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El azar y la necesidad

Brillaban de tanto en tanto la guadaña, el alfanje y la espada de los jinetes del Apocalipsis. Se intuía el trote de sus caballos en las plazas, las barreduelas, los adarves de cada barrio, se mascaba el hedor de la epidemia, se escuchaba el gorgojeo que antecede...

el 16 sep 2009 / 01:03 h.

Brillaban de tanto en tanto la guadaña, el alfanje y la espada de los jinetes del Apocalipsis. Se intuía el trote de sus caballos en las plazas, las barreduelas, los adarves de cada barrio, se mascaba el hedor de la epidemia, se escuchaba el gorgojeo que antecede a la expiración, se percibía la niebla verde del contagio, un diamante cerebral rayaba el disco de la salmodia que acompañaba al carro de entierros. Se pensaba en sentencias pronunciadas por un juez trascendente y quedaba abonado el campo para el sermón que segaría los teatros. Los pasos de misterio y las dolorosas con puñales tras ellos quedaban como las solas piezas dramáticas de la ciudad.

Así se convirtió la vía pública en un coliseo, en el Coliseo por antonomasia y paradójico de la Nueva Roma: con gallinero en el pavimento de las calles y patio de butacas en sus balcones. Una ciudad-teatro fue desde entonces Sevilla con figurantes, attrezzistas, directores, productores o público, intercambiables pero permanentes, a lo largo de lustros, decenios y siglos? y la gubia prodigiosa de unos pocos artesanos nacidos en barrios insalubres o que llegaban de Alcalá la Real, de Córdoba, de Granada, de Flandes...

En los mismos o parecidos contingentes arribaron buhoneros, narradores de historias, frailes mendicantes, monjas místicas, gitanos, soldados de fortuna, ceramistas de la Plasencia italiana, comerciantes de Gante y de Balduque, nietos de judíos expulsados a Portugal, mozos de cuerda, escritores frustrados, negros, autoras de danzas, carpinteros jumétricos de lo blanco o vendedores de pasamanería. Juntos pusieron en pie aquella matrona que primero exigió la capa imperial y luego hubo de soportarla: la Ciudad Sin Teatros que, por prescripción ascético-facultativa, inventó el más grande del mundo con los mejores intérpretes.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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