles las orejas al lobo, tuvo algo de tiempo para acometer reformas estructurales, aunque escaso resultado tiene la laboral, y del sistema financiero. Y, por último, su nivel de endeudamiento respecto al Producto Interior Bruto es la envidia de esos estados, el 70% frente al 120% de Italia.

Teniendo en cuenta estos factores adicionales, España bordea el abismo, pero podría no caer. Y, como suele ser habitual, el dinero es muy miedoso, y eso hace que una parte de las caídas de las bolsas en las últimas jornadas se justifique por los ataques de nervios de los inversores. Calma.

Si ya de por sí el escenario era complicado en la Eurozona, dado el gran esfuerzo que costó poner de acuerdo a los países para el segundo rescate heleno, se ha agregado ahora la convocatoria electoral, pues cualquier llamada a las urnas conlleva cierta parálisis administrativa que se suma a la incertidumbre de si se terminarán las reformas pendientes en el horizonte del 20-N o si dormirán el sueño de los justos hasta que esté formado el nuevo gobierno. Y sin contar con que hace apenas diez días se intervino otra entidad financiera, la CAM, la tercera de la ya larga crisis económica.

Para colmo, Estados Unidos, y no ya tanto por su posibilidad de bancarrota -en un país que es tan sumamente nacionalista era impensable que se llegara a esta situación- como por la lentitud de su recuperación. Y si allí son lentos, aquí somos tortugas.

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