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Ébola, campamento Alameda

Médicos Sin Fronteras trata de concienciar sobre el trabajo que desarrollan en el foco de la epidemia

el 19 feb 2015 / 22:26 h.

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Hasta que el pasado 6 de octubre el ingreso de la enfermera madrileña Teresa Romero afectada por ébola no saltó a los medios, poco o nada se sabía y preocupaba a la población española sobre esta enfermedad. Una enfermedad cuyo último brote comenzó hace casi un año, en marzo de 2014, y que ya es el más virulento de los conocidos hasta la fecha con más de 100 enfermos a la semana y 9.000 muertos. La recreación del centro de tratamiento permite conocer el proceso que siguen los sanitarios: desde la vestimenta, las camas de los enfermos o las ambulancias. / Foto: Pepo Herrera La recreación del centro de tratamiento permite conocer el proceso que siguen los sanitarios: desde la vestimenta, las camas de los enfermos o las ambulancias. / Foto: Pepo Herrera Por ello, para ver cómo trabajan los cooperantes que desde 1995 llevan luchando contra el ébola en distintos países de África occidental (Senegal, Liberia, Nueva Guinea, Nigeria, Mali o Congo), Médicos Sin Fronteras ha montado uno de los centros de tratamiento que lleva a esos lugares en plena Alameda que estará abierto hasta el domingo a mediodía y cuya visita es gratuita. En sus 500 metros cuadrados, el recorrido, que siempre se hace de mano de alguno de los colaboradores de la ONG, comienza con las explicaciones de David Noguera, un médico que ha estado varias veces en la zona, sobre lo que es la enfermedad. «Lo primero que hay que saber es que la característica principal del ébola es que es una fiebre hemorrágica con mortalidad de oscila entre en 50 y 60 por ciento. En el último brote se registraron 600 casos y ahora ya están en 23.000», comenta. El siguiente paso es vestirse. Un pijama sanitario clásico, un traje impermeable con algunos elementos de seguridad, botas de agua, doble guante, un delantal, un elemento que cubre cabeza y cuello, mascarilla «y lo último unas gafas que nos ponemos frente al espejo para evitar que ninguna parte de la piel quede expuesta». Todo un ritual para poder entrar protegidos a la zona sucia. «A la hora de trabajar con los pacientes, así es imposible que nos reconozcan», cuenta, «por eso nos ponemos el nombre en el delantal para poder establecer una relación de empatía». De hecho, existe un doble vallado a lo largo del perímetro del centro, que cumple una doble función: que la gente pueda ver el trabajo que se realiza «para desmitificar la enfermedad» y que los familiares de los enfermos puedan visitarlos «sin riesgos». A los pacientes que están peor y no pueden recibir visitas, son psicólogos los que acuden a charlar con los enfermos. «Aunque se crean muchos vínculos entre ellos», comenta Julia, otra cooperante que ha estado tres veces en estos centros de tratamiento del ébola, «hay algunos que hacen de hermanos mayores de los pequeños sin familia, abuelos que están pendientes de niños que no son sus nietos... entre ellos se animan a comer y a seguir luchando contra la enfermedad». Y es que el ébola no tiene un tratamiento específico que lo cure, «tan solo procuramos paliar los efectos que tiene sobre el cuerpo como la fiebre o los vómitos y calmar los síntomas». «Conseguir que los pacientes coman y beban (aguas con sales si no devuelven) es fundamental», prosigue David. Una vez transcurrida una hora (se escriben la hora de entrada en la manga para tenerlo presente), la pareja de cooperantes (que siempre van de dos en dos) debe salir pues, con las temperaturas tropicales y los trajes, sudan demasiado y pueden llegar a deshidratarse. Llega ahora el momento de la «coreografía» que supone quitarse correctamente el traje. «Siempre se hace frente a una persona, que está en la zona limpia, y nos va indicando los pasos a seguir y nos pulveriza agua con cloro (producto que se emplea para constantemente pues acaba con el virus)». David entonces insiste en la importancia de poner el foco de atención en los lugares donde se sigue produciendo la enfermedad. «Que no salga en los medios no quiere decir que ya no haya ébola». En Médicos Sin Fronteras se afanan por comunicar tanto aquí como en las zonas afectadas en qué consiste la enfermedad. «Por ejemplo, cuando algún superviviente sale del centro procuramos abrazarlo delante de la comunidad para que lo vuelvan a aceptar», un gesto que recuerda en parte a las fotos que se hicieron con Teresa cuando recibió el alta. «Yo nunca he notado rechazo ni he tenido problemas», comenta Julia, «pero sí hubo una diferencia entre la primera vez que volví, que cuando lo hice y acababa de pasar lo de la enfermera». Ella, como otros 12 sevillanos que participan en estas misiones, cree que «merece la pena estar allí, está en nuestra mano poder luchar contra la enfermedad». Solo «nos hace falta más ayuda económica para contar con los medios necesarios». E insiste también en que «no se puede bajar la guardia». «El año pasado no tuvimos casos durante una semana y con solo uno se volvió a extender a toda la población de nuevo». Dejar huella en un mural y en la web. A la salida del centro han habilitado un muro de supervivientes, pues «cuando superan la enfermedad es por su propio sistema inmunitario», que emula al del centro de tratamiento que gestionan en Monrovia, ELWA3, donde cada persona que supera la enfermedad deja la huella de su mano pintada. Todos los que pasen por la Alameda podrán hacer lo mismo, para formar un muro de manos pintadas de colores como el de ELWA3, y demostrar así el apoyo de la ciudadanía a la lucha contra esta enfermedad. Paralelamente, esta misma acción se lleva al espacio virtual, donde utilizando las etiquetas #dejatuhuella y #StopEbola, animan a cualquier persona a subir una foto en la que salgan junto a los mensajes de apoyo a la campaña pintados en sus manos.

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