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El barón en el banquillo

Siete trajes; cinco americanas a medida; un esmoquin; dos pares de zapatos de piel de potro; cuatro corbatas y "algún pantalón" han servido para que su honestidad y su capacidad como cargo público hayan sido puestos en cuestión.

el 24 sep 2009 / 09:58 h.

Francisco Camps
Antes del día 15 de julio Francisco Camps ya estaba sentado en el banquillo. No ha hecho falta que el juez abra un juicio oral para que el presidente de Valencia haya acaparado un día tras otro las portada de los medios nacionales y para que su honestidad y su capacidad como cargo público hayan sido puestos en cuestión. Siete trajes; cinco americanas a medida; un esmoquin; dos pares de zapatos de piel de potro; cuatro corbatas y "algún pantalón" -según el auto del juez José Flors-.

En total, 12.783 euros que le pueden costar al barón valenciano un lugar en el PP en el que estaba consagrado, justo a la derecha de Rajoy. Desde que el pasado 19 de febrero dos periódicos relacionaran por primera vez al presidente valenciano con la trama de corrupción Gürtel, ha habido reacciones para todos los gustos: desde la oposición, que ha pedido reiteradamente su dimisión, hasta la cúpula del PP, que se ha volcado en actos de apoyo y cierre de filas. La imputación de Camps no ha dejado indiferente a nadie. Hay analistas que han concluido que si el líder valenciano mintió al asegurar que él se pagaba sus trajes, se ha equivocado de estrategia. Porque son sólo siete trajes, cinco americanas, un esmoquin, dos pares de zapatos, cuatro corbatas y "algún pantalón".

Y eso -dicen los expertos- la dirección del PP y los votantes podrían perdonarlo. Pero la mentira no. En cualquier caso, mientras el juez Flors en su auto recuerda que, sea cual sea el importe de los trajes, el cohecho es un delito, Camps aparece en sus actos públicos siempre sonriente y seguro de que nada malo va a pasar. Y Rajoy, que cada vez habla del tema menos y más bajo, le sigue apoyando. Siempre con él, siempre "detrás de él, o delante, o a un lado".

De llegar a mal puerto, esos siete trajes, cinco americanas, un esmoquin, dos pares de zapatos, cuatro corbatas y "algún pantalón" podrían costarle a Camps 18 años de carrera. El líder del PP de Valencia tiene 46 años, es de Borbotó y empezó en política como concejal de Tráfico en el Ayuntamiento de Valencia, en el primer mandato de Rita Barberá como alcaldesa, allá por 1991. Cinco años después ya era diputado y consejero de Cultura en la Generalitat.

Tras un salto de tres años a la segunda línea de la Administración de Aznar, volvió a la Comunidad como delegado del Gobierno. A partir de entonces, su historia de desencuentros con Eduardo Zapalana corrió paralela a su idilio con Mariano Rajoy. En 2002 volvió a Madrid para ser ministro de Trabajo, pero un año después lo dejó para irse a Valencia como presidente regional tras ganar las elecciones con una mayoría absoluta que aún mantiene y que está temblando por esos 12.783 euros en ropa.

Mientras tanto, Rajoy intentaba meter la cabeza en Génova y desmontar el imperio que con tanto cuidado había levantado Aznar. Y, a medida que el aznarismo iba saliendo de la sede central del PP, Rajoy iba construyendo una nueva era en la que Camps jugaría un papel principal. El año pasado, en medio de la crisis de liderazgo de Rajoy y tras su segunda derrota electoral en las urnas, el presidente valenciano apoyó incondicionalmente a su cuestionado líder. Nada le hacía aún sospechar que la visita que hizo dos años antes, en 2006, a la tienda de Milano de la calle Serrano de Madrid -la primera de varias visitas- podría tirar de un soplo todo ese imperio de confianza con tanto esfuerzo construido. Nada -suponemos- le hacía presagiar que su relación con Álvaro Pérez, El Bigotes, su "amiguito del alma" y gestor de Orange Market, le iba a dar tantos quebraderos de cabeza.

Francisco Enrique Camps heredó su primer nombre de su padre y el segundo de su abuelo. Está casado y tiene tres hijos. A juzgar por su actitud en las últimas semanas, es fuerte, está seguro de sí mismo, de que el PP y los valencianos están de su parte y tiene una gran capacidad de autocontrol que se refleja en su facilidad para esconder que está preocupado, si es que lo está. Siete trajes; cinco americanas a medida; un esmoquin; dos pares de zapatos de piel de potro; cuatro corbatas y "algún pantalón" no han conseguido derrumbarle.

Y, por ahora, tampoco han derrumbado su estrecho vínculo de confianza con Rajoy, que es, al fin y al cabo, lo que le mantiene al frente de la Presidencia de Valencia. Camps es valenciano y del Valencia y cree que "ser presidente de la Generalitat es lo más importante que puede ser un valenciano". No en vano fue el primer presidente autonómico que pronunció su discurso de investidura íntegramente en valenciano. Dicen quienes le conocen que es afable y cercano a la gente y a sus problemas. Es religioso -estudió con los jesuitas- y llega puntual a misa.

En fin, aparentemente el presidente valenciano perfecto si no fuera porque su amistad con El Bigotes le ha jugado una mala pasada. Camps tiene fijación por el largo de los pantalones, por el punto de cierre de las trabillas en la cintura y por las pinzas de las americanas. El sastre José Tomás sabía responder a sus gustos -"me has hecho un gran trabajo", solía decirle-. Se llevaban bien, pese a lo cual Tomás no respondió a ninguna de sus ocho llamadas mientras declaraba ante Garzón. Quizá a partir de ahora no sea tan amigos. Todo depende de cómo termine esta historia, para cuyo fin sólo quedan, según Camps, "uno o dos escaloncitos".

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