Cultura

Dos quintetos excepcionales

el 13 mar 2011 / 14:10 h.

XXVIII Festival de Música Antigua de Sevilla (FEMAS). 12 de marzo. Centro de Músicas Históricas. Convento de Santa Clara. Programa: Barbara Strozzi. Intépretes: Delectare. Adriana Fernández, soprano. Manfredo Kremer, director. Café del Casino de la Exposición. Programa: Mariam Matrem. Intérpretes: Axabeba.

Coincidían el sábado en el FEMAS -en distintas horas y escenarios- dos formaciones cuyas propuestas dieron buena medida del arco temporal y estético que puede cubrir un Festival de Música Antigua como el de Sevilla. Nunca será suficiente, pues se vienen echando de menos en los programas que confecciona su director Fahmi Alqhai, una mayor presencia de solistas de tecla y una apertura más decidida hacia propuestas multiculturales -pero sin asomo de crossover- a las que, sin ir más lejos, es tan aficionado un ilustre visitante del certamen, Jordi Savall, cuya próxima comparecencia en la ciudad bien estaría que fuera pareja con la presentación de algunos de sus programas decididamente étnico y/o popular, caso de Oriente-Occidente o Jerusalem.

Delectare, conjunto de reciente creación y raigambre netamente argentina (cuatro de sus cinco miembro provienen de allá), y Axabeba, formación sevillana especializada en repertorio medieval. El primero compareció en el remozado Convento de Santa Clara, reconvertido, como viene siendo de dominio público, en Centro Cultural y, al hilo de ello, en Centro de Músicas Históricas. El violinista Manfredo Kraemer, bien conocido por los seguidores de la Orquesta Barroca de Sevilla (con quienes, por cierto, próximamente publicará un álbum dedicado a las Sinfonías de Carles Baguer) está al frente de Delectare, ensemble que se volcó sobre pentagramas de la principal compositora del barroco, Barbara Strozzi, y que lució virtuosismo con partituras de Merula, Turini y Marini.

A nivel instrumental sobresalió el rico acompañamiento en el bajo continuo de la viola de Juan Manuel Quintana y el clave de Luca Guglielmi. Por su parte, Kraemer y Guadalupe del Moral, en los violines, explotaron al máximo las heterofonías y expresivas articulaciones de la Sonata sopra il Ruggiero pero en el acompañamiento de las obras vocales de Strozzi no siempre lograron mostrar un sonido bien empastado y fueron frecuentes los roces y las desafinaciones que uno y otro cometieron al, quizás, dejarse llevar demasiado por una visión impetuosa y fuertemente dramática de la música.

De la firma de la soprano Adriana Fernández fue el que está llamado a convertirse en uno de los instantes mágicos de este FEMAS, esos paisajes de plenitud sonora en los que cada nota parece decirse con intención y fluye con una naturalidad desarmante. Fue en la interpretación de la arietta Miei pensieri de Strozzi. La cantante mantiene un agudo de gran belleza y es capaz de extraer de él múltiples inflexiones y modulaciones, sin atisbo de vibrato, en perfecto estilo, la dicción también la acompañó. Pero si algo sobresale en sus interpretaciones es la total naturalidad con la que es capaz de abordar un repertorio que se presta en exceso a la afectación desmesurada.

Es posible que en el lamento Hor che Apollo el gusto dictara que allí no hubiera venido de mas un descenso al tono de mezzo, pero esta auténtica especialista en el barroco que es la argentina Adriana Fernández esparció en su recital no pocas gemas como para desear volver a contar con ella en el futuro.

Apenas una hora después, el modernista escenario del Café del Casino de la Exposición, que tan bien podría acoger un recital de chanson francesa, un concierto de música gótica como una sesión de melodías del Medievo vivió la puesta de largo en el FEMAS del conjunto hispalense Axabeba.

La imagen y el espacio lo tenían, otra cosa fueron las condiciones acústicas. Y no tanto porque la música no se esparciera convenientemente por la sala, si no por la molesta cacofonía que se colaba proveniente de un sarao cercano con los altavoces pasados de decibelios.

Al caso, menos mal que cuando el quinteto ponía su arsenal de instrumentos a trabajar lo de menos era el runrún de fuera y lo de más la música que les concitaba, un repertorio en el que transitaron Cantigas de Alfonso X, el Sabio, el Llibre Vermell de Montserrat y diversas danzas anónimas europeas. Su visión de estas músicas puede estar lejos de la austeridad con la que otros grupos, principalmente centroeuropeos e italianos (Sequentia, Sinfonye, Alla Francesca), las abordan, pero igualmente se mantiene equidistante de otras posturas en las que se licúa el pretexto en un supuesto folclore mudejarizante (Eduardo Paniagua).

De otro modo, Axabeba tiene una particular manera de abordar las fuentes originales, y lo hace desde el carácter gozoso de estas melodías y con la contención instrumental que impone la mayor fidelidad posible al instrumentario original.

Las Cantigas Muitas vegadas y Quen os pecadores resonaron, perfumadas de aromas arábigo-españoles, con matices y agilidad en los cinco atriles, de los que en, conjunto, sobresalió el portentoso virtuosismo del flautista Ignacio Gil, la fluidez del organeto de Alberto Barea y la afinada viola de Carmen Hidalgo, ejemplar en los coros y con una voz de notable personalidad a la que hubiéramos querido atender en un lugar más protagónico.

La solista María Dolores García ornamentó con buen sentido en las hermosas páginas del Llibre Vermell y José Luis Pastor, desde la cuerda pulsada, aportó un punto de franca rusticidad a las ejecuciones, brillantemente equilibradas en el apartado rítmico y percutivo. Sobró, a juicio de quien esto firma, el didactismo con la que se explicó al público cada pieza, asunto éste cuya pertinencia debería analizar no sólo Axabeba, si no también otros grupos de la ciudad. Con tan gran música por delante y tan notorios valedores por detrás no deberían hacer falta palabras.

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