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El aprendizaje de la discapacidad

Ocho de cada diez discapacitados nacieron sin una limitación y tuvieron que adaptarse

el 05 dic 2010 / 20:05 h.

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Un hombre con silla de ruedas en una parada de taxi.

En el imaginario popular la discapacidad aparece como "algo que toca" pero un vistazo a las estadísticas hace cuestionarse incluso que se considere a esta población como un colectivo diferenciado del resto. No sólo nadie está libre de pertenecer a este grupo sino que las cifras revelan que, en contra de la creencia generalizada, el número de discapacitados de nacimiento es claramente minoritario.

De los más de 716.100 andaluces que tienen alguna discapacidad (el 9,5% de la población total de la comunidad), sólo 120.800 -el 16,8%- nacieron con ella (bien por problemas perinatales, congénitos o en el momento del parto). El 83,2% restante vieron sus vidas modificadas a posteriori, la mayoría por una enfermedad o un accidente. En ambos casos, conviven con limitaciones, más o menos graves, en el desarrollo de su día a día, pero en el caso de la llamada discapacidad congénita, estas limitaciones han condicionado su vida desde el principio mientras que las personas con una discapacidad sobrevenida han tenido que adaptarse a ella a posteriori.

Entre las discapacidades congénitas, predominan las de tipo intelectual o sensorial, mientras que la discapacidad sobrevenida provoca sobre todo problemas en huesos y articulaciones.

Causas. La enfermedad es la principal causa de la discapacidad sobrevenida. Siete de cada diez discapacitados lo son a consecuencia de una enfermedad común y casi un 5% como producto de una enfermedad profesional, es decir, aquella contraída a raíz de su actividad laboral. Tras las enfermedades se sitúan otras causas no determinadas en la Encuesta Nacional de Discapacidad del INE (la última realizada en 2008) y en tercer lugar, los accidentes, causantes de la discapacidad de 68.100 andaluces (el 9,5%). Entre éstos, los más frecuentes son los laborales y los de tráfico. 18.500 andaluces presentan un discapacidad como consecuencia de un accidente en el trabajo (el 2,5% de la población discapacitada en la comunidad) y 17.800 debido a un siniestro en la carretera (2,4%). Les siguen los accidentes domésticos (1,8%), de ocio (0,6%) y otros (2%).

Nacer o convertirse en discapacitado condiciona la trayectoria vital de las personas pero tratar de determinar qué situación es más o menos fácil implica caer en una simplificación. En el caso de la discapacidad congénita, en función de su gravedad, toda la vida de una persona e incluso la de su familia puede girar en torno a esa situación. Los límites están marcados desde el principio pero la capacidad de superarlos dependerá de múltiples factores. Ante una discapacidad sobrevenida, la cuestión central para las personas es si podrán continuar con su anterior vida o tendrán que reciclarse e implica pasar por una fase de adaptación.

Ricardo Cortés.

«Era guitarrista y un accidente me partió la vida en dos»

Hace ocho años, un accidente de tráfico truncó su carrera profesional como guitarrista flamenco. Los médicos no pudieron salvarle la mano izquierda  y tras varias operaciones y más de un año de rehabilitación, Ricardo asumió poco a poco que “no volvería a tocar la guitarra”. Tenía 27 años y el accidente le “partió la vida en dos”.Al principio, su reacción fue intentar creer que volvería a tocar. “Estuvimos viendo la posibilidad de una prótesis –le habían amputaron varios dedos y le implantaron placas en mano y brazo– pero eran más los riesgos que las posibilidades de éxito”, recuerda. Para Ricardo no hay duda. Lo “más difícil” fue asimilar el cambio y hacerse a “la idea de que ya no iba a ser músico”. “Si me dedicara a otra faceta musical, como productor, no me hubiera afectado tanto pero tuve que aceptar que no volvería a tocar, aunque sigo componiendo”, explica. No obstante, también reconoce que el accidente condicionó otras facetas de su vida además de la profesional. “Me ha afectado en muchos aspectos de la vida, laboral, social –te das cuenta de quien es realmente tu amigo– y familiar, pero sobre todo me ha hecho ver el mundo de la discapacidad desde otra perspectiva, te das cuenta del rechazo, la discriminación y dificultades a las que hay que enfrentarse día a día”, señala. En parte el azar y en parte esa toma de conciencia hizo que su reciclaje profesional le dirigiera a trabajar hoy para la Federación andaluza de Familias de Personas Sordas como técnico de soportes informáticos que permiten transcribir conferencias en tiempo real para que gente con problemas auditivos puedan seguir un acto. Se formó  y pasó por varios centros especiales de empleo. “Eso también me ayudó, vi que hay gente peor que yo y comprendí que tenía que dar gracias a Dios”, subraya. Se formó en técnicas audiovisuales y fue seleccionado para trabajar con un sistema que transmite el acto a linotipistas que lo transcriben en tiempo real para proyectarlo. “Me gusta ayudar a los demás”, dice con satisfacción. 

Isabel Pérez.

«Pese a la esclerosis, puedo enseñar danza y lucho por ello»

Isabel tenía 25 años cuando le diagnosticaron esclerosis múltiple. Estaba terminando la carrera superior de danza y se negó a dejarlo. “Lo pasé muy mal pero quería dedicarme profesionalmente al baile y sin el título no tendría opciones laborales”, afirma. Por ello, aunque los neurólogos eran pesimistas, se recuperó del brote y terminó la carrera. Nunca se planteó cambiar de profesión, aunque la evolución de la enfermedad y sus secuelas, que le afectan sobre todo a la capacidad motriz y a la vista, sí le hizo replantearse en qué faceta desarrollarla. Sabe que la esclerosis limita cada vez más sus posibilidades de bailar en un escenario pero no le impide enseñar. 

Reconoce que en su empeño ha tenido mucho que ver el apoyo de su marido, también bailarín. Con él ha montado academias privadas en Madrid y en Cádiz, donde residen actualmente. “Tengo discípulos en el Ballet nacional o en la compañía de Gades”, esgrime. “Adapto mis clases, si no puedo tocar las castañuelas, numero los dedos para indicar los movimientos y si no puedo marcar un paso busco un ayudante”, explica mientras recuerda que “hay grandes maestros de clásico que dan clase sin bailar”.

Isabel sigue enseñando pero limitada al ámbito privado. Denuncia que en las oposiciones para los conservatorio, a las que ha concurrido sin éxito dos veces, no siempre se reserva un cupo para discapacitados y cuando existe, quedan vacantes porque los propios examinadores no creen que un discapacitado pueda dar clases de baile. “Yo se lo he escuchado así a la presidenta de mi tribunal”, explica. Sin embargo, “cogen a gente de las bolsas que lleva años sin bailar” y también recuerda que en la carrera profesional de danza hay muchas clases teóricas.

Por ello, ha emprendido una batalla legal, por la vía contencioso-administrativa, para reivindicar su derecho. “Si no es por mí, porque cuando se resuelva ya estaré muy mal, por el que venga detrás”, dice. 

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