Cultura

El año del Nobel para Vargas Llosa y adiós a Saramago, Delibes y Ory

Ana María Matute se hizo al fin con el Cervantes y Eduardo Mendoza ganó el Planeta.

el 27 dic 2010 / 20:09 h.

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Mario Vargas Llosa en la recogida de su premio Nobel.

La gran noticia literaria del 2010, recordatorio de Miguel Hernández aparte, fue sin duda la concesión del premio Nobel al peruano Mario Vargas Llosa. Un reconocimiento largamente esperado –el autor de La ciudad y los perros llevaba años figurando en las quinielas– pero que también corría el riesgo de convertirse en un nuevo caso Borges.
La maldición no se cumplió, y Vargas Llosa se calzó el chaqué y fue a Estocolmo a recoger sus coronas, 28 años después de que su colega, el colombiano Gabriel García Márquez, paladeara glorias similares.

Otra rara maldición, por suerte neutralizada, parecía alejar a Ana María Matute de los laureles del Cervantes. Este año, la escritora catalana, de 85 años, pudo sacarse al fin la espinita para mayor gloria de su Olvidado rey Gudú.

Estos últimos 12 meses depararon también algunas sorpresas, desde el premio Planeta para el veterano Eduardo Mendoza por Riña de gatos al Nadal conquista por Clara Sánchez gracias a Lo que esconde tu nombre; el exigente premio Tusquets fue para Rafael Reig –aunque habremos de esperar al 2011 para leer su obra– y el Ciudad de Torrevieja se honró de contar con Gustavo Martín Garzo como ganador, con Tan cerca del aire. El Primavera fue a parar a Fernando Marías por Todo el amor y casi toda la muerte, el Alfaguara para Hernán Rivera Letelier por El arte de la resurrección; el Biblioteca Breve para Guillerno Saccomanno, por El oficinista; y el Ateneo de Sevilla para Vanessa Montfort por Mitología de Nueva York.

En poesía, el premio Gil de Biedma fue para Carlos Aganzo, por Las voces encendidas; el Loewe, para Pérez Azaústre, por Las Ollerías; el Ciudad de Melilla, para Diana Bellessi por Variaciones de la luz; el Hiperión recayó sobre David Hernández Sevillano por El peso que nos une; el Miguel Hernández, para Francisca Aguirre por Historia de una anatomía; y el Adonais, sobre José Gutiérrez Román por Los pies del horizonte.


También fueron más o menos sorprendentes los premios nacionales de este 2010. El de las Letras fue a parar a manos del escritor y crítico barcelonés José María Castellet, conocido antólogo de la generación de los novísimos. Tampoco era muy esperado que el galardón en la modalidad de narrativa fuera para Javier Cercas por Anatomía de un instante, un híbrido de novela y ensayo sobre la Transición española y el golpe del 23-F. Tampoco estaba muy presente en las apuestas que el Nacional de Poesía pudiera concederse, a título póstumo, a un poeta casi secreto como el canario José María Millares Sall, fallecido en septiembre de 2009, por su libro Cuadernos 2000-2009. Y no menos inesperados fueron los galardones de Literatura Dramática – Lluïsa Cunillé, por Aquel aire infinito– y Ensayo –Anjel Lertxundi, por Eskarmentuaren paperak, traducida al castellano como Vidas y otras dudas. El de Literatura Infantil y Juvenil fue para el sevillano Eliacer Cansino por Una habitación en Babel (premio Anaya) y el de la Crítica para Andrés Neuman por El viajero del siglo.

En el capítulo de defunciones, Saramago, Delibes, Ory y Monsiváis fueron de los más llorados. El 18 de junio, en la localidad de Tías (Lanzarote) donde José Saramago había fijado su residencia, fallecía el Nobel portugués, una de las más insustituibles conciencias críticas de la sociedad actual, y referente fundamental de la izquierda europea. Acompañado por su esposa, la periodista Pilar del Río, escribió infatigablemente hasta su último aliento. La familia asegura que llevaba 30 páginas de una nueva novela. 

Después de hacerse acreedor de todos los honores de las letras españolas, el 12 de marzo daba en Valladolid su último suspiro Miguel Delibes, tras una larga y dura enfermedad, autor de clásicos contemporáneos como Los santos inocentes, El hereje o Cinco horas con Mario. Fue director de El Norte de Castilla, periódico que llevaba años promoviendo una campaña para que Delibes recibiera el premio Nobel. 

A diferencia de Delibes, Carlos Edmundo de Ory se marchó –sin haber recibido prácticamente galardones oficiales– el pasado 11 de noviembre, en la localidad francesa de Thèzy-Glimont, donde residía desde hacía años. El autor de títulos como La flauta prohibida, Miserable ternura o Lee sin temor fue el más libre de los poetas españoles, el más lúdico y el más rebelde.     

El 19 de junio, México y todo el mundo hispano se lamentaban de la pérdida de Carlos Monsiváis, considerado en su país “el último escritor público” y uno de los más influyentes intelectuales de las últimas décadas, con libros fundamentales como Días de guardar, Amor perdido, Nuevo catecismo para indios remisos, Escenas de pudor y liviandad o Los rituales del caos

Además, hubo que lamentar la defunción de Rodolfo Enrique Fogwill, uno de los más audaces renovadores de las letras contemporáneas, o de su compatriota Tomás Eloy Martínez, autor de novelas como Santa Evita o El vuelo de la reina, premio Alfaguara 2002, sin olvidar al escritor, músico y parlamentario José Antonio Labordeta. Un año de pérdidas irreparables, ante las que siempre queda el consuelo de la lectura.

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