Cultura

Dramatismo desaprovechado

Lugar: Lope de Vega, 22 de enero. Obra: El zoo de cristal. Autor: Tennessee Williams. Adaptación: Eduardo Galán. Dirección: Francisco Vidal Interpretación: Silvia Marsó, Carlos García Cortázar, Alejandro Arestegui, Pilar Gil. Calificación: Tres estrellas.

el 23 ene 2015 / 17:57 h.

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Una historia real con apariencia de ilusión. Es lo que Tennessee Williams se propuso ofrecer con esta obra, que fiel a su estilo ahonda en una gama de conflictos psicológicos con los que resulta fácil identificarse. El argumento gira alrededor de una madre dominante con aires de grandeza, un hijo que sueña con liberarse y una hija introvertida, tullida y sumamente frágil. Los tres personajes intentan escapar de la realidad y dar rienda suelta a sus sueños y deseos. Pero la realidad se impone llenándoles de frustración. Para refrendarlo Williams se sirve de un cuarto personaje, un supuesto pretendiente para la hija. Aparentemente es el único sano y maduro, aunque su equilibrio deviene de un acto de renuncia y sumisión. Así, el texto nos plantea una interesante reflexión sobre la imposibilidad de huir de la frustración y convertirnos en seres libres. Por ello, aunque el personaje del hijo –reflejo autobiográfico del autor- consigue  abandonar a su familia y hacer realidad sus sueños, al final de la obra acaba reconociendo su incapacidad para desprenderse del yugo familiar. La imagen de su hermana le acompaña allá donde va y le corroe la culpa. Todo ello confiere al relato un alto contenido dramático que, por desgracia,  esta versión desaprovecha. Tal vez se deba a que en nuestros días los deseos de los personajes, su tipología y sus motivaciones resultan un tanto simples y anacrónicos. En ese sentido se echa de menos una revisión del texto que contextualice el detonante social de los conflictos hasta lograr que el espectador se identifique con la historia y la haga suya. Tampoco la puesta en escena, a pesar de su corte naturalista, consigue explotar todo el potencial dramático del relato. Con una escenografía que no pasa de ser un mero decorado y una iluminación plenamente funcional, Francisco Vidal se centra en el trabajo actoral, que por desgracia resulta un tanto irregular y delimita una atmósfera un tanto fría y artificial. No obstante, la obra se salva gracias, en gran medida, al derroche de maestría de Silvia Marsó, quien borda su personaje de madre posesiva y medio loca con una interpretación rica en matices. Lástima que Alejandro Arestegui no acabe de darle la réplica que se merece.

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