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Cofradías

El barrio torero se viste de gala

El público enloqueció con la salida del Cristo de la Salud y la Virgen del Refugio, que se pasearon por calles engalanadas.

el 04 abr 2012 / 19:17 h.

El sol no se quiso perderse ayer la salida del Cristo de la Salud. La mañana en el barrio de San Bernardo anunciaba que era un día grande. Los balcones de los vecinos habían amanecido completamente engalanados con colgaduras de damasco rojo. Las señoras paseaban por la calle bien arregladas y los más veteranos del barrio, de los que aún quedan de los viejos corralones, con traje, corbata y zapatos bien lustrados.

La Semana Santa llegaba a su ecuador y el Cristo de la Salud y la Virgen del Refugio aguardaban impacientemente entre los muros de la vieja parroquia torera para salir a la calle y estar, al menos, un rato de tú a tú con todos sus vecinos antes de cruzar el puente y perderse por las callejuelas para arrancar una lágrima y una sonrisa durante su paseo triunfal a miles de sevillanos.

Esos vecinos, que durante todo el año acuden a visitarlos al templo para contarles cómo les va el día a día, ayer deseaban que fuera al revés. Que la visita fuera devuelta y que tanto el Cristo como la Virgen fueran a sus casas para regalarse un poco de Salud y Refugio.

San Bernardo es un barrio torero que aún guarda toda la esencia de lo que realmente es un barrio y no un zona residencial, y que es torero porque muchos de sus vecinos aprendieron allí a jugar al toro para luego ir demostrando de plaza en plaza todo lo que un niño podía aprender jugando en las calles de San Bernardo.

Aunque ya quedan pocos vestigios de aquella época, dos capotes de brega y dos de paseo colgaban de una casa en la esquina de Gallinato, frente por frente a la parroquia. Qué mejor forma para recibir a la cofradía de San Bernardo que engalanar una casa que con las mejores galas que se emplean en un paseíllo.

La mañana, no obstante, se desperezaba aún entre nubes grises y no terminaba de romper, pero como no había espacio para el pesimismo, las inmediaciones de la parroquia se iban poco a poco poblando de cofrades que querían ver la salida desde el mejor sitio. Al tiempo, una auténtica turba de nazarenos negros y morados iba llegando a las inmediaciones de la parroquia por todos los flancos posibles.

Poco antes de las dos, allí no cabía nadie más. Pero la incertidumbre continuaba en el aire. Las previsiones continuaban sin ser realmente positivas y no había certeza de que la junta de gobierno decidiera poner los pasos en la calle.

A todo esto, el pequeño monaguillo Curro ya no podía aguantar más sus nervios y estaba loco por ponerse delante del Cristo de la Salud y acompañarlo hacia la Catedral un buen ratito, hasta que su menudo cuerpo aguantara. No hace falta más, seguro que ese camino recorrido le da fuerzas e ilusión para el año que viene poder llegar un poquito más lejos.

Ya faltaban pocos minutos para que el reloj marcara las dos y se despejaron todas las dudas. El hermano mayor, José María Lobo, anunció a todos sus hermanos que la cofradía sí saldría porque "más que nunca, Sevilla necesita tener en la calle al Cristo de la Salud y la Virgen del Refugio". Aún así, advirtió de que el riesgo de lluvia existía y rogó al cuerpo de nazarenos que en caso de que lloviera, el cortejo no se descompusiera. Pues ya estaba todo dicho.

Poco después de las dos y media, las nubes del cielo se apartaron para que el sol pegara fuerte en el paso del Cristo de la Salud y realzar aún más todo el esplendor de su dorado. Aquello ya no era un barrio, era una locura. Sonaba Yo soy la Salud y el público enloqueció con su Cristo, que fue poco para el éxtasis que se vivió con la Virgen. Cuerpo a tierra para salvar el dintel, dos vecinas gritando "guapa" y la cuadrilla que se comía el mundo. "Calambre y genio, vamos a partir el palo", se escuchaba a los valientes costaleros. Esto es un barrio. Esto es San Bernardo.

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