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El amor se jura en el Gurugú

Tras tomar el Puente de Triana, de donde los quitan y vuelven a aparecer, medio centenar de candados con nombres de parejas se reparten, a modo de promesa, por las barandillas del monte del Parque de María Luisa. Es la moda de París.

el 23 ago 2014 / 12:00 h.

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El criptograma medieval convertido en lema de Sevilla, que decora las barandas del montículo, se ha convertido una frase de enamorados: No me ha dejado... ni me dejará. El amor eterno. / Fotos: C.R. El criptograma medieval convertido en lema de Sevilla, que decora las barandas del montículo, se ha convertido una frase de enamorados: No me ha dejado... ni me dejará. El amor eterno. / Fotos: C.R. Las parejitas le han cambiado el sentido al criptograma medieval convertido en lema de Sevilla: el tradicional NO8DO o No me ha dejado, presunta expresión de gratitud del viejo Alfonso X por la lealtad de un pueblo, ahora más bien es No me dejará. Ese parece ser el sentido que encierra –literalmente, lo de encerrar– la aparición masiva de candados por las barandillas del Monte Gurugú, en el Parque de María Luisa, donde medio centenar de estas horquillas metálicas, algunas de considerable tamaño, cuelgan de dicho emblema alfonsí a lo largo de las barandillas de las escaleras y de la terraza, como promesas de amor sin fin. Esta expresión moderna de tozudez sentimental que ha hecho furor durante los últimos años en el Puente de Triana (de donde los quitaban las autoridades municipales para volver a aparecer) no es lo peor que le ha pasado al Monte Gurugú, que sigue siendo pasto de ocurrencias de todo tipo, no necesariamente vinculadas al amor: la suciedad (cartones, plásticos, botellas, latas, porquerías diversas sin clasificar) y las pintadas le confieren un aire más cercano al de los servicios de un instituto de la parte mala del Bronx –por no poner ejemplos más próximos– que al de un mirador excepcional en uno de los rincones más bellos de la Sevilla histórica. Ahora, la llegada de la moda parisina de los candados añade al conjunto una delicada nota de vandalismo a la francesa, aunque por muy fashion que sea el asunto puede no salir gratis: lo normal sería una multa de 120 euros para sus perpetradores, tirando por lo bajo con la ordenanza municipal en la mano, pero como el agente en cuestión aplique las agravantes de tratarse de un acto contra elementos de un parque público y, encima, dentro de un recinto con rango monumental, a los enamorados se les puede caer no ya la llave del candado, sino el pelo mismo, con una sanción superior a los 750 euros. Una de las piezas colgadas en el mirador, con los nombres de la pareja inscritos. Una de las piezas colgadas en el mirador, con los nombres de la pareja inscritos. Porque la finalidad es esa: cerrar el candado y tirar la llave, de ahí que el Puente de Triana tuviese ese atractivo tan especial para los partidarios de la idea: no solo es un lugar romántico en sí mismo, sino que la llave, arrojada a ese brazo muerto del Guadalquivir donde se reflejan la Torre del Oro y la Plaza deToros, añade un plus de solemnidad, de simbolismo y de poesía al gesto. El Monte Gurugú no tiene río, pero tiene cascada en perfecto funcionamiento, para deleite de los amantes de resbalarse por el barrizal que queda a sus pies, según se mira hacia la Fuente de los Leones. El origen de este fenómeno de ponerle un candado al amor, por mucho que se diga, no está claro. La versión más extendida cuenta que la idea sale en el libro de Federico Mocchia Tengo ganas de ti, por lo que sería una modalidad de vandalismo ilustrado o, cuando menos, leído. Pero la cosa no es tan inofensiva como parece, porque a fuerza de colocar más y más candados en más y más puentes de Europa, lo que no pasaba de ser un capricho esnob (la eternidad) ha llegado a degenerar en riesgo para la población: En 2007, las farolas del Puente Milvio estuvieron a punto de llenar de romanos el río Tíber cuando se desplomaron bajo el peso de tantísima ferretería amontonada, pues ese era, y no otro, el lugar señalado en la novela de Moccia. Pero fueron los parisinos, siempre atentos a cuanto pueda añadir un toque charmant a su existencia, los que popularizaron más y mejor esta costumbre reciente de los enamorados convirtiendo las barandas del Puente de las Artes, el que se asoma al Louvre escoltado por cientos de acuarelistas callejeros, en verdaderos racimos de hierro. Que, al igual que en Sevilla, siguen apareciendo pese a que la municipalidad se toma muy en serio su erradicación. En particular, desde que parte de esa baranda del puente sobre el Sena se vino abajo por la misma razón que las farolas antes citadas, transformando lo que nació como un juramento de amor en una cuestión de seguridad ciudadana. En Sevilla, lo que se lleva ahora es dejar el candado donde a la pareja buenamente le pille, ya sea un banco de un parque o una reja de una caseta, lo cual resta aparatosidad al derroche de sentimentalismo pero desperdiga el problema de un modo enojoso y difícil de controlar. Muestra de lo cual es, justamente, lo que está pasando en el Monte Gurugú. La pasión, cuando llega, no admite diques; no hay quien la controle. Si acaso, la citada ordenanza municipal. Porque de ella no solo se deducen multas para los instaladores de candados en las barandas, sino también otras de diversa cuantía, hasta 3.000 euros, para los actos cometidos contra el mobiliario urbano y los bienes públicos de Sevilla, según cuáles sean y dónde estén estos. Entre esos actos, las pintadas, de las que está rebosante el citado montículo del Parque de María Luisa. El texto de la norma lo deja claro: «Quedan prohibidas las pintadas, escrituras, inscripciones o grafismos en los bienes públicos o privados protegidos por esta ordenanza, incluidas las calzadas, aceras, muros, fachadas, monumentos o edificios públicos, árboles, vallas, farolas, señales e instalaciones en general y en transportes y vehículos municipales», cada una de las cuales «tendrá la consideración de infracción leve, y será sancionada con multa de hasta 750 euros, salvo que el hecho constituya una infracción más grave», como se indicaba antes. Por ahora no es previsible que el Monte Gurugú se venga abajo. Pero estéticamente el lugar no atraviesa su mejor momento.

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